sábado, 20 de diciembre de 2014

Lelia, George Sand

Fuera de la función de entretener, conmover y enseñar, hay libros que, simplemente, actúan como un espejo.

La trama, en realidad, me parece lo de menos. La historia es un marco en el cual puede la escritora desarrollar sus teorías, exponer sus debates internos y su propias angustias. En Lelia el triángulo Dios-Amor-Humanidad aparece explorado en todas las dimensiones que George Sand pudo imaginar. En un momento u otro la atormentada Lelia, el soñador Stenio y el rígido Magnus exponen con diferentes razonamientos y bajo distintas circunstancias, sus ideas y sentimientos al respecto. Sin embargo, el tema común en los tres es la duda: a veces la tríada tiene un elemento divino y lleno de gracia, a veces es una ilusión, cuando no una condena.

Mientras la duda y la contradicción son por una parte el cristal bajo el que se estudian la vida y las relaciones humanas, por la otra están las verdades absolutas de Trenmor y Pulchérie. En un extremo del espectro, Trenmor se presenta con un estoicismo inquebrantable, templado por la experiencia de su edad y ninguna alegría o tristeza ocupa sus energías. En el otro extremo se presenta la hermana de Lelia, una cortesana entregada a la inmediatez de los placeres terrenales sin cuestionar nada más allá:

"No tengo la felicidad -dijo Pulchérie-. No la he buscado. A diferencia de ti, no he vivido con decepciones. No le he exigido a la vida más de lo que puede darme. He reducido toda mi ambición a saber como disfrutar de lo que existe. He hecho de mi virtud no sentir desprecio y mi sabiduría está en no desear nada fuera de ciertos límites (...) Pero para no caer en la desesperación, me refugio en la religión del placer."

Lelia, en el centro de la trama, aparece como un personaje torturado por su soledad física, emocional e intelectual. Los demás a su alrededor se equivocan al leer sus dudas sólo en el aspecto superficial y como consecuencia interpretan su ironía y su aislamiento como un tipo de esnobismo. En casos hasta ven en su comportamiento un juego deliberado en el que hay fuertes tintes de femme fatale. Lelia percibe el rechazo moral y se aísla a sí misma aún más, creando un círculo vicioso imposible de romper.

"A veces a la luz de la lámpara, buscaba la respuesta a los grandes enigmas de la humanidad en los libros. A veces, arrojada al remolino de la sociedad, abriéndome paso entre la muchedumbre con el corazón vencido, intentaba encontrar una mano, una palabra de aliento que le trajera exaltación a mis emociones. Otras veces, vagando por el campo frío y silencioso, le hacía preguntas a las estrellas y medía, con triste éxtasis, la distancia insalvable entre el cielo y la tierra."

Tenía tiempo sin regodearme en el placer de la prosa florida y los diálogos dramáticos de un libro que, en cuanto a la forma, me parece eminentemente romántico, si bien en el fondo expresa ideas más propias de la Iluminación y el matrimonio de ambas corrientes deja al descubierto sensibilidad e inteligencia exquisitas. Las teorías de los muchos temas que toca Sand son interesantes y encontrarían puesto en los debates contempóraneos, incluso cuando se trata del futuro de la humanidad.

Junto a Lelia hice una relectura de Las cartas de un viajero y me parece que los dos libros se complementan muy bien, especialmente cuando se trata de la exposición de ciertas ideas. 

En una nota personal, siempre me ha sorprendido la ausencia de George Sand en las librerías y entre los grandes nombres de la literatura; pienso que se le ha subestimado injustamente (es más, ni siquiera encontré la edición de Lelia en español, así que la leí en inglés). De momento, en su voz consigo un eco que le sirve de consuelo a mis propias inquietudes sin respuesta. Sé que no soy la primera lectora con tal reacción y esta vaga fraternidad hace que me sienta menos sola ante preguntas que a veces (sólo a veces) rayan en el delirio. Esta ha sido probablemente la lectura que más me ha tocado este año, al punto que estoy considerando coronar a la Sand en mi panteón personal de escritores predilectos.

Con mucho placer leí esta novela para el reto Escritoras Únicas, propuesto por el blog Lo que leo lo cuento.

Ya que estamos en esto, gracias a Marilú, Ana y Meg por organizar el reto Escritoras Únicas, que disfruté este año. Gracias también a Mónica por hacer posible Serendipia Recomienda y a Cydalima por Leyendo a los Clásicos. Si bien algunos libros se me quedaron por fuera en estos retos, he conocido nuevos autores también a través de estos blogs.

Este año agradezco especialmente a Adictos a la escritura y sus participantes por la acogida que le dieron a La Tía Clarita, que el próximo año pasa a una nueva etapa.

¡Gracias, blogueros y blogueras, por sus visitas y comentarios! 

Que pasen felices fiestas y que el próximo año les traiga muchas dichas, entre ellas la buena lectura :)

¡Nos leemos en enero!

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jueves, 11 de diciembre de 2014

Primavera Sombría, Unica Zürn

Leer esta historia es saltar al vacío con los ojos cerrados. El vértigo de la caída es sostenido y no por ello hay sosiego. Se sabe que el resultado final es inevitable, pero no es posible calcular qué tan fuerte será el golpe.

Las revelaciones que nos hace la niña de doce años no alcanzan a ser tan escalofriantes como la frialdad con que las narra. Hay casi un desdobalmiento: una niña siente, descubre, rechaza o acepta, se burla y odia; la otra observa en la distancia y toma nota con indiferencia casi médica.

La naturaleza del tema es también compleja. El despertar sexual, ¿es una experiencia que nos da o nos quita? Unica Zürn presenta los polos del placer y el dolor -tanto físico como mental- con todos sus colores, dejando poco o nada a la imaginación y esta intensidad de sentimiento resulta enceguecedora. Es verdaderamente difícil responder al planteamiento de Zürn sin tener que revelarme a mí misma: me parece que, en una especie de metadiscurso, hay una provocación tácita de parte de la autora hacia el lector: "¿te atreves?", o más bien, "¡a que no te atreves!"

Siendo la inciación y las fantasías sexuales experiencias tan íntimas, habrá una gama muy amplia de interpretación del libro. Una vez más me parece que hay cierta invitación al reto: la manera explícita, casi agresiva, en que la autora aborda el tema se superpone a la reacción del individuo, celoso de resguardar su espacio más oculto, tal vez más temido. Ha sido una manera brillante de tocar un tema universal y asegurarse una gama inimaginable de colores como respuesta.

A pesar del sentimiento de aprehensión, me voy a hacer con El hombre jazmín apenas pueda. La locura, después de todo, tiene un negro encanto.

Para el reto Escritoras Únicas.

sábado, 6 de diciembre de 2014

A veces te pienso, poeta,

y me canta en la memoria
el secreto de tu risa
esa risa tuya que florece y se trepa

(un árbol
un árbol rebelde que no se deja cortar)

pienso en tus guerras libradas
en tus causas perdidas
para las que siempre hay bandera

te busco en aquellos versos
un caballo, un ángel
una mujer ligera
un cutis abierto a la playa

imposible imaginarte triste
a pesar de tus muertos
a pesar de su estela

¿sabes, poeta,
tus libros no se quedaron en mi orilla
y viajan conmigo
de puerto en puerta?

a veces te pienso, poeta,
cuando un hombre abandona un caracol
cuando un niño lo encuentra.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Domesticidad

21
No puedo dormir pensando en el infortunio de la pobre criaturita, se ve que sufre (tal vez es que estoy sensible con el vino). Al volver de la cena con María, me ha recibido Jorge con una de sus felices extravagancias: ha comprado un búho. Todos saben de su apego a los animales y su tendencia a decir que sí a casi cualquier cosa a casi cualquier hora; es lo más natural que se lo hubieran ofrecido a él. ¡Es tan lindo! (¡Me refiero al búho!) Claro que me produce escozor moral lo de tener pájaros enjaulados, pero éste ha llegado con la tragedia de un disparo en el ala. ¡Bang!, y en su afán por poseer lo que admira, el hombre ha destruído una vez más lo que era hermoso. Fifi no tiene la menor curiosidad por él. Lo hemos puesto en la mesa del comedor por miedo a que los

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Los niños estaban emocionadísimos y

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Esta mañana tendía la ropa y al colocar la cesta en la baranda del balcón, ¡horror!, había una lagartija muerta, tendida al sol, lista para la comida de Ojotes. Jorge ha debido advertírmelo al menos, sabe que tengo nervios sensibles. Ahora con el búho en la mesa no he podido devolverle a María el gesto de la cena, ni siquiera para un breve té. ¿Qué irá a pensar?

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¡Tengo tanto sueño! Anoche (¡más bien esta mañana!) llegó Jorge con otra sorpresa: es una gatita (la he llamado Kitty). Está muy flaca la pobre y no tendrá dos meses, pero le sobra valor, no se asustó con Fifí que puso tan salvaje al verla que tuve que encerrarla en mi cuarto. Ojotes ni parpadeó. Jorge y yo tomamos vino hasta tarde y yo me reí mucho pensando que esto es un tanto Frida Kahlo. Tal vez deberíamos procurarnos un monito, ¿no completaría muy bien el cuadro?

