Mostrando entradas con la etiqueta Escritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2019

La soledad es como la luz

y se hace diferente con las horas del día: al amanecer y a la puesta de sol; a mediodía; en los días nublados; en las noches claras y las de luna nueva.
 
Me gusta la soledad del café en la mañana antes de que todos despierten; es un pequeño santuario antes de la avalancha de deberes: es un espacio para meditar, a su manera un pequeño himno a la esperanza que el alma entona como cantan los pájaros sus buenos días.
 
La soledad del día es, entre las insidiosas, la más llevadera, la más distraída, mientras uno va -sin contar- llenando el tiempo con ocupaciones, unas con más sentido que otras, que nos llenan más que otras, que serán al final por fuerza de la cifra promedio -queremos pensar- nuestra huella en el mundo.
 
Está luego la soledad del crepúsculo, después del ajetreo del día y su río de gente, un pequeño remanso antes de las últimas actividades del día: la tarea de la niña, la cena, las conversaciones en familia sobre las impresiones del día que eventualmente desembocan en un tranquilo silencio.
 
La soledad de la lectura o la escritura antes de dormir es probablemente mi momento favorito del día, aparte del café en la mañana.
 
La soledad de la cama vacía me deprime terriblemente, sobre todo cuando la descubro de madrugada, porque soy supersticiosa y me lleno de malos presagios que terminan siendo infundados: era cuestión del insomnio ajeno.
 
La soledad de mis propios insomnios es hondísima y me da la impresión de misterio a cuenta de su silencio, a pesar de que en la oscuridad están, después de todo, la misma casa, los mismos muebles, el mismo balcón: adoro esta soledad de ideas que se despiertan y, rebeldes, no se callan hasta que cobren cuerpo en el papel.
 
Nada me crispa más los nervios que las largas horas de la soledad de los eventos sociales, tan propicia a las conversaciones triviales con completos desconocidos que no volvemos a ver jamás.
 
Evito con gran pavor el horario corrido de la soledad colectiva de las redes sociales.
 
Pero encuentro dos soledades sin hora fija gratas a mi alma: el momento creativo, sobre todo cuando las cosas van tomando forma, felizmente y sin prisas, y el regreso a casa tras la comunión con otro ser humano, cuando voy por el camino recogiendo impresiones, comparando notas y puntos de vista, y con suerte reflexionando sobre el matiz de alguna idea que no había tenido antes.

viernes, 19 de abril de 2019

Ceremonias

A propósito de Notre Dame

Arderán las catedrales con sus techos y vitrales, sus cirios y murmullos: se vendrán abajo con la fe de sus creyentes.

Una mujer parirá con dolor, y la enfermera le dirá con voz grave: c’est la guerre, madame; ella acunará a su criatura tibia en comunión con la vida, haciendo oídos sordos a las malas nuevas.

Se derrumbarán los imperios de sal y piedra, besarán el piso las copas de los árboles con su carga de frutas y el viento pasará silencioso sin el rumor de las hojas; nacerán nuevos caminos del vientre negro de la tierra, y en ellos echarán a andar anónimos pasos a través de los siglos.

En alguna fiesta una muchacha será hermosa, muy hermosa, por virtud de su juventud: bailará despreocupada y ajena, y los que la observan pensarán en la alegría de estar vivos.

Se apagarán las luces, amanecerá, alcanzará el sol sus cénits y contarán los hombres sus equinoccios y solsticios.

Habrá un niño repleto de asombro en los ojos y los labios; habrá un anciano con los pies curtidos de andar: ambos hablarán el mismo idioma y echarán la risa a volar ante el desconcierto de las gentes de bien.

Un día las cosas tendrán sentido para algún bianeventurado, profeta o moribundo.

Ocurrirá todo en un futuro no muy lejano, habrá ocurrido ya en el pasado, será el presente de algunos en un universo en espiral, en silencio, en mapas imposibles dibujados con la tinta del hombre que se pregunta.

Seguirán naciendo los niños, los pájaros, las estrellas, la poesía.

sábado, 23 de marzo de 2019

Fondo y Forma

“Qué cosa extraña son los diarios: lo que se omite es más importante que lo que se escribe.” -Simone de Beauvoir

Virginia Woolf
Diarios de locos, encuentros con demonios internos que deberían ser exorcizados frente a un confesionario, un manicomio, un centro artístico.

