el insomnio del que despierto sueña. El primer sorbo de café de la mañana, el día una ventana recién abierta. La primera línea, escrita en una letra redonda que me recuerda la de mi madre, sus rasgos generosos, los labios llenos, la ira casi tan fácil como el perdón (perdón, madre, a veces tu ira es también bella). Es simple, el laberinto de días entre el olvido y las memorias, la asociación libre, la letra, la luna, los libros: aquél que al verlo me hizo imaginar a la niña -mi niña-, sus ojos curiosos buscando mariposas debajo de las piedras, despreocupada por lo imposible. Es simple, el sábado con sus jardines, sus juegos infantiles, las cuerdas de ropa tendida al viento, alas que sólo sin sus dueños pueden echarse a volar. Me faltan algunas cosas: fe absoluta, la risa de los que se fueron, una estrellita dorada en mi hoja de vida. Oigo pájaros. Es simple el insomnio del que, despierto, sueña.
domingo, 10 de mayo de 2015
sábado, 2 de mayo de 2015
La casa de los espíritus, Isabel Allende
Verdaderamente me cuesta comprender las comparaciones establecidas entre este libro y Cien años de soledad. Nada en el fondo o la forma las acerca. Es cierto que hay cierta presencia de realismo mágico en la novela de Allende, pero es un tono que se va perdiendo a medida que avanza el libro, hasta desaparecer por completo hacia el final, cuando lo último que queda de todo ello es la cabellera verde de Alba, un elemento algo decorativo que no añada mucho a la trama; no de la manera en que la clarividencia de su abuela es parte vital de los acontencimientos, por ejemplo.
El personaje de Esteban Trueba es el eje indiscutible de la historia y lo encuentro muy sólido; a pesar de la antipatía que me causan sus acciones, su motivación se me hacen clara y verosímil. Alrededor de este patriarca giran los demás personajes, tal vez menos articulados y sin embargo arquetípicos de la transición del latifundio a la era moderna del proletariado urbano, un proceso común en toda América Latina, lo mismo que las dictaduras militares y la aparición de los partidos de izquierda.
A pesar de la extensión del libro, lo leí en un santiamén: Allende tiene la capacidad de mantener al lector interesado y sabe desarrollar tramas secundarias que le añaden riqueza al eje central. Eso se lo aplaudo a La casa de los espíritus. Sin embargo, por otra parte hay algo en la prosa que no me engancha del todo; la siento muy pulida, muy trabajada, muy editada, tal vez y no ha quedado espacio para el lirismo en las imágenes: no ha sido una novela que me haya quedado rondando. Después de Inés de alma mía y Evaluna (las ediciones en español, regalos bien intencionados de mi familia de habla inglesa) me parece que llego al final de mis lecturas de Allende.
domingo, 5 de abril de 2015
Rock Islands, Domingo
El instante es perfecto.
Se ha creado un gentil caos de gente, perros, comida, mosquiteros, remos de madera. Los hombres deshacen nudos de grueso mecate mientras mantienen un equilibrio más bien precario en el muelle ondulante.
Las mujeres toman café y caminan despacio con sus esteras y sus sombreros de paja, el sol una amenaza a su belleza de alabastro.
Temprano en la mañana una pareja ha tenido una discusión a causa de unas manzanas.
La paz y una sutil tristeza se asientan en el día: la moral de la amistad obliga a las peleas a medio terminar a deslizarse lentamente hacia un final abierto.
Al fin el bote suelta las amarras y se marcha por el mar azul, honesto. Al contrario de ríos y arrollos que se pueden remontar hasta llegar al origen, nunca se sabe a ciencia cierta cuándo ha nacido esta o aquella ola.
El día transcurre; un banquete es servido en bandejas de plástico decoradas con flores: hay quesos, embutidos, ensaladas, frutas. No hay pesca que poner al fuego, pero nadie parece darle importancia.
Hacia la tarde el agua se vuelve tibia bajo el sol y, maternal, abraza a hombres y niños. Algunos van bajo el agua a espiar entre lechos de corales, estrellas de mar, peces plateados.
