martes, 1 de mayo de 2012

Los sueños

nunca son absurdos: hay en ellos, si acaso, algo de cubismo al desmantelar las partes del todo cotidiano y armar un nuevo todo con las piezas sueltas. Así, a veces ocurre este diálogo matutino:

-Sabes que anoche soñé con un niño que era mío (pero en realidad no lo era, porque no tengo hijos varones) hablaba en otro idioma (que yo no entendía) y tenía otra cara (que era como aquella niña que vivía aquí el año pasado. Pero el niño era mío. Estábamos en una casa vieja que se parecía a la de mi infancia, aunque estaba en otro lugar que no recuerdo ahora

-Pero un momento... ¿a dónde va ese sueño, cuál es la historia, qué es lo que tratas de decirme?

Y es como una mancha de tinta en medio del cuadro, y hay que comenzar de nuevo.

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