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Fifí, en sus celos por Kitty, ha ido demasiado lejos y ha hecho lo impensable: se ha masticado mi cubrecamas, el blanco, el que tejió mi abuela a ganchillo y heredé de mamá con la condición de pasarlo a mi hija mayor que, suponiendo que tenga una hija, ha perdido ya parte de su patrimonio familiar. Imposible zurcirlo ni remendarlo. Estoy tan deprimida que de monitos,

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Kitty comprende mi desconsuelo. Hoy que lloraba sentada en el piso, abrazándome las rodillas, ha metido su hocico por debajo de los brazos y me ha tocado suavemente la mejilla. Me he sentido mejor. La Fifí no sé donde andará desde que la espanté del cuarto a punta de almohadazos.

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planificado mudar a Ojotes a mi peinadora para poder invitar a María a un almuerzo, y ahora he tenido que cancelar todo. No sólo Kitty ha mordisqueado el pastel de espinacas en el mesón de la cocina y derribado la botella de Pinot Noir, sino que al oler la caca de Ojotes, le ha parecido

en la mesa, ¡horror de horrores! Cómo extraño a Juliana, que se sabía toda clase de trucos para pulir, desmanchar y

He probado hasta con perfume, pero no puedo sacar el olor. Me temo que hemos perdido el comedor para siempre.

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porque me muero de sueño. ¡Si Fifí y Kitty no se llevaran como perros y gatos! ¡Si tan sólo Ojotes ululara de día y no de noche! ¿Tal vez está tratando de comunicarse con su propio reflejo? Después de escribir y terminar el vinito me parece que debería desmontar el espejo.

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Es mejor escribir aquí, con Ojotes de regreso al comedor, Fifí en la sala y Kitty, a mi pesar, en el cuarto de los niños. ¡De ninguna manera iba yo a permitir

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Jorge no le perdona a Kitty lo del

ni María me perdona a mí la falta de

pero los niños se han puesto tristísimos.

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¡Fifí y Kitty han

pobre Ojotes, ahí, inmóvil!

botellas de vino!

sábado, 29 de noviembre de 2014

Collar de perlas


Fotografía: Susan Colpich

Generalmente del feminismo es definido como un movimiento que busca igualar el estatus social de la mujer con el del hombre. Tradicionalmente el hombre como opresor es quien se ha opuesto a la idea y los cambios. En este texto pretendo partir del principio que esta etapa ha sido superada -si bien no es del todo cierto- y me preocupo por las consecuencias de dichos cambios.

Tengo la teoría de que en la civilización occidental las mujeres son las peopres enemigas de las mujeres. Para comenzar, se nos sigue vendiendo la idea de que las mujeres somos heroínas natas, con capacidades infinitas de toda índole. Cada habilidad es una perla tan preciosa como la otra. Sin embargo la columna vertebral de la idea, el hilo que hace posible armar el collar, es la capacidad para hacer malabares entre la vida laboral, la vida familiar, las tareas del hogar, el cuidado físico, el apetito sexual y usted nómbrelo. Todo ello con una sonrisa beata en el rostro que indica la perenne disposición de la dueña a hacerlo todo más hermoso y más llevadero cuando se presentan las dificultades. Ese ha sido, después de todo, el rol femenino durante siglos.

Pues bien. Me niego a llevar el hermoso collar de perlas de esta nueva esclavitud y renuncio a todos sus laureles, que no hacen sino continuar premiando la abnegación femenina, esa misma virtud tan continuamente admirada por los (y especialmente por las) que no tienen que sufrirla.

Pero, ¿por qué es tabú manifestar este descontento?

Parece ser que al dársele a la mujer la posibilidad de estar socialmente a la par con el hombre -lo cual es una falacia, de todas maneras- se le han otorgado estos privilegios bajo ciertas condiciones: la imposibilidad de la renuncia es una de ellas. Ideas del tipo "las otras no se quejan, no puedo quejarme yo" o "si las otras pueden, también puedo yo" me vienen a la mente. Existe un miedo tácito en la mujer a convertirse en la única débil de la manada, una especie de hembra omega. A mi juicio la tensión entre las propias mujeres por alcanzar la excelencia en todos los aspectos de la vida es un gran obstáculo a derribar, creado por nosotras mismas y es un fenómeno que no percibo entre los hombres. Este afán, creo, viene de la ansiedad de quere afirmar una posición social todavía incierta. Sabemos que no altera la posición social de un hombre comenzar una familia y su identidad ha estado siempre claramente definida; es la mujer quien enfrenta el cambio de su papel tradicional.

Atreverse a decir que las mujeres en realidad no pueden tenerlo todo; pretender derribar un mito forjado en una lucha sin tregua; querer ejercer el derecho individual y adoptar un estilo de vida que se aleja de las metas propuestas por el colectivo, parece ser considerado un acto de traición y el castigo para este crimen es cargar con el estigma de la estupidez. Sistemáticamente la capacidad intelectual de una mujer que elige dedicarse a su hogar y sus hijos -aunque sea temporalmente- queda en entredicho. Aparentemente nos sentamos en el sofá todo el día a ver televisión -cuando no estamos pelando cebollas o engordando a punta de chocolates- y nuestra única ambición en la vida es complacer a los demás. Atrás quedan los diplomas, los años de estudio, los trabajos publicados,  los proyectos dirigidos, los viajes hechos, los libros leídos: una identidad (ama de casa) reemplaza a la otra (mujer inteligente) y el fenómeno de la tan ensalzada fusión, el principio de tenerlo todo, se queda sólo en la teoria. Yo misma soy culpable de haber juzgado a otra mujer bajo este lente, antes, cuando no estaba casada ni tenía hijos y no tenía idea de las muchas disyuntivas a las que tendría -tengo- que enfrentarme a a diario.

A pesar de sentir que he encontrado un balance que me hace feliz, todavía me sorprende tener que defender mi elección y vivir en este estado de desconcierto en el que constantemente tengo que probarme a mí misma frente a las otras. Como si no fuera suficiente enfrentar el hecho de que cruzar el umbral de la maternidad no tiene vuelta atrás y la identidad queda parcialmente disuelta. ¿Por qué es un tabú reconocer estas verdades? ¿Por qué las mujeres se mienten a sí mismas y entre sí mismas? ¿Por qué se dice en susurros que a veces es verdaderamente difícil darle todo a los hijos constantemente, que a veces se tienen ganas de correr de regreso a la soltería?  Hay un temor inmenso a parecer como una mala madre o como que no se ama lo suficiente o del modo absoluto que se espera. Como si no fuera necesario apoyarnos las unas a las otras y comprender en su verdadera extensión -sin ideales rancios de abnegación decimonónica- la naturaleza compleja del amor conyugal y filial, hasta ahora percibidos como valores eternos, inalterables y con la capacidad de colmarlo todo, cuando en realidad no pueden llenar el inmenso espacio personal al que la hembra forzosamente termina renunciando en un silencio que raya en el martirio. ¿Por qué?

martes, 25 de noviembre de 2014

Las Mariposas


Existieron tres mariposas: 
una amaba a Dios, 
la otra a un hombre, 
la última la libertad.

Todas tuvieron el vientre lleno, 
ahora de hijos, 
ahora de esperanzas.

A las mariposas les robaron el aleteo 
por temor al vendaval de su vuelo.

Que no llore la tierra: 
aún se canta poesía,
 ahora es que nos queda cielo.

*

Amén de mariposas

Hoy, veinticinco de noviembre

sábado, 15 de noviembre de 2014

Pedro Páramo, Juan Rulfo

Esta ha sido una relectura de reconciliación. Hubo un tiempo, debo confesarlo, en el que me exasperaba que el realismo mágico fuera la única corriente literaria sobresaliente en América Latina. De jovencita, viviendo en la ciudad y con miras a emigrar, me horrorizaba que la única realidad reflejada en las grandes novelas fuera la de la miseria, el calor, los caminos polvorientos del campo, la ignorancia y la superstición. Pensaba, sedienta, que nuestra realidad estaba hecha de algo más, con cara al futuro.

Desde esta orilla, sin embargo, tengo otra prespectiva: una que, sin encontrarle la buena cara al futuro, atesora el pasado. Así, Comala me parece cualquier otro pueblo de mi infancia, y Abundio bien podría ser Pablito y Damiana la Señora Onofre y Susana pasaría a ser Rosita. En Comala se rezan novenarios; en San Juan de los Morros también.

Poco tengo que decir de Pedro Páramo y los demás fantasmas de Comala, aparte de admirar la precisión de historias e imágenes con que el lienzo fue tejido por Juan Rulfo: un lienzo que es, al mismo tiempo, espejo de millones. He ahí la reconciliación. Acepto que no puedo hablar de Pedro Páramo sin hablar de mí misma. Yo, a mi manera, tengo también un arsenal de cuentos, personajes y experiencias de mi infancia que a la larga se han convertido en mi Comala personal: voces que me acarician el sueño cada noche antes de quedarme dormida.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Caracas

Arde la cuidad en la cárcel de su valle, arde el cerro que la arropa.

Tras el cerro arden las playas con sus pescadores; uno tejía sus redes, el otro reposaba en las rocas.

Arden los corales con sus peces y más allá las bromelias de la selva con sus flores en el vientre.

