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jueves, 24 de octubre de 2013

He, sí,

sucumbido al canto de la sirena.

Y este viernes me pondré algún vestido, tal vez nuevo, tal vez azul. El collar rojo está casi fuera de duda.

La celebración ajena está en movimiento: un pequeño Caballo de Troya, arrastrado por una docena de manos que prepara cerdos asados bajo tierra, barriles de cerveza, tortas de queso bañadas de cereza, otros manjares.

Me reiré con las palabras cuando las entienda.

Y cumpliré con el ritual de contar las lunas, de saber la hora exacta de las mareas. Habrá niños en un mundo que es este y es otro también; habrá un desfile interminable de peces y habrá vientres tibios, concebidos con permiso de la historia.

Habrá una perra enorme que se quedará dormida después de devorar las sobras.

jueves, 16 de agosto de 2012

La pluma púrpura


es algo así como las ganas de un poema, como ese verso indeciso que corona no se sabe qué y por alguna razón se queda latiendo en el borde de las cosas, sin terminar de caer. Hoy que buscaba notas en el cuaderno, me la encontré pasando la hoja… ¡y claro…! ¡si las plumas púrpura son las del Ave Fénix…!


Ahí estaba Marina con su grandísimo libro de mitología griega predicándonos, niñitas ignorantes, por qué nuestra élite de guías y subguías (¡así que esto es lo que hacían en sus reuniones de girl scouts!) necesitaba un nombre immortal y un banderín púrpura. 


En general Marina me parecía temible con su manera de azuzar el animal de la competencia que todas tan Lolitas llevábamos en potencia, y ahora me parecía todo un misterio penetrar el círculo, entrar en su casa y percibir el olor a alguna cosa tibia en la cocina, fijarme en el perchero lleno de sombreros y ropa abrigada que nadie se ponía, ni siquiera en San Antonio.


No parecía tan dictatorial ahora que leía en voz alta y hablaba de llamados de patrulla (todas susurrábamos en canto lo que se suponía íbamos a gritar después para traer a nuestras súbditas a la formación) y nos contaba de su propio campamento no hacía muchos años, de cómo había regresado sin garganta, sin uñas, sin fragancia a champú de manzana; de cómo se había divertido con los juegos, de cómo había hecho algunas trampas…


Y ahora resulta que Marina estaba llena de libros; de repente se convertía en una especie de híbrido ilógico entre la todavía vaga adolescente de uñas sucias que nos gritaba entre la tierra y la estudiante de Artes que abría el libro para iniciarnos en semejante pájaro y sus cenizas.


No recuerdo la última ni la primera vez que la vi (siempre tan importantes para la memoria). La recuerdo más bien casualmente, riéndose de mi ceguera en aquel hato de San Sebastián porque llegó arrastrándose a espiarnos entre el monte y yo, teniéndola en mis narices, no la descubrí. La recuerdo siempre enojada, siempre regañándonos y hoy día me pregunto si se habrá casado con algún novio arquitecto o tal vez comunicador social; si se habrá cortado el pelo; si será la curadora en algún museo, si se imaginará que esta tarde me la encontré en la pluma púrpura de su Ave Fénix…

lunes, 13 de agosto de 2012

los cristales lloran

los cristales lloran
otras latitudes, otro tiempo
el agua afuera

canto continuo cayendo

la hora entra en la casa
golpeando tejas monte trastes

piedra sin peso ni piso

hoy

entre los salones
sus sillas vacías y balcones

hay

crujidos breves
una que otra flor en desorden

un suspiro vago
incontable
serpenteando en el silencio

domingo, 5 de agosto de 2012

cómo se atreven

a exigirme zapatos
cabello domesticado
faldas en order con la ley

de profesión les digo
levanto polvo y cenizas

al diablo los espejos

que mis risas vayan al mundo
que sean amables con su pudor 

de cuerpo y alma

martes, 24 de julio de 2012

la gracia

de las sombras de los hombres
oculta entre la sombra más grande
de los árboles
de los bombillos colgando solos
de aquel traste que nadie usa
se instala en el silencio.

será cuestión de la noche
o mi torpeza para andar en ella
las flores convertidas en memoria:
amarillo, rojo, blanco, rosa
así
en este miedo
parecen más bien un asunto obsceno.

camino hacia el mar
guiándome por su canto y su aliento
Uno
Unico
Indivisible
el mar como dios
también tiene su cementerio

una cerca blanca
sus muertos callados
sus esfinges calladas

y regreso.