Las mujeres, en cambio, permanecen en la orilla con sus hijos más pequeños, celebrando sus bocas desdentadas, sus redondos cuerpos desnudos, su ciega confianza.
Sólo queda el silencio en la playa abandonada, lo mismo el tejado gris, la mesa y los bancos pintados de verde. Los granos de arena, tenaces, encuentran la manera de subirse al bote; algunos hombres tratan de disolverlos con el agua de mar, es un intento del que casi cabría reírse.
Una vez en el bote no se escucha In Taberna Quando Sumus, pero el canto de tenor de los alemanes tras la cerveza es igualmente alegre y extranjero.
Hoy me parece que todas las lenguas maternas han sido recordadas.
En el viaje de regreso la brisa ofrece látigos o besos, no se sabe. Las mujeres amamantan a sus niños medio dormidos y los hombres abrazan a sus perros. Los animales están mojados, tienen frío y están cansados, pero parecen satisfechos consigo mismos.
En el viaje de regreso la brisa ofrece látigos o besos, no se sabe. Las mujeres amamantan a sus niños medio dormidos y los hombres abrazan a sus perros. Los animales están mojados, tienen frío y están cansados, pero parecen satisfechos consigo mismos.
El instante es perfecto. La belleza del atardecer es casi bruta, rosa, naranja, púrpura, y a los hombres les está permitido sonreir.
*
Mi querida Beatriz, con su post Un recuerdo informal, me hizo pensar en este escrito enterrado en alguno de mis cajones. Aquí lo dejo, en honor a los amigos y los viajes memorables :)
sábado, 14 de marzo de 2015
En el tiempo de las mariposas, Julia Álvarez
La historia de las hermanas Mirabal me causó gran impacto la primera vez que la escuché, no sé bien si por la brutalidad de sus muertes o por el ícono de lucha en el que se convirtieron. En cualquier caso, no es poco. Ambos temas -la violencia de género y el fenómeno de las dictaduras en América Latina- son penosos de abordar pero ambos me interesan de momento, en particular vistos bajo el género de la ficción histórica. El libro comienza por el presente de la ya madura Dedé, cuyas memorias se remontan a la infancia de las hermanas y de allí la novela continúa en el orden cronológico de los hechos. Cada capítulo está narrado en primera persona por cada una de las Mirabal.
Curiosamente la desmitificación que intenta Álvarez de estas heroínas las hace más preciosas al colectivo, en cuanto les da una dimensión humana que las acerca al lector. Álvarez ha sabido darle a cada una de las hermanas su propia voz y su propia simbología: Minerva se manifiesta a través de sus escritos como una mujer decidida a pelear por sus ideales. Mate, retratada como una romántica, también se expresa a través de la palabra escrita en su diario, que sirve de confidente e intermediario entre la experiencia vivida y el proceso consciente, en particular sobre el duro episodio de las torturas. Patria y Dedé se sirven de la oralidad para contar su historia; la primera da testimonio del horror que presencia el pueblo dominicano, la segunda representa la fuerza del instinto de conservación. Las cuatro son mujeres que padecen -además de la incertidumbre y miedo ante la situación política- decepciones amorosas, nostalgia por la infancia, ansiedad por el destino de sus hijos y toda una gama de sentimientos que las hace verídicas, alcanzables para el lector.
A mi parecer el mayor logro del libro es rendirle un bello y justo homenaje a Dedé, la única que vivió para contarlo. La carga de tristeza y culpa, lo absurdo de su pérdida, su rol como madre de los huérfanos dejados por sus hermanas, como única hija de una madre en permanente duelo, y como guardiana de la memoria, son aspectos verdaderamente conmovedores en la novela. Y tomando en cuenta las dimensiones monumentales de este capítulo en la República Dominicana y quizá América Latina, el logro no es poco.
