domingo, 19 de febrero de 2017

veredas de lobo

no es lo mismo, el silencio así
tan cercano a mi piel, y no en ella
un tintineo de copas sin danza
la noche afuera
con sus veredas de lobo
su miseria y su fiesta
dependiendo de la esquina
y nosotros aquí
el susurro de la página
un hombre perdido en un bosque sin árboles
una mujer que pinta contra su sino
en fin
dos amantes a la espera sin hablar
¿qué esperan estos amantes?
el filo de la luna
un niño dormido a orillas de una nube
la muerte lenta de las flores en el jarrón a oscuras
la rendija de un sueño aún despierto
un beso
la posibilidad de la memoria.

sábado, 11 de febrero de 2017

María Concepción, o El Café

El problema más difícil era empacar. Una cama por una noche en una ciudad tan grande, eso era fácil de conseguir, ¿pero qué hacer con sus bártulos, quién le haría un favor? Su fama de coqueta no la hacía popular entre las mujeres. Estaba él, “su” poeta, un prolífico talento que terminaría en laureles algún día, oh, tentación exquisita que haría cualquier cosa por ella, pero con agujeros en los bolsillos no podría sacarla del apuro en que estaba por más que quisiera.

¿Tendría que escabullirse casualmente, apenas el bolso al hombro, como quien sale a la esquina por cigarrillos… y no volver? No. Imposible dejar atrás sus vestidos, o la vanidad de sus joyas falsas que después de todo no hacían gran bulto, y mucho menos dejar atrás el único tesoro verdadero que tenía: sus libros, algunos de ellos enormes, pesados, ediciones viejísimas que no podría volver a conseguir en un siglo de vagar en la plaza de Bellas Artes. Conchita dio vueltas en el cuartucho de pensión del que estaban a punto de echarla. Seis meses de renta.

Resolvió que siempre le quedaba la opción de vender el alma. Era una idea mala y lo sabía, pero marcó el número lo mismo. Atendió la voz de Pablo, un ex – editor canoso, conocido en los círculos poéticos porque le gustaba hacer de Mecenas, particularmente con jovencitas prometedoras. Conchita dudaba, a esas alturas, ser una cosa o la otra pero el juicio de Pablo probó ser más benévolo: pagó su renta atrasada, cargó con sus pertenencias y eventualmente la acogió bajo su patrocinio.

Con él, Conchita obtuvo la libertad de consagrarse a escribir a todas horas y entregarse a cuantos placeres la enriquecieran. El precio hubo de ser pagado en cómodas cuotas nocturnas, en las que ella fingía no notar los besos demasiado húmedos para su gusto. La tortura del deber moral de dejarse hacer se traducía en poemas descarnados al día siguiente, en una feroz vivacidad durante la tertulia, en la pasión con que expresaba sus opiniones, y más que todo eso, en los versos envenenados de reproche con que respondía su poeta que la quería para sí.

La obviedad del deseo carnal en Pablo provocaba cierto desprecio en Conchita. Al mismo tiempo, ella quería amarle, ejercer su libertad y crear en aquellas noches un placer parecido al experimentado con otros amantes. Entre menos lo conseguía, más furiosamente escribía. Notaban todos la calidad de su trabajo, se hablaba de ensamblar su primer libro. A Pablo no le hacía mayor gracia compartir “su” descubrimiento ni le pasaban desapercibidos los versos del otro. La necesidad de establecer esta verdad lo convertía en un amante posesivo, a veces violento. Fue el período más fértil en la producción literaria de Conchita.

Fue también el más infeliz. Su poeta —ocupado como ella en los últimos meses— ahora se marchaba a Europa por un tiempo, a recoger los primeros laureles que ella siempre adivinó. En la mesita estaba la carta: una invitación a seguirlo, a terminar con su triste arreglo con Pablo. A regresar a la desazón de las pensiones baratas, agregó ella en su pensamiento.

Además ya estaban por bautizar su libro…

Conchita fumaba sola en el estudio aquella mañana, tomando café, jugando con sus cabellos, la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Suponiendo que abandonara a Pablo, su tormento nocturno y la increíble fuerza de su trabajo para sucumbir a la búsqueda de la felicidad amorosa… ¿qué sería de su propia poesía entonces?

