viernes, 11 de octubre de 2013

La Campana de Cristal, Sylvia Plath

 A raíz de leer el blog de Silvia Parque, comencé a indagar en la obra de Sylvia Plath. He leído suficientes poemas en la red como para decidir comprar una recopilación (que aún no llega en el correo). Mientras tanto, me terminé The Bell Jar (La Campana de Cristal). No es una lectura fácil. Esto no es "Girl, Interrupted", con frágiles y bellas Angelina Jolies o Wynona Riders haciendo de la locura un asunto atractivo para adolescente melodramáticas.

Hay una división bastante clara entre la primera mitad del libro (antes del asilo) y la segunda mitad (en el asilo). La primera parte es rica en contrastes: la intensa actividad social y los beneficios banales que trae el trabajo de Esther en una revista femenina sirven de telón de fondo para ilustrar su tremenda apatía, el comportamiento autodestructivo y la fragilidad de nervios que eventualmente la arrastrarán al vendaval. En esta primera parte se puede ver mucho de Plath la poetisa: la narración está salpicada de hermosas imágenes aquí y allá. También hay mucho de Plath la feminista; sin embargo el buen humor con que aborda el tema la separa del tono de queja en otras feministas y hace la lectura amena.

Entonces uno llega a la cuestión del asilo. Aquí el ambiente se hace terriblemente opresivo y uno tiene la impresión de estar leyendo un libro completamente distinto. Probablemente la razón por la que uno continúa es, otra vez, la cantidad de imágenes que Sylvia va dejando:

"I took a deep breath and listened to the old brag of my heart. I am. I am. I am."

Mis circunstancias personales me hacen sentir mucha simpatía por la madre de Plath porque, siendo un libro autobiográfico, no sale muy bien parada la pobre. Se entiende la insistencia de Sylvia de no querer hacer el libro público en Estados Unidos y se entienden las cartas de respuesta que publicaría la madre más tarde.

No lo recomendaría para los que están pasando por una crisis personal o para adolescentes impresionables. Para los que tengan el ánimo, es un libro de narrativa simple y directa, mezclada con algo de ironía y salpicada con líneas dignas de citas. Imprescindible para los que disfrutan del trabajo poético de Sylvia Plath.

lunes, 7 de octubre de 2013

Es una estación

triste en la isla. La lluvia insiste, el viento insiste. Desde la ventana no hay azul; sólo palmeras despeinadas, cansadas del trajín de la noche. Hay que cerrar puertas y ventanas, no dejar volar papeles, flores, pensamientos.

La casa está oscura. Las esquinas llenas de polvo cobran vida, hablan, exigen. Hay que hacer, mantener el ocio a raya: a leer y escribir, a coser y pintar, a abrir cajones olvidados: aquí salen cintas y encajes; allá fotos con algo de moho, hay que renovar sonrisas, devolverle el brillo a las luces, encontrar detalles antes desapercibidos.

En la cocina se pone café y se aprovecha para recoger esto y aquello, arreglar aquello y lo otro, desempolvarlo todo. Uno esturnuda y piensa en un pañuelo blanco, una casa colonial, niñas frágiles y adoradas que morían de fiebre en otros tiempos. Se enciende el horno y se espera.

El viento se cuela por las rendijas y trae desasosiego, palpitaciones, urgencia no se sabe de qué. Pienso en mamá y sus cuentos de infancia: los pies descalzos, el escándalo de la lluvia en el techo de zinc, el baúl abierto con sus sedas, el misterio de las esmeraldas desaparecidas poco antes que la abuela. Pienso en la tía Graciela —sin dejar de hacer— y me pregunto qué será de aquella foto: un niño sentado en la pierna derecha, el otro de pie, abrazado a la pierna izquierda, cestas de mimbre en el piso.

Lo mismo que la nostalgia, mis manos han ido incesantes, libres, casi sin notarlas y ahora el olor del pan horneado cubre la casa y me llama de regreso a la calma: es un bálsamo, una cobija, un beso en la frente que me hace sentir profundamente atada a la vida.

viernes, 4 de octubre de 2013

Fiesta en el Jardín, Katherine Mansfield

 ¡Qué delicia de lectura!

Compré este libro en una tienda de segunda mano, a la carrera (unos minutos antes de regresar al trabajo, dos semanas antes de mudarme de país), sin conocer a la autora, y lo eché en una de las cajas, "para leer en algún momento". Ahí se quedó. Meses después lo encontré citado no una, sino docenas de veces por Simone de Beauvoir en una de mis mejores lecturas del año. Por supuesto, al terminar El Segundo Sexo, leí a Mansfield.