Diarios de periodistas de los días que describen minuciosamente el qué, el quién, el cómo.

Diarios de editores que recogen de la vida los fragmentos bonitos y es lo que deciden plasmar.

Hay los crípticos que no se pueden descifrar ni ellos mismos.

Hay los genéricos que llevan lo individual a lo colectivo y tal vez buscan validación en la experiencia común con el otro.

Hay los diarios de la periferia: sobre lo exterior, lo otro, lo ajeno al yo.

Frida Kahlo

El común denominador es que los diarios pueden ser de todo, menos deshonestos.

Diarios escritos; diarios visuales; diarios que van reuniendo los pedacitos sueltos del día a día: un boleto de tren, el recibo de una compra feliz, la etiqueta de una botella de vino; diarios de citas que alguien dejó en la historia.

Frases sueltas, largas disertaciones filosóficas.

Sylvia Plath
Diarios todos los días, todas las semanas, anuales o según lleguen los huracanes. Diarios despedazados, quemados, engavetados, descubiertos, publicados.

Bajo llave, bajo lluvia.

Diarios que inspiran, diarios que destruyen.

Diarios líquidos que van de la palabra a la imagen y viceversa. Diarios que leemos, diarios que escribimos.

Diarios efímeros: muerte de estrellas de otras galaxias.

domingo, 15 de julio de 2018

Refugio


 Viajó la flor desde su árbol madre, sin saberlo, sin entenderlo, sin importar, y quedó solitaria en la playa, destinada a echar raíces en un suelo de sal, regado tan sólo por las mareas.

Viajé yo desde una larga ira sin justicia, sin entenderlo, sin importar: igual los astros seguirán su curso, ajenos a la simbología que tan pródigas otorgan las soledades en sus silencios.

Y así, la flor y yo nos encontramos en una breve caricia, sin grandes pretensiones, 
hermanas en una tarde cualquiera de julio.



domingo, 11 de marzo de 2018

Andadas

Leo a una velocidad desesperada por no pensar más: escucho el último devaneo de una mujer en su mortaja; me fascina descubrir los motivos de la negrura del corazón de un hombre en la selva, abrazado a una riqueza absurda.

Fumo mucho por estos días. Fumo a escondidas, con unas caladas sin fuerza que resultan en unos cigarrillos que arden por un solo lado –dicen las brujas que las cenizas a medias son olvido-. ¿Me estás olvidando ya, amor mío, a pesar de que estoy frente a ti cada día, así sea con mis silencios ante tu ruido?

El ruido de la vida que taladra para dar paso a lo nuevo;
                               que crece como un océano de alga y peces
                               que marca el triunfo del sol sobre la noche,
una batalla infinita.

Bebo mucho por estos días, buscando apagar mi sed, buscando un bálsamo a estos insomnios de noche sola que ni la poesía consigue embellecer. ¿Es el mismo eldorado que persigues noche a noche en un bar, entre indios que en silencio se burlan de la avaricia de felicidad natural en el hombre?

Llueve mucho por estos días amor mío; el gobierno ha decidido declarar un monzón, en un gesto ladrón de geografías ajenas, y yo vengo a sentarme aquí a escribir, ¿qué más me queda? Me llueve en el alma, pero bien sé de tu divertida fobia a sentir las gotas de agua golpeándote los hombros, y no te digo nada.

Leo, fumo, bebo, escribo cuando llueve. Estamos mal, amor, y no me queda sino volver a las andadas.

Noviembre, 2016

sábado, 11 de marzo de 2017

El beso de Penélope

Soltar las maletas. Abrir las ventanas, despabilar la casa aun en el misterio de la medianoche.

Queda pensamiento para lamentar los olvidos o el destiempo: no haber visitado el silencio sacro del museo, la vieja plaza con sus huellas, una esquina con un letrero discreto: “aquí vivió”.

Nos quedamos dormidos entre sombras familiares, soñamos exhaustos.

El despertar es un caos de objetos: ¿dónde el cepillo, el espejo, la nota heroica tomada en un momento imposible? ¿Con qué magia, en su lugar, aparecen zapatos con las suelas intactas, cables, mapas inútiles en la geografía del hogar?