domingo, 22 de julio de 2012

Rosita detestaba a Amílcar

por necio y tenía que vivir con la desgracia de pasar casi todos los días frente a su casa, en el camino del mandado. Si pasaba por ahí por una semana, dos veces cada día (una de ida y la otra de vuelta), entonces catorce veces el muchacho se subía al palo de mamón y desde allí cantaba:

Rosa, Rosa
tan maravillosa
tu amor me condena
a la pena eterna de sufriiiiiiiir

No es que a ella no le gustara Sandro. Al contrario, porque se lo imaginaba buen mozo y de blanco, consideraba esta burda imitación una afrenta al buen gusto. Aquel muchacho, además de ser demasiado jipato (porque Sandro debía tener la piel tostada, sin duda), cometía el pecado de pasar todo el día sin franela, haciendo nada aparte de matar lagartijas.

Otras veces no cantaba, sino que le silbaba a Rosita como una culebra entre las ramas:

-Si no me tiras un besito, no te dejo pasar.

-Estaré loca, mijito. ¡Zas!

-¿Ah, sí? ¡Bueno… te echo a Sultán!

Ella se encogía de hombros:

-¡Échamelo, pues!

Y así pasaba. Sultán saltaba del pie del mamón a perseguir a Rosita, haciéndola correr por un buen trecho y después se devolvía tranquilamente a esperar que regresara de la bodega. Entonces el correteo continuaba con el aderezo de una o dos bolsas de compras.

Rosita, por supuesto, también detestaba al perro, por malo y por feísimo: el contraste del hocico rosado con el pelaje blanco y sucio era grotesco, además era flaco como un dibujo de escuela. Rosita deseaba que al animal lo atropellara un carro o se lo llevara el río en alguna crecida, pero la cosa nunca pasaba.

Una mañana, al volver de coger agua en el río, Rosita encontró al perro montando a otra y, cosas del destino, a Amílcar no se le veía por ninguna parte.  Pensó en tirarle un par de piedras a Sultán, pero le daba lástima la idea de tener mala puntería y vaciarle el ojo o pegarle a la perra que nada tenía que ver en el asunto. Así que se paró al lado de Sultán y le echó encima medio tobo de agua bien fría. El perro estaba furioso e incapaz de tomar represalias, para gran regocijo de Rosita que, inspirada, arrancó un bejuco y le dio unos ramazos al animal.

Claro a los días que no dejaba de encontrase a Amílcar en el camino como siempre.

-Si no me tiras un besito, no te dejo pasar.

-¿Vas a seguir, mijito? ¡Echa pa' llá!

-¡Ajá, tú lo que quieres es que te eche a Sultán!

Ella se encogía de hombros:

-¡Echamelo, pues!

Y se iba muerta de la risa, caminando con su bejuco en la mano.

lunes, 9 de julio de 2012

La pureza de mi pecho


no está escrita en ninguna parte, y eso lo ve el que me encuentra en su mirada: yo soy de noches pasadas y profecías que no llegaron en medio de un relámpago.


Si las niñas andan con su puñado de pájaros, espiando la puerta abierta, yo ando con las manos vacías, yo no cuento las casas de mi cuadra. Sigo de largo, terriblemente desnuda y con mi laberinto desdoblado frente a mí.


Yo no sé de cascadas ni paraísos; a mí que me pregunten de cielo y tierra ocultos y aguas revueltas. A mí que me pregunten de cansancio y sonrisas muertas antes de llegar a los labios.


Mis pies no encuentran sus pasos; la lluvia y yo estamos vagas y nadie nos adivina.


sábado, 30 de junio de 2012

Soñé con perlas negras


Soñé con perlas negras desperdigadas en la capota de un carro blanco. Soñé llorar por hijos que no eran míos pero estaban en mis brazos con la boca muy abierta, como pájaros que tienen hambre y esperan. Soñé con algo de reproche que se desvanecía, como siempre debe ocurrir con esta clase de cosas.

Esta mañana me he decidido a descolgar el vestido rojo de esa pared frente a mi cama. Anoche, creo, la oscuridad me hizo un poco más cobarde de lo que soy con cara al sol, y elegí el insomnio a medias, el infierno onírico de mi cansancio. ¿Cómo, de noche, iba a enfrentar semejante trabajo?