Arden los trinos y el rugido, la risa y el quejido.

Arden las montañas en su cordillera y los ríos con sus venas.

Arde el germen de la tierra, arden los hijos de las aves y no puede llorar en paz el cielo: en el horizonte cantan enloquecidas treinta millones de liras.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El Idiota, Fiódor Dostoievski

La necesidad humana de clasificar el universo es instintiva. Cuando existe la base del conocimiento o la experiencia, es posible emitir un juicio objetivo. De otra manera, es inevitable recurrir al prejuicio, y he aquí el tema central de El Idiota. ¿Quién puede jactarse de conocer la naturaleza humana? Nadie. La consecuencia directa es que en la novela todos juzgan, todos son juzgados y casi siempre el margen de error raya en desastre. Dostoievski le extiende también al lector la trampa irresistible de decidir si Muishkin es un genio incomprendido o, simplemente, un idiota.

El Príncipe Muishkin regresa a Rusia tras un tratamiento en Suiza para curar el defecto de la idiotez (en la concepción pseudomédica del siglo XIX). Su aventura comienza ya desde el tren, donde viaja sin un penique, mal vestido, sin amigos o conocidos.

Los personajes son variopintos; aparecen los Epanchin como símbolo de una aristocracia en franca decadencia; Gania, Lebedeff y sus respectivas familias representan ejemplos de mediocridad y el autor se toma el tiempo de dejar esto en claro, cambiando la antipatía natural hacia estos personajes en algo parecido a la lástima. El pasaje es fabuloso.

El joven Hipólito, llegado de ninguna parte, denuncia los valores de la aristrocracia y deja caer teorías que muestran el germen del descontento social que eventualmente conducirán a la Revolución Rusa. Al nihilismo de este personaje -que tiende a extenderse en los diálogos- se unen los parias Parfen Rogojin y Nastasia Phillipovna, una pareja incierta, escandalosa, extravagante, irreverente, que actúa como catalizadora en la acción de la novela.

Muishkin se debate entre el amor casto y socialmente aceptable de Aglaya Epanchin y el de Nastasia, una mujer de dudosa reputación a quien todos codician por su belleza.  Ambas mujeres consideran desde sus respectivas circunstancias las consecuencias de unirse en matrimonio con un hombre de la posición social y con las taras mentales atribuidas a Muishkin.

Este no es mi trabajo favorito de Dostoievski, pero no puedo dejar de admirar su capacidad para crear semejante tensión entre tantos personajes. Los diálogos en los que participa Nastasia son una verdadera locura (a mí, en pleno siglo XXI, consiguieron dejarme boquiabierta) y nunca se puede atinar en donde va a terminar la acción.

¿Y es que a quién no le gusta un escándalo?

Para el reto Leyendo a los Clásicos.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Me quiero ir

Me quiero ir
de este tiempo y estos libros perdidos
de tu memoria

Me quiero ir
de esta tarde clara
y de los árboles
y sus insectos
y sus pájaros
y su felicidad mezquina

Me quiero ir
que me crezcan alas, aletas, escamas
que me haga barca
o cometa
o gota de agua

Me quiero ir
de esta mi alma
de esta mi pena
de esta ausencia tuya
que todo lo contempla

jueves, 30 de octubre de 2014

El niño perdido, Thomas Wolfe

 Esta nouvelle se lee en un par de horas, tanto por su extensión como por su estilo. La trama comienza con una tarde especial en la vida de Grover, el niño que protagoniza la historia. En un solo instante se abre un delicioso caleidoscopio que mira al mismo tiempo la vida afuera, alrededor de la plaza, y la vida interior de un niño sabio para sus años. Bajo este lente es posible encontrar también gestos simples que muestran los extremos tanto de bondad como de mezquindad en el ser humano.

Los siguientes capítulos son memorias algo tristes, narradas por la madre y los hermanos de Grover. Las voces están marcadamente definidas y consiguen pintar un paisaje casi impresionista, hecho de recuerdos y sentimientos, más que de acontecimientos. Pienso que la importancia de la vida interior en cada uno de los personajes que habla, en contraste con el poco enfoque en los hechos, es reflejo de la percepción infantil: los niños tienden a no recodar detalles de lo ocurrido, sino sus reacciones ante ello.

El último capítulo, narrado por Eugene -subestimado por su juventud cuando ocurre el hecho principal- es lírico, casi un pequeño poema que merece ser leído por sí mismo. Algo en la melancolía del Eugene adulto es aún infantil y me conmovió mucho, porque también yo he cometido el error de regresar a un lugar buscando al pasado. El niño perdido es una historia un poco triste por la naturaleza del tema, pero hay cierta dulzura entre líneas que la hace muy disfrutable. Es un libro tierno y yo lo encontré bellamente escrito: una pequeña joya que más bien me tomó por sorpresa.

sábado, 25 de octubre de 2014

Literatura a mi manera III: Opera Prima


Ocurrió que la crónica de los diarios, con sus detalles minuciosos y sus preguntas existenciales ya no fue suficiente. Era necesario ir más allá del ensueño, el por qué y el qué tal si. Más que escapar a la realidad, era necesario extender su dimensión, exagerarla, ennoblecerla, hacer de la posibilidad una fábula.

La novela fue larga, muy larga: quinientas páginas, Times New Roman, 12, interlineado sencillo. Fue también mala, muy mala, hija de mis lecturas de V.C. Andrews y autores por el estilo. Con todo y eso, le tengo el cariño que se siente por la inocencia del niño orgulloso al mostrar su primer dibujo. Cuando me digo "la benevolencia del tiempo" me siento anciana.

domingo, 19 de octubre de 2014

Las Uvas de la Ira, John Steinbeck

Leer sobre miseria se me hace una tarea dura que tiendo a dejar a medias. Habiendo dicho esto, no sé qué me arrastró a terminar de leer Las uvas de la ira y en eso le doy a Steinbeck mucho mérito.

La primera mitad del libro presenta a los personajes alrededor de la Gran Depresión y da detalles de su situación al verse obligados a abandonar sus tierras áridas, que han cultivado sin éxito y ahora tienen que entregar al banco para agricultura industrial. El calor y la tierra hecha polvo flotan en el ambiente, lo dominan y se cuelan en el alma de los hombres haciéndoles los pasos más pesados y se cuelan en el ánimo del lector haciendo la lectura lenta. Esta primera mitad nada más me tomó dos meses en los que consideré abandonar el libro. ¿Por qué no lo hice? ¿De alguna manera yo, lo mismo que los personajes, tenía la esperanza de que algo cambiara? ¿Era ésta la intención del autor?

La emigración a pastos más verdes -literalmente- comienza a pintar la verdadera extensión del problema cuando la familia Joad se da cuenta de que hay cientos de miles de familias en la misma situación. 

La segunda mitad del libro se desarrolla a una velocidad más rápida, y es una danza incierta con la esperanza. Acontecimientos terribles ponen a prueba la unidad de la familia y otros más felices dan lugar a lazos más fuertes. El personaje de Ma es probablemente el que sostiene la historia por su capacidad de adaptarse a nuevas situaciones y problemas en un silencio que va más allá de lo heroico.

Las uvas de la ira tiene uno de los finales más desconcertantes y freudianos que me he encontrado en la literatura. Es la última llamita de esperanza, extraña y bizarra, pero esperanza al fin y al cerrar el libro uno se pregunta: ¿Y ahora qué? Ya en La Perla y Tortilla Flat Steinbeck toca el tema de los desposeídos, pero Las uvas de la ira es un trabajo mucho más serio y extenso. No es para corazones débiles; sin embargo puede ser para aquellos que quieren asomarse a la realidad social del avance del capitalismo frente a los valores humanos más elementales.

Para el reto Leyendo a los Clásicos.

jueves, 16 de octubre de 2014

Domingo

Los cangrejos ermitaños corrían en un frenesí inútil, resbalando torpemente al borde de la mano abierta, o entre los dedos, sólo para ir a caer en silencio sobre la arena y ser recogidos de nuevo.

Los niños se habían cansado de los juegos ruidosos y permanecían agachados en la orilla, contemplando al pequeño ejército de prófugos, ajenos al suave esplendor de la playa, al atardecer mil veces reflejado en la superficie del agua.

La madre los observaba con la ternura condescendiente, casi triste, del que más sabe. Le resultaba desgarradora esta ingenuidad de los niños, esta capacidad de creer en la importancia infinita de un caracol.

-Malena, se te ha caído un plato.

Las palabras habían sido, tal vez, una oferta de tregua. Malena levantó la mirada para encontrar una cara hosca hundida en el periódico, sus páginas una vela imposible de izar. Vaya amargura, querer pelearse hasta con el viento. ¿Por qué no, simplemente, levantar el rostro y dejarse acariciar? Recogió el plato, sacudió la arena y continuó el resto de su tarea.

Eran unas manos largas las de Malena, hábiles en el arte de empacar el día con todas sus memorias, vestir criaturas, cepillarles el cabello, darles de comer, colocar los cangrejitos en el tobo y conservar la felicidad infantil por cuanto fuera posible.

Sólo el viento le sacaba a Malena las palabras del cabello suelto, alegre y de fiestas a pesar de la tarde. Los ojos de Diógenes la espiaban desde el periódico. Estaba hermosa entonces, así, parecía casi despreocupada, y aquellos labios rosa... ¿acaso no se cansaban nunca del constante rictus?