Los perros menean la cola con frenesí, como si la mañana fuera un segundo regreso del amo prófugo.

Los gatos, quién sabe.

Las plantas están casi todas bien, es inevitable: habrá que escribir una nota, arreglar una cena, hacer un gesto, en fin, dar las gracias.

Y así, los primeros días suceden a duras penas para nosotros, los recién llegados, con nuestras neveras vacías, nuestras cuentas atrasadas, los deberes por hacer: esas pequeñas demandas que cariñosamente nos reclaman, y con suerte, nos mantienen atados a la vida.

sábado, 25 de febrero de 2017

El Piano, o Silencio selectivo femenino.

Aclaratoria: esto no es una ficha técnica, una reseña o una crítica. Es más bien la reflexión que me queda, eso sobre lo que uno va divagando en el camino a casa, al salir del cine. Spoiler alert.

En mi segunda visita a El Piano, ahora como adulta, encuentro en el tema un delicado círculo: la voz como expresión propia; la expresión propia y el acto de amar; el acto de amar y la voz.

I - La voz como expresión propia

La pequeña Ada no lo sabe, pero en su infancia experimenta por primera vez la dura realidad de que en el mundo del siglo XIX  la mujer no tiene voz propia. Ada McGrath, sin embargo, tiene una voluntad de hierro que la define y que todos temen. Ejerciéndola, decide hacer el gesto rebelde de no volver a hablar jamás, ni siquiera cuando la sociedad dice que debe.

A partir de entonces Ada entonces sólo toma la voz abstracta de la música en el piano, el cual toca sólo para sí misma, sus amantes y su hija. A todos los demás les está vedada esta ventana hacia su mundo interior, el único ámbito en el que puede ejercer completo control.

II La expresión propia y el acto de amar


En principio, Ada no está interesada en Baines: simplemente quiere recuperar su piano. Baines, por su parte, se enamora de la voz del piano y de la voluntad que la ejecuta: presta oídos. Ada, en consecuencia, se enamora de Baines. La presencia de Stewart es casi irrelevante en este sentido, excepto como punto de referencia en cuanto a las reacciones emocionales y la motivación de Ada.

Volviendo a la simbología, Ada saca la tecla del piano, la marca con su mensaje de amor y la envía a Baines: la música-voz de Ada en el piano pierde su sentido sin Baines.

¿Por qué no puede Ada continuar su comunión por el piano, independientemente de la ausencia de Baines?

¿No era ya su modo de expresión?

¿Es el amor una limitación a la expresión creativa, a la vida interior?

¿Queda lo profundamente interno en la personalidad subordinado al acto de amar?

Por otra parte, ¿qué son la vida interior y la creatividad si no pueden ser compartidas? O, para ponerlo de otra manera, ¿qué le importa a Ada tener el piano completo si no quiere tocar su música sin Baines y él no está allí para escucharla?

Entonces se llega a la escena significativa de Mana el Maori al tener la tecla en sus manos, que al pronunciar su sentencia se refiere literalmente a la tecla, pero metafóricamente se refiere a la vida interior de Ada, una vez que en la ausencia de Baines, queda condenada a su matrimonio infeliz:

“ Ha perdido su voz, no puede cantar.”

III El acto de amar y la voz


Ada sufre una muerte simbólica en el hundimiento del piano. En su renacimiento abandona el mutismo que siempre la ha definido, ¿y con él su férrea voluntad? ¿El amor nos libera de las taras personales? ¿No son nuestras taras parte de lo que nos define? Misteriosa la relación entre el acto de amar y la voz propia.

Particularmente en la mujer.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Nostalgia del acero

Los caminos del azar se han hecho angostos: en lugar del laberinto inhumano de la ciudad, queda apenas una avenida desierta de luces, rincones donde copulan las sombras, esquinas entre calles ciegas que hacen de encrucijada.

¿Dónde quedan los encuentros fortuitos, la puerta del ascensor que se abre, la del tren que se marcha? ¿Quién espía ahora la inquietud de los andenes?

Los caminos del azar se han hecho desiertos. ¿Qué hacer con estas playas que nos dan sus caracoles mudos, su sal, su horizonte y falsas alas que, si volaran, no sabría a dónde ir?