Desnuda, tibia, me levanté a tientas de la cama, una con el vago amanecer afuera. Eso fue hoy. Y descolgué el vestido. El alba ha sido más o menos lo mismo después de aquella noche, y el cuarto ha sido el mismo, y yo he sido la misma, también más o menos… ¿por qué el cambio severo justamente anoche? No había llluvia ni luna llena ni perros ladrando a las sombras para avisar lo que se me venía encima….

Ahora no sé si hice bien. Todavía quedan unas grietas mínimas en la pared, en el mismo lugar, muy frescas para preocuparme por más perlas o más niños o más reproches a futuro. Lo digo como quien dice que el futuro no está en esta misma noche y por ahora no necesito resolver el asunto. La cuestión es lo de esta mañana, el gesto simple de haber descolgado el vestido: en verdad tengo la certeza de que es el reclamo de su seda lo que me perturba.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ausencia



Finalmente he aprendido mis lecciones y me siento a sembrar la tierra con agua y semillas. Me hago Magdalena por un momento y derramo el cabello sobre mis propios brazos cansados, llenos de polvo. No traigo aceites conmigo; apenas un sudor de sal que muere en mi cuerpo sediento de sí mismo.

Todavía no me acostumbro a la densidad de esta alquimia vieja que a nadie asombra a estas alturas; tengo manos torpes para el trabajo duro y creo que haría mejor intentándolo con los ojos cerrados, o el ombligo puesto en todo caso, por aquello de los nacimiento, el polvo, el final de la materia.

Intuyo que no es fácil esta cuestión de los milagros.

La orilla de la tarde está aquí, me encuentra caminando entre caracolas y algunas piedras albinas (estas las siembro en la ventana). Sin embargo de ellas no viene gran cosa,excepto arena y eco del mar, que ya se sabe, no significa mucho en estos días. ¿Cuál es, en verdad, mi espera?

Cada tanto me asomo de nuevo a la tierra, pero de ella sólo viene algo de aroma y sed. Otra vez mis manos torpes pelean amorosamente con un fuego que no entiendo y no termina: consume la tierra y todo cuanto la toca o escucha.

He aprendido mis lecciones. Ignoro que la playa se hace más amplia ahora que es noche sola y me digo que lo que necesito es beber un poco de salvia; no desde esta siembra ordinaria de mis manos, sino dentro de un árbol, a través de sus venas no andadas por el hombre, hasta llegar a la propia raíz de mi cuerpo: entonces veré los frutos.

Me quedo sin internet por un mes, será tiempo de recoger caracoles, perseguir atardeceres, soñar madrugadas, prolongar instantes... ¡qué más! Les dejo la foto del atardecer de ayer. Nos vemos a la vuelta... Saludos!

domingo, 13 de mayo de 2012

la noche espera con frutas en la mesa

y licor en las fuentes

le da lo mismo el vacío de luna

yo en cambio
no soy como la noche

en mí el perfume anda a paso apresurado

eso de la calma no es fruto que crece,
al menos no en mis entrañas

a mí la luna me falta
a mí esta negrura me ahuyenta
y beso bocas como si las buscara

¿hay algo en mí que florezca?

yo no quiero más este oro insomne

este cuerpo que no cesa

siendo la madrugada tan oscura.

la niña y el mar


miércoles 09 de mayo: cinco semanas aquí, y la primera termina hoy. el clima es grato de día, hasta puede hacer calor dependiendo de lo que se haga al sol, como un verano fresco. a la sombra se pone un poco más frío y de noche ya todo el mundo saca el suéter. maya y yo nos vamos en el ferry a buscar más provisiones en la orilla porque el cálculo de comida para diez quedó corto. esta mañana quise arrastrarla hasta el faro, pero después de una hora de caminata todavía nos quedaba hora y media de subida empinada; no lo juzgué prudente a sus cuatro años. ayer exploramos aquí cerca y nos dimos un bañito de playa más bien frío, hice yoga, siesta, un poco de estudio. tenemos internet por una semana más; luego pasaremos un mes desconectados. no sé si postearé desde el teléfono...