-Creo que estamos listos.

Era una voz plana que no quería decir otra cosa, de la que no se sabía si la tregua era una oferta aceptable. Se había puesto ya el sol y en la playa no quedaban sino las huellas; era hora de ir a casa y olvidar el domingo con su silencio. Buena cosa que los niños estuvieran cansados y finalmente se quedaran dormidos en el camino a casa. Eso era, después de todo, lo más importante.

domingo, 12 de octubre de 2014

sábado, 27 de septiembre de 2014

Los pasos perdidos, Alejo Carpentier

He llegado tarde a este encuentro y es casi imperdonable. Carpentier es uno de esos autores que me hace preguntarme para qué escribo yo y qué persigo exactamente con mi actividad, porque lo que es decir las cosas con belleza y contundencia, eso ya está hecho en Los pasos perdidos.

Probablemente hay algo de parcialidad de mi parte: no puedo, desde esta nostalgia, leer sobre la selva, el tepui ni la churuata sin que me tiemble un poco el alma. Viajé, me enredé entre las lianas, hundí las huellas en la tierra blanda, me dejé asombrar y acunar por el paisaje-madre. Sé, sin embargo, que esas tierras y yo somos ajenas la una a la otra, y he aquí donde la historia consigue crearme tensión. 

El protagonista llega de la ciudad con una misión en particular, pero viaja ya hastiado de lo que deja atrás. Naturalmente la selva representa la alternativa, la salvación y a ella se aferra, de ella se enamora. La ennoblece. Quiere quedarse. Comienza el proceso de echar raíces y convencerse a sí mismo del fruto de su trabajo, todo ello sin darse cuenta de que es un extranjero en el paisaje. Todos lo ven y lo saben, excepto él. Es desgarradora su ingenuidad.

Hay algo de arquetípico en los personajes de Carpentier: los he visto antes en fotografías sepia y ahora, por primera vez, me han hablado, y lo han hecho con voces que tienen la suavidad de las verdades bien sabidas. Los Yannes, los Adelantados, las Mouches y las Rosarios suceden en la selva como suceden los hijos a sus padres generación tras generación.

Hay también cierta universalidad en algunos planteamientos (más bien preguntas) sobre las civilizaciones antiguas y modernas, cómo se comparan, cuál es el parámetro con que se mide el progreso del hombre, qué validez representan la ciencia, el arte, las teorías y las academias frente a los instintos más primordiales del hombre.

"He llegado a preguntarme a veces si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado (...) Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema."

Hablemos de lirismo.

Para el reto Leyendo a los Clásicos me había apuntado con El reino de este mundo, pero no pude resistirme a un libro ambientado en Venezuela, no sé si se vale :)

domingo, 7 de septiembre de 2014

a veces me visitan

"-hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡yo no sé!"

a veces me visitan
estos heraldos
con sus crestas pomposas
sus trompetas y banderas

los presiento cuando vigilan mi sueño
y se me encoge el alma
esperando la punzada que vienen a anunciarme

me digo -les digo-
es imposible
bastaría abrir las ventanas
constatar las estrellas

son negros, los heraldos
y me quieren hablar de la muerte
cuando todos callan
-hasta la paz de la noche afuera-

es imposible, les digo
si en el jardín por la mañana
se desgañita un ave cualquiera

o llega en la tarde
el botín alegre de la niña
su risa
el cántaro mínimo de sus manos
que recogen la tierra
ella
enamorada de los sapos
con las flores aplastadas en los bolsillos

es imposible
me digo
-les digo-
por encima del hombro;
abandonen el trabajo de su madrugada
todos duermen, lo sabemos
y pareciera que en este silencio
se nos acabara la tregua

pero a mí
se los advierto
me ha quedado otro día
así de pequeño, así de ligero
con su café, su tarde, sus letras
lo traigo en las sienes

es imposible
les digo
por ahora gano yo la batalla
guarden sus lanzas,
guárdenlas.

lunes, 18 de agosto de 2014

El barón rampante, Italo Calvino

Abrí este libro sin informarme sobre el tema, a propósito. Quería dejarme sorprender. El título del barón rampante le sugirió a mi imaginación la historia de un hombre corrupto, acostumbrado al abuso de poder. ¡Qué grata sorpresa encontrarme con el personaje del pequeño Cosimo, primogénito del Barón de Ombrossa! Airado a los doce años por las fechorías de su hermana Battista, este niño decide trepar a un árbol en protesta, y la historia toma su curso cuando Cosimo anuncia que nunca volverá a pisar tierra y se mantiene fiel a su palabra.

La narración, hecha por su hermano Biaggio, le da a la novela un matiz único, lleno de la ternura de un amor fraternal que me cautivó. La prosa de Calvino es rica y dinámica; los pasajes que describen el bosque, este o aquel árbol se extienden justo lo suficiente y ocurriendo más de una vez a lo largo del libro, son un telón de fondo exquisito e imprescindible a la historia.

Son muchos los personajes que pasan por la vida de Cosimo y le acompañan en aventuras que incluyen su impecable educación durante la adolescencia, asaltos de piratas, amistades con forajidos  y los tiempos difíciles de la revolución francesa. Un personaje que merece atención especial, sin embargo, es la amazona Viola, por la fuerza de su presencia, su compleja naturaleza y sus punzantes diálogos. Los sentimientos que despierta en Cosimo dan paso a uno de mis pasajes favoritos en todo el libro.

Muy personalmente se me antojó que la vida de Cosimo en las alturas de los árboles, separado del resto de los humanos con los pies en la tierra, es una alegoría a los valores humanos (casi espirituales) y la renuncia que se requiere para alcanzarlos. No en vano el barón permanece dulcemente ingenuo y sus acciones van orientadas hacia el bien de la comunidad por encima del suyo. Es un libro hermoso, tierno, que me deja una vaga esperanza no sé de qué, talvez de que el mundo siempre puede ser mejor. Muy recomendable.

De los retos Serendipia Recomienda y Leyendo a los Clásicos.

domingo, 15 de junio de 2014

Hoy he rescatado un pájaro (edición)

Hoy he rescatado un pájaro
magnífico,
las alas azules
ligero
ligerísimo
era como sostener una nube
un arcoiris, un sueño.

El pájaro se había perdido
ciego de tanta luz
en el laberinto de los ventanales.

El golpe
los golpes
hacían temblar al mismo tiempo
vidrios
pájaro
certeza.

Acabó el pobre cansado en una esquina,
el pico abierto una vaga amenaza.

Nos miramos
nos confiamos las agonías por un momento
y fue suficiente.

Hoy he rescatado un pájaro
y él
amablemente
me ha devuelto el gesto.

martes, 27 de mayo de 2014

Intacto

Hoy Lucas estaba solo junto a la puerta. Si los otros le presentían la sombra, seguían de largo. Era viernes, día de vaga libertad en que nadie quería merodear frente a la fábrica. Lucas no tenía apuro hoy ni nunca; no antes de su ritual. Dio dos golpecitos secos con el cigarrillo en el dorso de la mano y se lo colocó entre los labios, buscando con la otra mano el yesquero en los bolsillos. El chasquido fue leve y la llama, tibia. El cigarrillo, sin embargo, no ardió.

Lucas repitió el gesto dos, tres, cuatro veces. Miró el yesquero, perplejo. Intentó por quinta, sexta vez. Esta vez examinó el cigarrillo; primero la punta, luego la cola. Se preguntó si era algún truco; si era uno de esos sueños absurdos donde lo que debe ocurrir no ocurre. Siete veces, el gesto inútil. Qué carajos. Con el ceño fruncido se guardó el asunto en el bolsillo, para más tarde.

Las cuadras andadas a casa eran las mismas; también lo eran las paradas por pan y tabaco. Hoy resolvió comprar en otro quiosco, la misma marca. Añadió yesquero y papeles nuevos y echó a caminar preguntándose qué había pasado antes, en la puerta de la fábrica.

La casa estaba en silencio, la mujer aún trabajando, el balcón en penumbra tras las macetas colgadas, el viejo sillón fiel allí. El camino le había dado tiempo a Lucas de dar método a sus interrogantes. Primero se dio a repetir el gesto exacto, los factores sin alterar. Nada. Examinó el papel: seco, crujiente. Lo mismo el tabaco. Cambió de yesquero. Inútil.

Enrolló un cigarrillo nuevo con lo recién comprado: sacó el papel y colocó el montoncito de tabaco en el centro, distribuyéndolo después a lo largo. Frotaba el papel sin hacer ruido, sin arrugarlo, sin mirarlo siquiera y hacía unos cilindros perfectos, quizá un poco delgados, sellados con la poca saliva que tenía en la punta de la lengua. El primer yesquero no hizo el trabajo, tampoco el segundo. ¿Pero qué es esta mierda? Empujó el sillón ruidosamente y salió a la calle. Al diablo la investigación científica; ahora le preocupaba más la urgencia de fumar.

Compró un paquete en el quiosco y lo abrió allí mismo. Intentó un cigarrillo tras otro, tras otro. Compró un nuevo paquete, otro, otro. El hombre del tarantín lo miraba extrañado, prefiriendo guardar distancia de los lunáticos. Este por lo menos le estaba dando buen negocio, tanto mejor.