Los caminos del azar son un barco anclado en un puerto fantasma donde no vuelven los hijos pródigos, no hacen promesas los que se van, no emprenden los pañuelos blancos su frenético vuelo.

Los caminos del azar han florecido: el empedrado es perfecto, con qué precisión se han acoplado las losas. Qué inmensa la sombra de los árboles en la orilla sola, sin saber exactamente qué hacer con el canto de los pájaros.

domingo, 10 de mayo de 2015

Es simple,

el insomnio del que despierto sueña. El primer sorbo de café de la mañana, el día una ventana recién abierta. La primera línea, escrita en una letra redonda que me recuerda la de mi madre, sus rasgos generosos, los labios llenos, la ira casi tan fácil como el perdón (perdón, madre, a veces tu ira es también bella). Es simple, el laberinto de días entre el olvido y las memorias, la asociación libre, la letra, la luna, los libros: aquél que al verlo me hizo imaginar a la niña -mi niña-, sus ojos curiosos buscando mariposas debajo de las piedras, despreocupada por lo imposible. Es simple, el sábado con sus jardines, sus juegos infantiles, las cuerdas de ropa tendida al viento, alas que sólo sin sus dueños pueden echarse a volar. Me faltan algunas cosas: fe absoluta, la risa de los que se fueron, una estrellita dorada en mi hoja de vida. Oigo pájaros. Es simple el insomnio del que, despierto, sueña.

martes, 25 de noviembre de 2014

Las Mariposas


Existieron tres mariposas: 
una amaba a Dios, 
la otra a un hombre, 
la última la libertad.

Todas tuvieron el vientre lleno, 
ahora de hijos, 
ahora de esperanzas.

A las mariposas les robaron el aleteo 
por temor al vendaval de su vuelo.

Que no llore la tierra: 
aún se canta poesía,
 ahora es que nos queda cielo.

*

Amén de mariposas

Hoy, veinticinco de noviembre

sábado, 8 de noviembre de 2014

Caracas

Arde la cuidad en la cárcel de su valle, arde el cerro que la arropa.

Tras el cerro arden las playas con sus pescadores; uno tejía sus redes, el otro reposaba en las rocas.

Arden los corales con sus peces y más allá las bromelias de la selva con sus flores en el vientre.

Arden los trinos y el rugido, la risa y el quejido.

Arden las montañas en su cordillera y los ríos con sus venas.

Arde el germen de la tierra, arden los hijos de las aves y no puede llorar en paz el cielo: en el horizonte cantan enloquecidas treinta millones de liras.

sábado, 25 de octubre de 2014

Literatura a mi manera III: Opera Prima


Ocurrió que la crónica de los diarios, con sus detalles minuciosos y sus preguntas existenciales ya no fue suficiente. Era necesario ir más allá del ensueño, el por qué y el qué tal si. Más que escapar a la realidad, era necesario extender su dimensión, exagerarla, ennoblecerla, hacer de la posibilidad una fábula.

La novela fue larga, muy larga: quinientas páginas, Times New Roman, 12, interlineado sencillo. Fue también mala, muy mala, hija de mis lecturas de V.C. Andrews y autores por el estilo. Con todo y eso, le tengo el cariño que se siente por la inocencia del niño orgulloso al mostrar su primer dibujo. Cuando me digo "la benevolencia del tiempo" me siento anciana.

domingo, 16 de marzo de 2014

algo así

a veces te contemplo
y el abandono de tu cuerpo me parece un capricho
el Marte de Botticelli, algo así,
hermoso de tan lejano
y me pregunto cuántos peces
cuántos corales y jardines inmersos
se esparcen por tu sueño.

a veces
te contemplo cuando hablas tu lengua ajena
y me sorprende el leve abrazo
la contundencia de tu pecho
hermoso de tan cercano
un pájaro
un pájaro que late cantando.

domingo, 9 de marzo de 2014

Ingenua

Quiero entender el silencio de los que callan y van a lo suyo en su esquina del mundo. ¿No escuchan que hay hambre, muerte y desesperanza en el presente y el futuro de sus hijos? Quiero entender la protesta de los que gritan y defienden verdades a medias. ¿Las ignoran o sólo miran al otro lado antes de dormir, sabiendo que han hecho bien hoy?

¿Qué es la paz, cuando el primer gesto es señalar el odio del otro?