Era una idea mala y lo sabía, pero marcó el número lo mismo. Ahora el problema más difícil era empacar.

domingo, 8 de enero de 2017

Esperando a los bárbaros, J.M. Coetzee

“Cuando los hombres sufren injustamente es el sino de aquellos que son testigos de su sufrimiento avergonzarse de ello.”

El Imperio, el Magistrado, el coronel Joll y los Bárbaros son los grandes personajes que convergen en una novela sin geografía ni tiempo determinados, en gran parte porque el conflicto narrado se ha repetido miles de veces a lo largo de la Historia: en las conquistas, las invasiones, las guerras y las autocracias de todo el mundo, con la consecuencia invariable del sufrimiento de los inocentes.

Esperando a los bárbaros está narrada desde el punto de vista de un Magistrado sin nombre: un hombre maduro que se siente satisfecho de su propio sentido de la justicia, con el cual administra su pequeña parte del Imperio, un poblado en la zona fronteriza con el terreno desconocido de los bárbaros . “Bárbaros” es el nombre usado para denominar a los otros: individuos de otra raza y otra cultura; una tribu ajena a la civilización -lo que sea que ello signifique-, a la que se le achacan numerosos vicios, entre ellos los de la estupidez, la flojera, la deshonestidad y la violencia. “Bárbaros” son en realidad los pobladores originales de las tierras narradas, a los cuales se ha desplazado para construir el Imperio.

El Magistrado aplica la filosofía de convivir en relativa armonía, y mantiene a los bárbaros a sana distancia de su distrito. Les permite el intercambio comercial y cortas estadías, pero se hace la vista gorda frente a las pequeñas injusticias que sufren en el poblado, por la simple razón de ser individuos marginados en una sociedad a la cual no pertenecen.

El idilio de esta justicia imperfecta cambia con la visita del coronel Joll, un hombre llegado de la capital con instrucciones de destruir a los bárbaros y la amenaza que representan para la paz del Imperio. En nombre de la paz, el coronel Joll comete actos tan crueles que el Magistrado siente la necesidad de intervenir y redimir a su propia civilización, particularmente cuando llega al encuentro de una joven destruida por los efectos de la tortura.

¿Qué tanto poder puede centrarse en un solo individuo? ¿Qué ocurre cuando la fuerza se impone sobre la justicia? ¿Hasta qué punto es posible separar la motivación personal del deber social? ¿Cuánta pérdida estamos dispuestos a asumir por perseguir un ideal?

A nivel personal la violencia siempre me ha resultado incomprensible, y a menudo me pregunto qué pasa por la mente de los hombres que azuzan la guerra, no tanto desde el alto mando -donde todo se resume en números abstractos-, sino en el campo de batalla. Qué piensa el hombre que hace un disparo y ve a otro hombre caer. Cómo pasa sus días un hombre que viola a una mujer porque es la orden recibida de su superior. Qué cena un hombre que ha pasado horas torturando a otro, haciendo caso omiso de sus gritos. Dónde queda el sentido personal de moral.

También siempre me he preguntado qué puedo hacer como ciudadana ordinaria frente a la injusticia en el mundo, y a pesar de mis muchas lecturas, conversaciones y escritos, no llego a una conclusión. ¿Debe ser un esfuerzo colectivo, más que individual?

Esta novela me tocó mucho por presentar interrogaciones muy similares a las mías, y a pesar de ser dura de leer en ciertos momentos, la voz del Magistrado ofrece la vaga esperanza que creo aún mantiene viva a la especie, sin importar de dónde viene el bárbaro en cada conflicto. La prosa de Coetzee es precisa (lo cual se agradece dado lo espinoso del tema) aunque en varios pasajes demuestra la sensibilidad de su pensamiento, obligándome a subrayar unos cuantos párrafos, casi todos muy largos para copiar aquí. A los curiosos no les quedará sino buscarse el libro :) Yo ya conseguí Desgracia y La vida y época de Michael K para ahondar en este autor en algún momento.

jueves, 5 de enero de 2017

Lecturas obligadas

"El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo."
-Daniel Pennac

Siempre necesito terminar mis libros una vez que los comienzo. De vez en cuando me he tropezado con uno que ha resultado un reto, sea por no entender o no disfrutar el fondo o la forma. En esos casos me he sentado a masticarlos como un niño mastica espinacas o berenjenas, hasta que consigo tragármelos (que no es lo mismo que saborearlos).