A Lucas le pareció una eternidada el camino hasta el bar. Se tragó la primera cerveza como agua, queriendo compensar la falta de una calada. Me tienen que estar jodiendo. Vino la segunda cerveza, la tercera, las demás. Ya a medianoche había a su lado un tipo caritativo, presto a escuchar la historia y a ofrecer un cigarrillo ya encendido, que apenas tocó los labios de Lucas, se apagó. Me tienen que estar jodiendo.

La noche fría no hacía nada por aliviarle la fiebre del deseo. Sin saber qué hacer, se marchó a casa elaborando posibilidades y fue directamente al balcón. Le temblaban las manos al enrollar el último cigarrillo del día. Tambaleándose de desesperación, todavía sellándolo con la punta de la lengua, llegó a la cocina y encendió la estufa. La explosión fue fenomenal. A duras penas pudieron las autoridades distinguir entre cenizas humanas y cenizas de muebles. El cigarrillo sin embargo les llamó la atención, intacto como estaba.

*

Este ha sido mi relato para el blog Adictos a la Escritura. El tema de este mes: el cuento inverosímil.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Farenheit 451, Ray Bradbury

Me encantó. Fue una lectura vertiginosa, el crescendo una especie de pájaro que arranca en vuelo y de pronto hace falta echar alas y seguirlo. La distopía que presenta Bradbury es vagamente similar a la del 1984 de Orwell en cuanto al adormecimiento de la sociedad.

Sin embargo, Farenheit 451 es, a su modo, un libro sobre la esperanza. La transformación de Montag tiene una curiosa cualidad ambivalente. Por un lado despiertan la consciencia del bien y el mal, la sospecha inteligente de lo que nadie ve y la euforia de encontrar respuestas. Por el otro lado, sus descubrimientos le llevan a cometer actos terribles que contradicen la misma  naturaleza elevada que persiguen alcanzar y proteger. Es un enfrentamiento interno épico, del que vagamente presiente las voces, y es digno del clásico héroe griego.

Siempre me he preguntado sobre el preciso instante en el que un hombre decide -en esa pausa brevísima, forzosamente llena de preguntas- ahora, el gatillo, bang, y en un relámpago otro hombre pierde la vida. Montag me ha dado una explicación espeluznante, porque en la urgencia del momento es irrefutable.

El último capítulo se desarrolla en un santiamén y aunque no es un final feliz en cuanto a las masas, lo es con respecto a un pequeño grupo de hombres, sino iluminados por la verdad (que sería muy pomposo), al menos son conscientes, están despiertos. Los pasajes sobre el abuelo de Granger hacia el final son un hermoso recordatorio de lo que significa estar vivo y supongo que conmueven porque apelan al sentido de bondad que hay en el ser humano. Lo que soy yo, no me puedo imaginar mayor romanticismo que convertirme en un libro por el bien de la humanidad. Ahí queda eso.  

(Este libro es, por cierto, parte del Reto "Leyendo a los Clásicos" del blog De Palabras Y Letras)

lunes, 19 de mayo de 2014

Dalia ha muerto

y las mujeres se afanan en la cocina y en los patios; se diría hoy que amaba su jardín y sentiríamos pena por la tierra que hoy aguanta el peso de otros pasos, sin más respuesta que sus frutas, sus cayenas, alguna que otra yerba humilde donde fijar la mirada que también busca consuelo.

Dalia ha muerto y nos ha dejado un banquete soberbio en una tarde de abril. El sol despierta a las mariposas de abanicos españoles, japoneses, que baten las alas despacio como si también supieran: hay una niña triste en la casa.

Dalia ha muerto y los viejos hablan del mar, sus barcas atracadas en el muelle del sur en señal de duelo. Algunos mastican sus nueces verdes, escupiendo sin hacer ruido, resueltos a enfrentar la hora en que los hombros les dolerán acaso un poco menos que el alma.

Dalia ha muerto y el gallo se sube al palo, grita su canto y esponja sus plumas en medio de los murmullos. Nadie lo espanta; está vivo y es su derecho. Dalia ha muerto y a nosotros sólo nos quedan las flores, una muchedumbre de abrazos, la memoria de un hombre que llora en silencio.

martes, 13 de mayo de 2014

Literatura a mi manera II: Adolescencia

Ifigenia, Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba, fue para mí un libro de una verbosidad contagiosa, máxime cuando a los doce años me habló en el idioma familiar de acacias, naranjos, la casa colonial de Abuelita y la hacienda de San Nicolás y al mismo tiempo me susurró la fantasía de una heroína superlativa: bellísima, elegantísima, atrevídisima en sus ideas concebidas en el París de los años veinte. Este es mi clásico personal, a lo Calvino, al que hago referencias a menudo, al que siempre vuelvo, el que me hizo comenzar a escribir mis diarios, los mismos que desaparecieron en una pira desafiante algunos años después, cosa que todavía lamento algunas veces. Ifigenia fue y siempre será para mí un libro de una verbosidad contagiosa.



Ya luego se sumaron las otras heroínas, las de carne y hueso que llegaron en una colección de biografías, regalo de mi mamá que todavía ocupa lugar de honor en la biblioteca: ahí viven juntas mujeres que quizá no me dieron la pluma, pero me dieron inspiración en aquellos tiempos, cuando no era sino una muchachita que se la pasaba soñando despierta frente a la ventana.

martes, 8 de abril de 2014

Soy un gato, Natsume Soseki

 Como ensayo de la naturaleza humana, el libro es todavía válido y me hizo reir a ratos. Las diversas conversaciones entre los personajes le proporcionan al gato narrador el llamado a la reflexión satírica sobre temas que van desde estética hasta religión, pasando por asuntos como el derecho a poseer tierras o la naturaleza del acto creativo. A media voz con este minino sin nombre, va el discurso de Meitei, el hombre que, no siendo el protagonista, lleva la voz cantante. Meitei es un aspirante a dandy bastante divertido, por la contundencia con la que expone sus teorías rebuscadas, equivocadas o abiertamente absurdas, dejando en evidencia los defectos de la ceguera y el orgullo juntos.

Me hubiera gustado que el libro fuera un poco más corto o la prosa más directa o la trama más compleja. Algo me faltó para sazonar el ensayo. Algunas disertaciones se extienden y es difícil seguirlas con verdadero interés hasta el final, en especial las que aplican a la naturaleza felina. Otras reflexiones tienen un ritmo y un desarrollo magníficos que quedan arruinados con el constante uso de un lenguaje coloquial, no comprendo la intención: a mis ojos el fondo y la forma chocan estrepitosamente. ¿Soseki se burla también del lector en esta sátira?

Es posible que exista una barrera cultural: lo que a estos personajes les parece divertido o irritante no me movió en absoluto a una emoción o la otra. Las mujeres, por cierto, salieron muy mal paradas en este libro.

El texto como novela es más bien olvidable, con una trama de antihéroes donde la acción ocurre lentamente, en un anticlimax si se quiere: un profesor mediocre, Kushami, reúne en su casa a un grupo de amigos con gestos, intereses y discursos curiosamente ordinarios, presentando una amalgama en la que ningún individuo se define con claridad. El trivial conflicto de la novela está presentado en el esperado compromiso de Kangetsu y la adinerada Señorita Kaneda y termina resolviéndose sin intervención de la pareja.

Entiendo que hay una edición titulada "Yo, el gato" y tal vez esa traducción más sugerente se extienda al resto del libro. Todavía pienso darle a Soseki una segunda visita con Kokoro y ya entonces veremos las impresiones.

domingo, 6 de abril de 2014

Restos del juego

Dimos un corto paseo en la isla donde el reality show Survivor Russia grabó su temporada el año pasado. He aquí los restos del juego.

miércoles, 2 de abril de 2014

Renuncia

No es como decir la muerte,

al contrario,

la renuncia es vida bruta:

un aguacero tropical
que despierta al cansancio,

la mordida salvaje de un animal
que nos deja un temblor febril.

Toca ceder el paso,
entrar por el aro amorfo de la verdad:

Los trenes no andan, ¡anidan!

¡Vuelan los peces!

¡Se nos acaba la guerra!

Toca dar el brazo a torcer,
el cuerpo un desnudo impuro de líneas
el alba un anuncio incuestionable.

Tiene ojos de locura,
la renuncia,
y tiene su sombra,

una sombra que se me ha perdido
fundida en la noche de un sueño ajeno,
entre las luces apagadas de una casa que duerme sola.

miércoles, 19 de marzo de 2014

La Puerta, Magda Szabó

 Este libro me atrapó desde las primeras páginas con una garra feroz. La introducción es mínima, apenas un sueño de sudor frío, tras el que la autora confiesa sin mayor ceremonia:

"Fui yo quien mató a Emerence."

Así se establece la relación entre la escritora y Emerence: la conserje y señora de servicio, una anciana enérgica, orgullosa, inquebrantable tanto en la amarga visión que profesa de la vida, como en la pasión con que la vive. Su generosa actividad no conoce límites o discriminación ni entiende de rechazo o medias tintas.