Fiesta en el Jardín es un conjunto de cuentos que tiene una temática central: la familia. La mayoría de los relatos están escritos desde el punto de vista femenino, y las voces pertenecen a mujeres de distinta edad y clase social, cuyo punto en común parece ser la tragedia de existir tan sólo en relación al hombre. Son hijas, prometidas, esposas, viudas, solteronas; jamás parecen ser simplemente una mujer determinada, con derecho propio. Desde el punto de vista histórico, el texto tiene el mérito de dejar constancia de la sitiuación femenina entonces y se entiende el por qué de las citas.

Como ficción, el libro es un verdadero disfrute. Le daría una segunda, tercera lectura. Lo guardaría para dar a mi hija cuando tenga edad (¡y cómo espero ese momento!) Mansfield tiene una mezcla particular de pasajes líricos con situaciones pintadas a grandes rasgos, experimentando con el uso del lenguaje y la puntuación, algo que no he visto en otros escritores de la época. Sus tragedias resultan conmovedoras, dado el tono casual, cotidiano con que las cuenta: es como si los personajes no tuvieran la menor idea de la inercia social y mental en la que viven. Mansfield tiene a menudo un sentido del humor cruel (y se agradece, porque la sátira ayuda a atenuar el peso de leer la miseria moral de estas mujeres) y la ironía y la protesta están presentes en aquello que no está dicho. Es una pena que no alcanzó a escribir más.

miércoles, 2 de octubre de 2013

No 124

la grieta
mira desde lejos, casi en silencio

como un gato que aplastara su sombra contra la esquina
como esa calle de la que alguien ha olvidado el nombre

es insistente
cae
trepa
se queja de vez en cuando

yo me quedo bajo techo
enciendo voces
apago nostalgias

luego vienen las páginas de los otros
la mía en blanco

aves que gritan la muerte de la noche

este misterio

el amante que transpira

el desierto escondido

viernes, 27 de septiembre de 2013

Hallazgos: Lo que el agua me dio


Lo que el agua me da no se termina. Hoy son botellas que naufragaron en esta orilla en tiempo de guerra y ahora forman parte de la exhibición del museo local.  

Para el reto semanal de fotografía de Luzia Pimpinella, "La belleza está donde la encuentres". El tema de esta semana: Hallazgos.

martes, 24 de septiembre de 2013

Lo dijo Calvino

"... no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después tus clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela... "

sábado, 21 de septiembre de 2013

El cuerpo

delgado de la mujer dejó una discreta estela de perfume al ponerse de rodillas. Evangelina la miró con el rabo del ojo, su boca aún presa del murmullo de las letanías. Madre de Cristo, Ruega por Nosotros, Madre de la Iglesia, Ruega por Nosotros.

Tenía una belleza exquisita; podría haber pasado por la Virgen de no ser por la alianza y los diamantes incrustados. Salvo el anillo, la mujer no llevaba joyas. Se adornaba con la pulcritud de su piel tersa, su peinado severo, sus uñas cortas y pulidas. El rosario de cuentas de cristal permanecía recogido entre los dedos más bien largos. 

Esta no es de aquí, se dijo Evangelina, satisfecha de su capacidad de observación. Buscaba con la mirada la aprobación de las otras beatas, inmutables en sus deberes religiosos y se preguntaba si la desconocida era una viuda (se le veía joven para eso), si iba a rezar (si sabría cómo), si sabía que era jueves (día de los misterios gozosos), si sabía que los ricos no caben en el reino de los cielos. Qué mujer más blanca.

Avemaría purísima, he pecado, perdóname Señor, añadió Evangelina entre el Madre admirable y el Ruega por Nosotros, recordando que estaba aquí para pagar promesa y no para juzgar al prójimo.

Pero, ¿no era una finura como rodaban las lágrimas una tras otra sin que se desfigurara el rostro de tristeza? ¿No era una finura el pañuelo de lino apagando cualquier sollozo atrevido a escaparse de aquel cuello de cisne? ¿No eran elegantes la quietud de sus hombros, los ojos obstinadamente bajos? ¿Y el vestido cortado por un buen sastre, y los zapatos sin más adorno que el cordero sacrificado para hacerlos?

Las letanías se terminaron, Evangelina se persignó y se fue al altar a encender el cirio.

Para entonces la mujer ya no estaba. Había salido ligero, sin que se le escucharan los pasos, dejando el llanto por toda oración, sin terminar su rosario, sin una palabra, sin una respuesta; se había ido con su procesión por dentro, con su perfume de jazmines y rosas y su aire de no ser de este mundo. Evangelina se compadeció y se hizo la señal de la cruz. Habría hecho una ofrenda por la desconocida. Pero sólo tenía una moneda.