Ahora bien, acabo de pasar por una racha de lecturas, una tras otra, que no he disfrutado y me han hecho tomar una larga pausa algo llena de miedo para elegir el próximo libro. ¿Clásico o contemporáneo? ¿Literatura masculina o femenina? ¿En español o en inglés? Siento que ha sido una lección para cambiar de parecer: La vida es tan corta y existen tantos milones de libros que haría bien en quedarme con los que resuenan conmigo, en vez de obligarme a terminar los que no, por ejemplo:

El Lobo Estepario, Herman Hesse. Hay espejos en los que es insoportable mirarse, y con éste en particular el instinto que me dice que si me acerco mucho al fuego, se me van a derretir las alas. Terminé el libro, pero siempre tuve el temor de desencadenar depresiones. El final me dejó algo desconcertada; a lo mejor algún día le doy una relectura a ver si encuentro otra interpretación.

El Péndulo de Foucault, Umberto Eco. Las referencias al Kábala, los símbolos, anécdotas y citas medievales francamente se me escaparon de las manos. Después de terminar el libro me encontré varias críticas que llamaban a El Péndulo de Foucault uno de los libros más esquivos de la literatura contempóranea. Otras críticas dicen que el libro es una burla, una protesta, tal vez un manifiesto personal. Me parece que nadie sabe. ¡Ah, el alivio de las masas! Yo por mi parte me quedo con El nombre de la rosa...

Fin de Viaje, Virgina Woolf. Me alegré mucho al toparme con Mr. y Mrs. Dalloway en el barco que zarpa de Londres a la ficticia Santa Marina en Brasil. Algunos diálogos son deliciosos al tocar el tema del sufragismo y el lugar de la mujer en la sociedad. Sin embargo, una vez que el barco llega a Santa Marina la mayoría de los personajes desaparece, cortando de golpe la dinámica desarrollada hasta entonces.  De pronto me encontré leyendo sobre un hotel y un sinfín de rostros, sin trama definida, y aunque la terminé, no sé exactamente a dónde iba esta novela...

Después de estos tres, dejé por la mitad: 

La vida, instrucciones de uso, Georges Perec. La idea de describir la vida a través de los objetos parace genial, hasta que el lector está en plena mudanza y ya tiene más que suficiente con sus propios objetos. A lo mejor agarré este libro en mal momento más que nada. ¿Tal vez otro día?

Dr. Zhivago, Boris Paternak. Con lo que me fascina la Revolución Rusa, y con lo que me alegró reconocer citas a Dostoievski (uno de mis autores favoritos), me desesperé con el tren que pasa por kilómetros y kilómetros de nieve y parece no llegar nunca...

En fin, he cambiado de parecer. No me obligo. Y se siente bien tener esta libertad.

viernes, 30 de diciembre de 2016

La última luna

Todo va encontrando su orden.

Los objetos bellos de mi casa recobran todo su sentido.

Las macetas están preñadas de flores.

Hasta el gato, que ha vuelto,

me mira impasible desde el sillón,

ajeno al hombre y su obesión por nombrar al tiempo,

sea con círculos de piedra,

o círculos viciosos como éste.

Darle vueltas de viruta a las cosas más simples...

Ay, vida, ¡cómo decírtelo!

Que te quiero.

Con tus golpes de poema,

el misterio de tu injusticia,

tus silencios,

tus laberintos

y tu mierda.

Ahora sí, 

con las cuentas claras,

hablemos.

Digamos finales y comienzos,

borrón y cuenta nueva.

Ahora sí.

Jardines,

letras,

oraciones,

todo va encontrando su orden.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Nostalgia de acero

Los caminos del azar se han hecho angostos: en lugar del laberinto inhumano de la ciudad, queda apenas una avenida desierta de luces, rincones donde copulan las sombras, esquinas entre calles ciegas que hacen de encrucijada.

¿Dónde quedan los encuentros fortuitos, la puerta del ascensor que se abre, la del tren que se marcha? ¿Quién espía ahora la inquietud de los andenes?