viernes 11 de mayo: de acuerdo al plan maya y yo nos fuimos al centro a comprar comida para diez buzos hambrientos. no me gustó el pueblo para nada; tengo una fobia inevitable por los pueblos pequeños: siento que algo del más allá (¡o del más acá!) vigila a todos constantemente o que ocurren cosas extrañas en la noche, cosas que todos saben y de las que está prohibido hablar. regresamos en aguas menos plácidas que el lunes y le dimos un vistazo a los bungalows a donde vamos a mudarnos en unos días (y será el fin de los posts por un mes). he aquí la entrada. de una manera extraña, me gusta la vida de la isla. pero también me gusta la de la ciudad y no sé por cuál decidirme. y así voy con todo...

p.s. la foto es mía :)

sábado, 12 de mayo de 2012

Ella tenía muchos nombres;


los cambiaba con la tierra que pisaba en las tardes (es que eso de empezar la vida con la mañana no le iba bien). Andaba en desorden, mirando un poco en el mar, un poco en el este (no importaba la hora) y a veces se quejaba, no mucho, de la falta de un susurro imperceptible de la brisa, así como lo escribían en los cuentos.

De día se ajustaba lo mejor que podía, como todo el mundo. Iba al trabajo (se tomaba un café con demasiada azúcar, aquello era atroz) y en general se diría que cumplía sus deberes. Claro que a veces también se distraía en esas horas serias, más que todo pensando en sus pájaros. Tenía muchísimos y siempre se le olvidaba en qué ramas los iba dejando colgados (pero sabía que andaban por ahí, no hay duda).

De noche la cosa cambiaba de color, y no lo digo porque el cielo se volviera negro o todas las sombras se juntaran encima de las cosas y no debajo de ellas como se sabe que pasa en el día, sino porque con su libertad, Ella perdía también ese mucho de magia que hace que todos la extrañemos tanto en esta esquina del mundo.

Así, casi bonita como era (y digo casi), no había quién pudiera cambiar la cosa esa de su ánimo triste cosido en los zapatos o en los ojos (los que la quisimos nunca nos pusimos de acuerdo en eso) y lo malo es que esto también pasaba en el día (la verdad es que sí importaba la hora). Alguna vez, a fuerza de tanto insistir con las preguntas, Ella dijo que no comprenderíamos y que no quería hablar más (es que los secretos tienen unos nombres muy largos).

Y bueno, yo no la volví a ver más después de cierta tarde más o menos igual a las otras de esta piquiña de no saber, excepto que esa vez no vino. Nosotros no sabíamos qué pensar. Habría encontrado algún charco suelto y querría devolverlo al cielo, se habría ido a vivir con alguno de sus pájaros, quién sabe. Lo que soy yo, me la imagino por ahí, buscando algún árbol con un hoyo muy grande (como a la altura de su boca) al que le debe estar contando todos, toditos sus secretos.

(Para Adriana)

jueves, 10 de mayo de 2012

me guardo los puñales



me guardo los puñales
y no los quiero de vuelta
camino los andares del agua
llego a esta orilla redonda
de arenas anchas, vacía de pájaros
aquí vestida
sirvo la mesa con uvas
reposo
mis huellas vienen conmigo.

domingo, 6 de mayo de 2012

andamos por la calle

ciegos, descalzos
y no por ello mendigos.

vamos danzando la música de la ira,
celebrando el demonio de la ciudad despierta.
bebemos el vino de la noche y en ella
nos llenamos de falsos espejos.

viene el olvido de la tierra
el dolor de las pisadas
la bestia viva.


martes, 1 de mayo de 2012

memoria

a veces intuyo este paraíso donde 

la tierra pare sus frutos 
como si no se tratara de un milagro

y me hipnotiza la imagen 
la desnudez

doncellas, fiestas de flores y aceites
frenesí y misterio, el pueblo dócil

cántaros de bronce
llenos de agua clara 

el mármol sin brillo bajo la luna.
el silencio.

temporada abierta



sábado en la tarde: y el té servido a la gente equivocada: al fondo un cuadro de manhattan blanco y negro: el bostezo del modernismo y las teorías sociológicas: el absoluto afuera: la experiencia de desconocimiento: de no-ser: de no-aprehender: de clarificar: sábado en la tarde: y este empeño en la mirada: se calma la lluvia: se duerme la tierra: se instala el otoño

Los sueños

nunca son absurdos: hay en ellos, si acaso, algo de cubismo al desmantelar las partes del todo cotidiano y armar un nuevo todo con las piezas sueltas. Así, a veces ocurre este diálogo matutino:

-Sabes que anoche soñé con un niño que era mío (pero en realidad no lo era, porque no tengo hijos varones) hablaba en otro idioma (que yo no entendía) y tenía otra cara (que era como aquella niña que vivía aquí el año pasado. Pero el niño era mío. Estábamos en una casa vieja que se parecía a la de mi infancia, aunque estaba en otro lugar que no recuerdo ahora

-Pero un momento... ¿a dónde va ese sueño, cuál es la historia, qué es lo que tratas de decirme?