El retrato de este personaje es eccéntrico, trágico, tierno, a veces divertido, y más que todo eso, sumamente humano, porque nos llega pintado a través de la escritora y su propia visión de lo que acontece. Magduschka describe a Emerence en relación a sí misma, consiguiendo el efecto de una imagen frente al espejo: ambas figuras se mueven al mismo tiempo pero en sentidos opuestos.

A ratos interpreté el libro como una excusa para revelar la naturaleza excesivamente reservada, a veces egoísta, de la narradora. El mensaje escrito es: "Emerence hace y piensa esto", pero entre líneas se lee: "cuando yo hago y pienso lo otro". La belleza de la confrontación entre ambos personajes es que, en un acuerdo tácito, toman turnos para ceder y perdonar a la otra en nombre de una relación difícil de definir y aceptar, y sin embargo preciosa para ambas.

Notablemente en varios pasajes, Magduschka hace alusiones a sus propios secretos, que nunca quedan revelados, al contrario de los de la desafortunada Emerence.

Hacia el final del libro, a través de un solo hecho, queda planteada la compleja dinámica entre la culpa, la capacidad de perdón y las limitaciones de la naturaleza humana. Los últimos capítulos son intensos y están llenos de extremos emocionales. De alguna manera el horror y la belleza se mezclan en el final de la vida de Emerence, dándole al hecho un tono casi épico. El uso simbólico de la imagen de la pañoleta me pareció de una fuerza contundente; muy pocas veces un libro me ha conmovido al punto de las lágrimas, tanto en fondo como en forma. La puerta es un libro impecable, que llegó a mi estante recomendado por el blog de mi gurú literario, Yossi, y diría que llenó por completo mis expectativas.

Magda Szabó es también una de las autoras que he leído para el reto Serendipia Recomienda, organizado por Mónica. El libro me llegó por sugerencia de Marilú en su blog Cuentalibros

domingo, 16 de marzo de 2014

algo así

a veces te contemplo
y el abandono de tu cuerpo me parece un capricho
el Marte de Botticelli, algo así,
hermoso de tan lejano
y me pregunto cuántos peces
cuántos corales y jardines inmersos
se esparcen por tu sueño.

a veces
te contemplo cuando hablas tu lengua ajena
y me sorprende el leve abrazo
la contundencia de tu pecho
hermoso de tan cercano
un pájaro
un pájaro que late cantando.

domingo, 9 de marzo de 2014

Ingenua

Quiero entender el silencio de los que callan y van a lo suyo en su esquina del mundo. ¿No escuchan que hay hambre, muerte y desesperanza en el presente y el futuro de sus hijos? Quiero entender la protesta de los que gritan y defienden verdades a medias. ¿Las ignoran o sólo miran al otro lado antes de dormir, sabiendo que han hecho bien hoy?

¿Qué es la paz, cuando el primer gesto es señalar el odio del otro?

Quiero entender la angustia, el miedo, el momento exacto en que el hombre abandona la palabra y levanta una piedra, empuña un arma y echa al aire su verdad con la muerte incluída.

¿Qué es la libertad de un hombre que se vuelve la opresión de otro?

Dónde está la aguja de la razón en este pajar, quiero saber, y como soy ingenua, quiero mostrarle al mundo un pecho abierto, un desnudo, una respuesta.

viernes, 7 de marzo de 2014

La broma, Milan Kundera

Los personajes, El Tiempo y el contexto histórico-geográfico se entrelazan magníficamente en una novela sobre la imperfección del individuo y la sociedad que lo rodea. La broma es la elaboración de un universo caótico y completo, en el que cada pieza tiene su lugar y momento exacto. Esta habilidad para recrear una historia con tantas ramificaciones, sin dejar cabos sueltos, ha reafirmado mi gusto por los libros de Milan Kundera.

La novela comienza con un grupo no muy cercano de amigos, que en su juventud se ve disuelto tras la decisión del Partido Comunista de expulsar a Ludvik de sus filas, a raíz de una broma política, escrita en una postal a su novia. Cada personaje se ve afectado de manera diferente y con la excusa de sus voces, Kundera logra hacer una disección del comunismo en Checoslovaquia para ofrecernos tres arquetipos ricamente justificados: el condenado (Ludvik), el desilusionado (Jaroslav) y el místico (Kostka). El discurso político-religioso-filosófico de Kostka es particularmente digno de mención, tanto por la tesis que desarrolla como por el fervor con que la plantea.

El castigo de Ludvik es constante y no termina tras la culminación de su condena. Desde la  voz de su pasado (mientras está en el servicio militar, cumpliendo trabajos forzados) se siente la desesperación del presente, la sombra siniestra del futuro. Una vez que Ludvik es libre y está aquí y ahora, en un futuro relativamente feliz e insospechado, se percibe el peso de un pasado gris, horrible, irrenunciable. Este manejo del tiempo se repite en los demás personajes, convirtiéndose en un elemento independiente, con derecho propio.

Al comunismo y al tiempo que todo lo cura y todo lo prepara, se une la historia individual de cada personaje, siendo Ludvik el eje central. Curiosamente, los hombres no padecen mayores dramas internos, excepto ser conscientes de su papel en el Tiempo y la Historia. Incluso es a través de las voces racionales de Ludvik y Kostka que el lector se hace una idea de la tragedia de Lucie. Con una historia tan triste, que le da continuidad y tensión dramática a la trama, me pareció muy curioso que Lucie no tuviera algunos capítulos narrados en primera persona, como los demás personajes.

El libro está desarrollado de manera tal que la inútil vileza que Ludvik demuestra al regresar a su pueblo natal por venganza, queda justificada y es hasta perdonable. Debo añadir, sin embargo, que la psique fabricada por Kundera es francamente cruel en su manipulación de la inocente Helena: Ludvik expone una horrible teoría de conquista que, para añadir a la barbarie, aplica a todas las mujeres, como si de un experimento químico se tratara y a mí me dejó muy mal sabor ese capítulo en particular. 

Eventualmente la redención de Ludvik llega, sin mayor heroísmo de su parte y a mí ese final empalagoso del olvido voluntario y súbito me dejó un poco insatisfecha. El ritmo es talvez un poco abrupto y obliga a lector a contemplar una interrogante al cerrar el libro, pero la pregunta no es ¿lo leería de nuevo?, porque la respuesta es sí.

miércoles, 5 de marzo de 2014

terrestre

poeta
¿se nos acabaron los ángeles?
¿cómo
si nos crece la esperanza en las sienes
y el amor vaga descalzo
un profeta en cada puerta?

olvidemos los puentes
el tiempo
qué importan los mapas

tu boca sigue cantando
el paisaje vivo de tu patria
el vértigo de sus mujeres desnudas

mi alma ha parido un niño
un pajarito
que aun así de leve
carga el peso del mundo en las alas
y se alimenta de mi pecho

debería bastarnos.

martes, 4 de marzo de 2014

Buenas nuevas

¡Hoy tengo motivo de mucha alegría! Los participantes del blog Adictos a la Escritura le han concedido a La tía Clarita el honor de ser el relato más votado de enero. Gracias a los que leyeron, comentaron y votaron. Estoy muy contenta con mi mención ¡y ojalá pueda mantener este ritmo de la pluma! Abrazos miles :)


En otras andanzas por la red, me he encontrado con el blog De palabras y letras y su reto "Leyendo a los clásicos". Yo no he podido resistirme y aquí está la lista de los que me propongo leer en lo que queda de 2014:

El extranjero, Albert Camus
Pedro Páramo, Juan Rulfo
El jorobado de Notre Dame, Víctor Hugo
Otra vuelta de tuerca, Henry James
La dama del perrito, Anton Chéjov

Veremos si me alcanzan estos diez meses :)

jueves, 27 de febrero de 2014

El beso de Julia

¡Por fin te escribo, Cristina! No sabes el caos que me he encontrado. Mira, para empezar, he tenido que venir al hotel porque apenas murió mamá, Genaro cortó el servicio de internet, ¿y con qué objeto, me pregunto yo? ¿sólo para hacerme las cosas más difíciles? Ya verás tú misma cuando llegues, si es que finalmente cesa la nevada y puedes volar. ¿Estarás todavía en el aeropuerto? No puedo creer que viniendo de más lejos haya llegado aquí primero que tú, ¡y la falta moral que me haces, hermanita! Genaro verdaderamente me odia; ni por respeto a mamá se lo guarda o lo disimula cuando ha llegado la visita con sus flores y sus pésames. Está cuidando la casa como si fuera un perro bravo, me sigue por los rincones como si yo no tuviera el mismo derecho que él, como si yo fuera una ladrona, ¡qué sé yo lo que le pasa por la cabeza! En parte también por eso me he venido al hotel y te he hecho una reservación; no creo que quieras quedarte en la casa tampoco.

¡Y si vieras el estado en que está! Se me olvida que el trópico es tan prodigioso y exhuberante con sus cayenas, helechos y damas de noche, pero esa abuandancia está muy mal puertas adentro: hay telarañas, avisperos y los jejenes han destruído el juego de sala y el comedor colonial, ¡eso valía una fortuna! Y ahí está, perdido a cuenta de los bichos. Claro que a Genaro no se le puede decir nada de eso; se agarra de la excusa de la enfermedad de mamá y todo se lo toma a crítica personal. Imagínate tú, que apenas recién llegada me echó en cara un montón de cosas, que yo siempre fui mimada, que soy una mala hija y una ingrata -todo eso en frente de mi madrina Chela que vino a traer una sopa- y mira, perdí los estribos y le di una bofetada, así, frente a la visita también. Esa es realmente la razón por la que me vine al hotel: no nos hablamos.