Los caminos del azar se han hecho desiertos. ¿Qué hacer con estas playas que nos dan sus caracoles mudos, su sal, su horizonte y falsas alas que, si volaran, no sabría a dónde ir?

Los caminos del azar son un barco anclado en un puerto fantasma donde no vuelven los hijos pródigos, no hacen promesas los que se van, no emprenden los pañuelos blancos su frenético vuelo.

Los caminos del azar han florecido: el empedrado es perfecto, con qué precisión se han acoplado las losas. Qué inmensa la sombra de los árboles en la orilla sola, sin saber exactamente qué hacer con el canto de los pájaros.

domingo, 6 de noviembre de 2016

San Francisco, o La importancia relativa del arte

I.

La primera mañana quisimos ir al mercado de antigüedades de Alameda. Alamida, pronunciaban los locales, y yo trataba de no horrorizarme ante las ruedas de la fortuna en las que se divierte la historia. Procuraba olvidarme de guerras, invasiones, razas, idioma y todo lo que nos separa, por ejemplo la diferencia entre una pirámide levantada en honor al sol y una pirámide levantada en honor al hombre.

Transamerica Pyramid - Google Images

En Alameda un hombre de rasgos indios me vendió un collar de plata de aire vagamente precolombino; el resto del mercado fue una tortuosa práctica de minimalismo personal en que me decía: realmente no necesito esa Singer de principios de siglo, y además no cabe en la maleta...

En la noche caminamos por el Embarcadero desde el Pier 1 hasta el famoso Pier 39, que me pareció un lugar poco interesante, lleno de tursitas ocupados en las tiendas de souvenir convenientemente ubicadas entre un restaurant y el otro. Me recordó las calles de New Orleans y más temprano que tarde preferimos regresar al hotel a vernóslas con el jet lag. Ni siquiera el asalto al bar nos ayudó a conciliar el sueños, y así cualquier ciudad es una fiesta.


II.

El Museo de Arte Moderno (MOMA) de San Francisco era para mí el Santo Grial del viaje porque iba a ver un cuadro de Frida Kahlo por primera vez. Siendo lunes pensé que estría más bien vacío, pero siendo un día feriado acabé otra vez naufragando en un océano de turistas . Nadie estaba frente al Kahlo.

Más tarde nos peleamos a cuenta de una tontería (una taza de café); tal vez el trasnocho haya tenido que ver algo en el asunto. Ver arte así, triste y enfirruñado, es un cambio de perspectivas: poco importa la ejecución, el contexto de la obra o el nombre de quien la firma. Es la reacción visceral lo que nos mueve a contemplar, dialogar (o no) y hasta conmovernos (eso sí, con un llanto pudoroso) frente a un trabajo y no los otros.



La cena tardía en el Pier, seguidas del bar de strip-tease y luego el más casto de al lado; la conversación extraña con los vecinos de sofá -intoxicados de químicos después de un concierto de Santana, dijero, creo que confundo las noches-; y las malas fotografías nocturnas del puente ayudaron a limar asperezas. Volver al MOMA a solas la mañana siguiente fue la verdadera pipa de la paz, contemplar a solas el cuadro de la Kahlo, más bien pequeño, fue la verdadera pipa de la paz. Hasta ese entonces nunca me había interesado mucho por el trabajo de Diego Rivera, aparte de los murales.


III.

En Height Street se reúne un buen puñado de hippies que llegaron cincuenta años tarde a la fiesta. Olvidados de Peace & Love, entran en tiendas llamadas Earthy Garden o Tibetan Treasures aprovechando los descuentos de fin de temporada. Olvidados de la rebelión de Peace & Love refunfuñan porque no seguimos las reglas y no caminamos del lado derecho de la acera.

No podía irme de San Francisco sin una foto del Golden Gate y sus quién sabe cuántos turistas al año, ocupados en probarle al munda a través de las redes sociales que de veras lo visitaron en una especie de obsesivo Veni, Vidi, Vici apocalíptico. Para muestra, el botón:


Adiós San Francisco, con sus townhouses, sus hippies, sus yuppies, sus Uber y su fabuloso curry tailandés de a diez dólares. El paseo en tranvía quedará para otra vez.