viernes, 6 de marzo de 2015
Literatura a mi manera IV: Nocturno
En ciertas memorias hasta el ejercicio de la invocación nos deja parados frente a un enigma. Para ponerlo simple, la cosa fue así: hubo conversaciones
-muchas y largas-
-alimentadas con café y nada más-
-bajo el cielo sin luna, en Caracas-
de vida
y muerte
y arte
y filosofía
y religión
y ciencia
y amores
y desamores;
hubo juegos de palabras, muchos, muchísimos,
tantos, tantísimos
-era yo una muchachita impresionable entonces-
que se hicieron un laberinto, un laberinto que después de mucho dar vueltas y enroscarse en sí mismo al final siempre acabó con la cola mordida. Y yo de eso no puedo, como decía, descifrar nada. Puedo, sin embargo, recordar
-y agradecer-
la inocencia de la cajita de Pandora que me fue entregada, de la que primero salió, deslumbrante, Dostoievski, y en desfile de igual magnitud le siguieron Stendhal, Dante, Proust, Flaubert, Boccaccio, Tolstoi, Esquilo, Balzac, Poe, Baudelaire, Rimbaud, Eliot, el otro, el otro, el otro y el otro en un eco que aún no se termina
-y eso, eso me alegra-.
domingo, 22 de febrero de 2015
Tú me quieres blanca, Alfonsina Storni
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
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| Man meets Woman, Yang Liu |
domingo, 15 de febrero de 2015
El balcón florido
Desde el balcón florido la mujer espiaba los pasos de la muchacha con una mezcla de lástima y curiosidad, y sin embargo continuaba fumando con una impasibilidad arrogante, como queriendo decir: no te he visto pasar sola y cabizbaja, no escuché gritos anoche, no he notado que vas descalza, que aún así tu juventud es hermosa, mis girasoles me bastan.
El pueblo era remoto, incipiente y las casas se levantaban en gentil desorden, todavía sin tiempo para establecer las fronteras propias de la civilización, con sus calles rectas y sus castas definidas, los hombres que deciden aquí, los que obedecen allá, las mujeres suaves aquí, las recias allá.
El odio de la joven por su propia miseria se convertía en desdén hacia la mujer que la observaba. Se daría el placer de no levantar la mirada de la tierra, no confesar la envidia que le causaba la belleza de la extraña, resguardada como estaba en el encierro de su techo alto, dedicada a sus pequeñas vanidades: la boquilla, el perrito faldero, los jardines que no había sembrado por sí misma, las sedas y perfumes incapaces de mantener al marido en casa.
La mujer contemplaba la idea de tal vez saludar a la joven, invitarla a un té, dos, tres, algunos, muchos, y comenzar por hacerle confidencias para recibir el sacramento de las suyas a cambio. Fantaseaba, en pocas palabras, con su amistad y entendía con tristeza el odio de su carita hosca, huérfana de consuelo, de sueños pueriles, de tardes despreocupadas recogiendo guijarros a la orilla del río. Regaba entonces su pequeño jardín y recordaba distraída que era necesario algún arreglo a su hogar, coser aquel cojín, comprar un encaje para tal cortina, pulir una mesa algo opaca en el salón.
Si bien no lo entendía del todo, la joven ansiaba alcanzar el mundo de la mujer, atravesar sus puertas cerradas y penetrar en la frescura de la sombra, percibir el olor a sándalo mezclado con algo que se hornea suavemente, en silencio, para comensales que nunca llegan ni admiran la casa ni el jardín ni la habilidad de la señora para crear un paraíso en medio de la nada. Quería decirle: no está usted sola. Continuaba sin embargo su camino, deseando que sus pasos la llevaran más allá, lejos de los gritos, los vidrios rotos, las cortinas manchadas, la vaga vejación de ser vista desde el balcón.
Si alguna vez se miraron, ambas bajaron la mirada hermanadas tan sólo por la negación mutua: la una no comprendía a la otra, la una ignoraba las palabras que alcanzarían a la otra. Cada una pertenecía a un mundo antítesis del otro, y sin embargo era el mismo mundo de cielo azul y tierra fértil, un salto cuántico del que ninguna de las dos comprendía el milagro. Si alguna vez se miraron, fue un instante breve, brevísimo, un error en el orden del tiempo, un momento en el que no se reconocieron ni en la angustia del presentimiento ni en la vergüenza de la memoria.
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