Sé que me condenarás, Cristina, lo haces desde ya mientras lees. Llegarás linda, graciosa y precisa hasta en tu duelo; serás tan hermana mayor y correcta como siempre. Por respeto a la memoria de mamá no me lo vas a reprochar, porque eres intachable, pero habrá miradas y gestos y Genaro, que te conoce lo mismo que yo, los verá también y tu reprobación será su alegría. ¿Por qué él te quiere tanto, si tú también te fuiste y lo dejaste solo cargando con mamá y en eso, si al caso vamos, eres ingrata igual que yo?

En una cosa sí tiene razón: siempre fui mimada, pero sólo por papá, que fue el único que siempre, siempre me quiso y en paz descanse, el pobre viejo. Sabes, Cristina, que Genaro anda por la casa, fanfarroneando sobre el cofre de plata de mamá? Está haciéndome creer que te espera para abrirlo, pero en realidad está haciendo tiempo para buscar. El pobre ni siquiera sabe que soy yo quien tiene la llave. Y lo que tampoco sabe es que el título de la casa no está dentro del cofre. Para que lo sepas tú y no pierdan el tiempo buscando llaves y papeles perdidos, el título todavía está con el abogado de papá. Está a mi nombre.

No me lo reproches, Cristina, no ha sido mi decisión y papá habrá tenido sus razones, tal vez protegerme de mi propio hermano. He debido decírselo hoy mismo y quitarle los aires de señor de la casa, pero después de la escena de esta mañana, ¡tú me dirás! No me atrevo a regresar hasta que tú llegues y puedas apaciguarlo: él a ti sí te escucha. Espero que a ti lo de la casa no te importará, ¿verdad?, bien casada como estás y todo, ¿eh? Bueno, que tengas buen viaje y, por favor, acepta quedarte en el hotel con tu hermana que te quiere.

Un beso,

Julia

*

Este ha sido mi cuento para el blog Adictos a la Escritura. El ejercicio de este mes era comenzar el cuento con la primera frase de una novela. "¡Por fin te escribo, Cristina!" abre el libro Ifigenia: Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba, de Teresa de la Parra, uno de mis favoritos.

...Y para los que querían leer la versión larga de La Tía Clarita el mes pasado, aquí se las dejo.

La tía Clarita (versión larga)
 
Se decía en la casa, a veces con tristeza, a veces con orgullo, que a Mamá Fina la democracia de este país le había costado tanto la alegría como la cordura. No hablaba exactamente desde el día del derrocamiento y el único momento en que parecía sonreirle la mirada era los sábados, cuando se ponía en el balcón a cambiarle las flores al cesto y a pulir la bicicleta que había sido de su hija, la tía Clarita.


domingo, 23 de febrero de 2014

Literatura a mi manera I: Infancia

La casa de mi abuela guardaba sus tesoros en el patio, con todos los mamones, mangos y guayabos para trepar y comer con la decena de primos; puertas adentro, de noche, se entraba en un reino desnudo de lujos y ruido. Conscientes de ello o no, todos hablábamos en susurros: fue así, en la quietud del campo, que mi papá me leyó Las Dos Chelitas (todavía uno de mis cuentos favoritos). No recuerdo si había otros cuentos en el libro, no recuerdo el libro: recuerdo estar paradita al lado de la mesa, atisbando en las ilustraciones rosadas que representaban a Gisela con sus tres vestidos, Coco y la campana de plata con la cinta azul (rosa).

Después de Las Dos Chelitas vino un libro de escuela llamado Lecturas, que hojeé muchas veces, mucho después de terminar el cuarto grado, hasta que un día quedó perdido y no lo han vuelto a editar, así que no tengo copias, sólo memorias. A veces le cuento a mi hija fragmentos de Serafina la piedra o La leyenda Warao del dueño del sol o La leyenda de Acoitrapa y Chuquillanto o María Moñitos, descalza y con sus trenzas perfumadas de mastranto. Así, improvisados y desestructurados desde mi recuerdo, parecen encantarle, y no deja de asombrarme el poder de la palabra a una edad tan tierna. Espero a que crezca más para leerle El perro nevado (sin que se ponga triste) o la Casa tomada (sin que se asuste). ¿Será cuestión de instinto, esto de la tradición oral, este deseo de pasar a la próxima generación no sólo lo aprendido, sino algo mucho más rico, lo atesorado?

sábado, 22 de febrero de 2014

Lo dijo Ovidio



"Más ligero que una pluma es el polvo; más que el polvo, el viento; más que el viento, la mujer; más que la mujer, nada."

(Encontré esta cita al leer Soy un gato, de Natsume Soseki)

martes, 18 de febrero de 2014

Inmigrante: asociación libre

Llueve, ha llovido todo el día, los días se hacen terriblemente más largos cuando llueve. Son apenas las cinco y me llega la fiebre de la cena: hay que hacer, no importa qué, siempre que se haga, y la percusión toma su ritmo algo triste, se diría un blues o un nocturno -qué importa si los separan los siglos-; el punto es que los gabinetes abren y cierran -éstos sí son la misma historia-: hay que componer algo, un guiso, un caldo, carne, verduras, una sopa baja de sal, en fin, nada complicado. Las niñas toman manjar blanco (me han dicho que tenían hambre) y yo igual no puedo pensar en nada: ni en esta casa ni en las otras, donde los días de lluvia mamá me hacía manjar blanco también y yo me tomaba todo el líquido -entonces me hacía feliz no saber nada, pero sólo ahora lo sé, cosa rara esta de siempre llegar tarde al entendimiento-; en fin, pobre mamá ahora, en casa, con los patios secos y mirando las caras secas, los ánimos secos de lo que ocurre en nuestros días, que suceden, sangran y se duermen y se mueren sangrando y no hay esperanza -pero eso hay que callarlo o se entra en la lista que es negra y cabe en el bolsillo de alguien que odia-. A mí me parece que tengo miedo y no oídos para un piano: llueve, estoy lejos y quiero más bien llorar un poco, llorar un río, uno bravo que se llevara casas, piedras, balcones y jardines (pero no gente, yo soy una buena cristiana y no quiero lastimar a nadie, pero me duelen las cosas y quiero llorar). No siento el pecho de mi madre, quiero llorar y el parloteo de las niñas con su manjar no cesa, me molesta, quiero estar a solas con mi nostalgia.

viernes, 14 de febrero de 2014

El cuaderno dorado, Doris Lessing

 El primer capítulo del libro se titula "Mujeres Libres". Anna -escritora que vive del éxito de su única publicación- y Molly -actriz de poco talento- son dos amigas, ambas madres solteras, ambas comunistas activas a finales de los cincuenta, ambas seguras de su posición indeólogica en el mundo, pero ambas inseguras de las consecuencias de ello hasta ahora.

Anna se cree incapaz de escribir otra novela pero lleva en secreto cuatro cuadernos: uno negro, crónica sobre su única novela; uno rojo, sobre el partido comunista al que está afiliada; uno azul, su diario; y uno amarillo, el boceto de un nuevo libro cuyos personajes son Ella (Anna) y Julia (Molly). Doris Lessing consigue hacer las transiciones de un libro al otro con tal maestría técnica, que se percibe simultáneamente el desarrollo de los cuadernos, además del caos mental de la protagonista y el punto de vista de quienes la rodean, sin que los cambios de voz sean apenas percibidos.

El tema central de la novela es el proceso interno de Anna (o Ella, su alter ego). Molly es la voz despreocupada que le sirve de oído y soporte. Anna es una mujer inteligente, de emociones complicadas, en guerra constante contra sí misma y contra el mundo, y cuya propia naturaleza inconforme limita sus posibilidades de felicidad duradera.

Como afiliada al partido comunista, Anna es capaz de poner en el tapete el problema de la desigualdad social, el racismo, la guerra, la pobreza, la injusticia, la muerte e incluso el arte, enfrentando al lector con sus propias creencias. Es también capaz de darle al comunismo un lado humano, más que dogmático, al incluir relaciones cotidianas con los otros miembros del partido, sus debates, sus frustraciones, sus decisiones y su discurso cuando se ven obligados a justificarse frente al que piensa diferente.

Como mujer, el problema de Anna-Ella es mucho más complejo: se pasa el libro burlándose del hombre, pretendiendo que no le es necesario, pero cuando se encuentra en una relación sentimental (invariablemente en el papel de amante) experimenta la misma insatisfacción emocional, incluso sexual, que tanto desprecia en las pasivas esposas de la sociedad que critica. Anna-Ella no puede superar el hecho de encontrarse abandonada por su amante. Pero el asunto va más allá de su definición de mujer con respecto al hombre: resiente el hecho de ser mujer por sí solo, y Anna llega al extremo de llamar a su menstruación "una herida que no eligió tener" y en algún momento rompe a llorar, "en nombre de todas las mujeres".