Y es como una mancha de tinta en medio del cuadro, y hay que comenzar de nuevo.

La niña buena


Raras, rarísimas veces miro el pasado con ojos de nostalgia o arrepentimiento. Hoy es una de esas veces. La sesión de fotos de hoy me recordó mis tiempos de trabajar en visual merchandising y me hizo extrañar el diseño, las galerías de arte, la ciudad, la fotografía, miles de luces.

Hay días en que tengo mis dudas, mis pies en las dos canoas y no sé si debería retomar el diseño luego de una larguísima pausa de siete años. Luchar contra mí misma y mi percepción no tener en realidad talento o interés apasionado por el asunto. O si debería ir suavecita conmigo misma, seguir por la senda universitaria (segunda ronda) y continuar con los números que se me dan pecaminosamente fácil, hacer como el poema de Cortázar y decir:

No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies,
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal, opto
por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo
bajo la rabia de gendarmes y niñeras.

Me siento un poco vieja, como que renuncio a la cosa. Por el otro lado pienso: los gustos cambian. La simplicidad me ha dado una vida más feliz; de eso no me queda la menor duda. Supongo que tengo mis días. Ha sido un sueño larguísimo mudarme de país, casarme, mudarme de país otra vez, tener una hija. Algo de fidelidad propia se queda siempre. Y escribo.

Rosita


La niña Rosita era más bien una adolescente larga y flacucha que todavía andaba por los montes jugando con tierra y limpiándose los mocos con la manga de la camisa. Iba a al liceo en la mañana, después de coger agua del río tempranísimo y llenar el tambor, cosa que le llevaba sus buenos cuatro viajes. A mediodía se iba a su casa, siempre a pie, y pasaba la tarde ayudando a su mamá en la casa o de visita donde la señora Juana.

Esa noche dejaron a Rosita ir a la fiesta sólo por ser en casa de una de las comadres de su mamá, y eso después de advertirle que tuviera mucho cuidado con esto y aquello: que nada de estar hablando con ningún muchacho, que eso es muy feo y usted está muy chiquita, que nada de andar mucho con Ligia que esa niña es muy disponedora, que no tanta torta que después se le empacha el estómago. Rosita fue bastante obediente (excepto en lo de Ligia) y volvió a su casa a eso de las siete, con la mala suerte de que la agarró uno de esos aguaceros del llano que en diez minutos dejó al camino hecho un lodazal.

La noche no era muy clara, pero Rosita conocía el camino y los relámpagos alumbraban el monte de cuando en cuando. Iba apuradita, no fuera a ser que la regañaran por la hora, y cuando ya estaba casi llegando a su casa, tropezó con algo largo y tieso ¿un palo? para venir a caer de bruces en algo terriblemente blando, grande, tibio y húmedo, todo al mismo tiempo. El algo, también sorprendido, soltó un larguísimo muuuuuuuuuuuu de pena. La noche se hizo tan clara en aquel instante de relámpago que Rosita pudo verse el sucio en las uñas, casi clavadas en la panza hinchada de la vaca blanquinegra, echada en medio del camino, vencida por los dolores del alumbramiento. En las mismas, la niña se puso de pie y siguió su camino más apurada que antes, aterrada de la pata y las ubres de la vaca y la severidad de sus padres. 

-¡Ay, mijita, mira cómo vienes que pareces un pollo! –le dijo la madre al verla y Rosita no contestó nada del puro susto- Y vienes amarillita, seguro que venías brincando por ese monte, ¿ah? Quién sabe qué habrás visto porai… pero anda, mija, anda y cámbiate que te me enfrías del pecho. Y después te vienes a la cocina, que te preparé unas batatas hervidas con mantequilla pa' que comas.

rebelión

también la luna calla y cuelga
tan hondamente

que habría que soñar todos los sueños

morir
de esta inmoralidad terrena
que se llama ser racional

habría que
recoger el polvo del camino
a pesar del frío, a pesar del asco

habría que aletear con las mariposas
agonizar con su dolor

velar este preludio.