El tono del libro es de amargo desafío. Anna-Ella está siempre a la defensiva, sus diálogos están marcados por una agresividad casi gratuita, producto de su propio conflicto interno. Todos estamos en guerra contra el mundo en algún momento, la cuestión es tener el aguante para permanecer en ese estado constantemente. Confieso que a ratos quería abandonar el libro; es agotador leer sobre un descontento tan agudo por seiscientas páginas.

El último cuaderno, el dorado, es un oasis agridulce, en el que hay una pequeña tregua, una pequeña ventana por la que cabe la esperanza del que lee. En cuanto a Anna y su amante Saul, hay un gesto, una frase que le da todo el sentido al libro, pero yo todavía no sé si la fidelidad a sus credos es el paraíso que en realidad buscan.

*
1. Con esta entrada participo en el reto Escritoras Únicas organizado por Marilú del blog Cuentalibros.

2. Buscando la imagen de la portada en la red me encontré con la caricatura abajo. No pude resistirme a colocarla acá. Mis disculpas, está en inglés :)

www.smallpeculiar.com

miércoles, 5 de febrero de 2014

No, no me mires

No, no me mires
deja los destellos así
entre tus ojos y el mar
que el mar no entiende de prodigios
él a lo suyo y la roca que se aguante.

El universo está en silencio
mira
las estrellas vienen sin lamentos
a la muerte no se le oyen los pasos
la desesperación
el deseo
no son asunto del cielo.

Hagamos una tregua.

Y que no te apene verme
buscándote en las piedras
el volcán
las mariposas negras
la arena, la sal.

Eso es ahora
entre el cielo y yo.

domingo, 2 de febrero de 2014

Jane Eyre, Charlotte Brontë

 Esta es mi segunda novela de las hermanas Brontë, luego de Cumbres Borrascosas hace unos años.

El libro abre con un terrible epiosdio en la infancia de Jane Eyre que da tempranas muestras de la fuerza de carácter y resolución que tendrá como adulta a lo largo de la historia. Es probablemente una de las mejores justificaciones que he encontrado en cuanto a la psicología y las acciones de un personaje, y ya después de estas páginas es innecesario explicar lo que Jane siente o por qué: ahora ha cobrado vida, se ha hecho transparente al lector.

La historia no es muy complicada. Huérfana y rechazada por quienes deben velar por ella, Jane pasa años como interna en Lowood, una escuela de caridad. Al graduarse encuentra trabajo como institutriz de la pequeña Adele, la hija natural de Mr. Rochester: un hombre huraño, misterioso, con un pasado oscuro, que por supuesto atrae la atención de la joven Jane. La irrupción de tal pasado en el presente es lo que plantea el conflicto en el libro.

Lo que a mis ojos diferencia a Jane de otras heroínas de la época es que su lucha no es por ir en contra de las convenciones sociales o lograr un matrimonio deseable. Jane no tiene una familia que la obligue a tomar esta decición o la otra en nombre del honor: es más bien una paria con mucho que demostrar. En este sentido es, en cierto modo, una pionera de la mujer moderna. Y este me parece que es el mayor mérito de Charlotte Brontë.

La prosa es hermosa, muy prolija en determinar la atmósfera de los pasajes, pero a veces me parece que esto va en detrimento del libro: pronto me encontré un poco cansada del silencio y la austeridad de la vida de campo inglesa del siglo XIX. La vida rigurosa del pastor St. John añadió a mi sentimiento general y su propuesta a Jane logró conseguir la tan necesitada tensión que estaba deseando.

Confieso que a pesar de mi simpatía por la desventurada Jane, se me hizo un libro un poco pesado: todo es terriblemente gris, frío y lluvioso... y me faltó el relámpago de Cumbres Borrascosas (lo siento, es inevitable comparar). 

Me gustaría, de hecho, revisitar este libro, pero ya eso será después de Agnes Grey, la última hermana que me queda por leer.

*

Esta entrada es mi participación en el reto Escritoras Únicas del blog Lo que leo lo cuento de Ana Blasfuemia.

martes, 28 de enero de 2014

La tía Clarita


Se decía en la casa, a veces con tristeza, a veces con orgullo, que a Mamá Fina la democracia de este país le había costado tanto la alegría como la cordura. No hablaba exactamente desde el día del derrocamiento y el único momento en que parecía sonreirle la mirada era los sábados, cuando se ponía en el balcón a cambiarle las flores al cesto y a pulir la bicicleta que había sido de su hija, la tía Clarita.

–Clarita –le decía Diego besándola en la asamblea del Frente Estudiantil– sé mía, luz de mi alma, vamos a casarnos, quiero que seas mi honorable esposa y honorable todo, y quiero tenerte... ¡pero ya! A mí este besarte sin tocarte y verte el cuerpo me vuelve loco, Clarita, no es pecado ni es inmoral cuando la gente se quiere, ¿sabes?

Ese noviembre le parecía imposible el discurso de Diego, con lo que sabían que estaba por venir. Temprano en la mañana ya se escuchaba por los pasillos:

—¡Muera la dictadura! ¡Aunque nos cueste la vida!

La fe en la humanidad después de la asamblea era contagiosa. A Clarita le temblaba la mirada, la voz, las manos. El Congreso de Cardiología estaba todavía tomado por los estudiantes denunciando las atrocidades del régimen, la ilegalidad del plebiscito convocado. Los más atrevidos protestaban en Plaza Venezuela.

—Clarita mía —le advirtió Diego entre la multitud del pasillo— vete a casa, esto se va a poner feo aquí; cuando las cosas se calmen te mando noticias con Lucía.

El fervor era una nube pesada, inmensa, difícil de ignorar y todos estaban impregnados: había abrazos, sudor, himnos, banderas, camaradería, besos entre amantes, ganas frenéticas de libertad.

–¡Seguridad Nacional! –gritó una voz comandante entre el batallón de negro.

–¡Nos daremos por muertos, pero no por vencidos! –respondió Diego en otro grito.

Clarita echó a correr con la multitud, en dirección a la bicicleta, cuando sintió una garra en su espalda.

—¡Pero mira la pajarita que me encontré!

El hombre la empujó dentro del aula con tal brutalidad que cayó y su cara quedó a escasos centímetros del piso. Se abalanzó sobre ella, menuda, delicada, Clarita porque todavía no era mujer, y la dominó con la fuerza y la urgencia de su sexo. Luego la sacó al pasillo arrastrándola por los cabellos, el vestido azul estampado con pequeñas flores rojas rasgado; sangre y semen corriéndole por las piernas. Hubo disparos, golpes, empujones, gritos en los que se mezclaban "salvajes", "atropello", "asesinos", "democracia".

Las garras negras de la SN eran eficientes; si en la lucha se les escabullía un estudiante, eran rápidas en reemplazarlo con el próximo al alcance. Clarita, empujada por la furia del instinto de supervivencia, fue una de las que consiguió escapar. Pedaleó con las fuerzas que no tenía, el cuerpo y el ama en trizas, forzosamente ajena al peligro de las armas, la cárcel y la muerte. No lloraba, pero le dolía terriblemente estar viva.

Ajena al estado físico de su hija, furiosa por haber pasado angustias, Mamá Fina la recibió con una sonora bofetada.

—¡En qué estabas pensando! ¡A ver si esta noche rezas y ves la luz, mira que los hijos ingratos que preocupan a sus madres se van derechito al infierno!

La tía apenas bajó la mirada, pero temerosa de Dios, Mamá Fina y la SN, no dijo nada de lo ocurrido.

La navidad de ese año fue miserable, no sólo por la falsa victoria del gobierno tras el plebiscito, sino porque Clarita había descubierto su embarazo. Ahora tomaba más riesgos que nunca y se iba en la bicicleta a menudo, a repartir volantes de la junta y mensajes clandestinos entre activistas, conciliados en el doble fondo de la cesta, bajo el ramo de flores. Usaba el disfraz de coqueta para regalar alguna si un oficial la interrogaba en el camino. A diferencia de aquel día en noviembre, le importaba poco si en ello se le iba la vida.

A principios de enero se le acabó el juego: Mamá Fina había descubierto sus escapes y había decidido encerrarla bajo llave y sin visitas. La tía no tenía manera de saberlo, pero por las calles corrían, incendiarias, cientos de mechas de bombas molotov, hechas de los jirones de su vestido azul y algunos otros: hubiera sonreído al saber que sus flores iban haciendo la guerra. A Clarita y a Venezuela les sobraron días de tumulto interno para decidir sus destinos, hasta la madrugada del 23 de enero de 1958, en que ambas habían sido liberadas.

A diferencia del país, Clarita no podía superar la desgracia que llevaba en el vientre. No se volcó a las calles a celebrar; ni siquiera pensó en Diego, sino que se fue en bicicleta hasta la Iglesia de Santa Teresa, con el cesto lleno de flores. La multitud agradecida a Dios era tal que no alcanzó a llegar al altar de la virgen, así que volvió a casa con su carga y la dejó allí sin más: una ofrenda informal de perdón. La tía Clarita, callada como siempre, se quitó la vida esa misma tarde y ya desde entonces Mamá Fina no ha vuelto a hablar.

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Este ha sido mi ejercicio para el blog Adictos a la Escritura. La idea del mes es utilizar la imagen dada e incluirla en el género determinado por el equipo del blog, en este caso histórico.