Quiero entender la angustia, el miedo, el momento exacto en que el hombre abandona la palabra y levanta una piedra, empuña un arma y echa al aire su verdad con la muerte incluída.

¿Qué es la libertad de un hombre que se vuelve la opresión de otro?

Dónde está la aguja de la razón en este pajar, quiero saber, y como soy ingenua, quiero mostrarle al mundo un pecho abierto, un desnudo, una respuesta.

jueves, 27 de febrero de 2014

El beso de Julia

¡Por fin te escribo, Cristina! No sabes el caos que me he encontrado. Mira, para empezar, he tenido que venir al hotel porque apenas murió mamá, Genaro cortó el servicio de internet, ¿y con qué objeto, me pregunto yo? ¿sólo para hacerme las cosas más difíciles? Ya verás tú misma cuando llegues, si es que finalmente cesa la nevada y puedes volar. ¿Estarás todavía en el aeropuerto? No puedo creer que viniendo de más lejos haya llegado aquí primero que tú, ¡y la falta moral que me haces, hermanita! Genaro verdaderamente me odia; ni por respeto a mamá se lo guarda o lo disimula cuando ha llegado la visita con sus flores y sus pésames. Está cuidando la casa como si fuera un perro bravo, me sigue por los rincones como si yo no tuviera el mismo derecho que él, como si yo fuera una ladrona, ¡qué sé yo lo que le pasa por la cabeza! En parte también por eso me he venido al hotel y te he hecho una reservación; no creo que quieras quedarte en la casa tampoco.

¡Y si vieras el estado en que está! Se me olvida que el trópico es tan prodigioso y exhuberante con sus cayenas, helechos y damas de noche, pero esa abuandancia está muy mal puertas adentro: hay telarañas, avisperos y los jejenes han destruído el juego de sala y el comedor colonial, ¡eso valía una fortuna! Y ahí está, perdido a cuenta de los bichos. Claro que a Genaro no se le puede decir nada de eso; se agarra de la excusa de la enfermedad de mamá y todo se lo toma a crítica personal. Imagínate tú, que apenas recién llegada me echó en cara un montón de cosas, que yo siempre fui mimada, que soy una mala hija y una ingrata -todo eso en frente de mi madrina Chela que vino a traer una sopa- y mira, perdí los estribos y le di una bofetada, así, frente a la visita también. Esa es realmente la razón por la que me vine al hotel: no nos hablamos.

Sé que me condenarás, Cristina, lo haces desde ya mientras lees. Llegarás linda, graciosa y precisa hasta en tu duelo; serás tan hermana mayor y correcta como siempre. Por respeto a la memoria de mamá no me lo vas a reprochar, porque eres intachable, pero habrá miradas y gestos y Genaro, que te conoce lo mismo que yo, los verá también y tu reprobación será su alegría. ¿Por qué él te quiere tanto, si tú también te fuiste y lo dejaste solo cargando con mamá y en eso, si al caso vamos, eres ingrata igual que yo?

En una cosa sí tiene razón: siempre fui mimada, pero sólo por papá, que fue el único que siempre, siempre me quiso y en paz descanse, el pobre viejo. Sabes, Cristina, que Genaro anda por la casa, fanfarroneando sobre el cofre de plata de mamá? Está haciéndome creer que te espera para abrirlo, pero en realidad está haciendo tiempo para buscar. El pobre ni siquiera sabe que soy yo quien tiene la llave. Y lo que tampoco sabe es que el título de la casa no está dentro del cofre. Para que lo sepas tú y no pierdan el tiempo buscando llaves y papeles perdidos, el título todavía está con el abogado de papá. Está a mi nombre.

No me lo reproches, Cristina, no ha sido mi decisión y papá habrá tenido sus razones, tal vez protegerme de mi propio hermano. He debido decírselo hoy mismo y quitarle los aires de señor de la casa, pero después de la escena de esta mañana, ¡tú me dirás! No me atrevo a regresar hasta que tú llegues y puedas apaciguarlo: él a ti sí te escucha. Espero que a ti lo de la casa no te importará, ¿verdad?, bien casada como estás y todo, ¿eh? Bueno, que tengas buen viaje y, por favor, acepta quedarte en el hotel con tu hermana que te quiere.

Un beso,

Julia

*

Este ha sido mi cuento para el blog Adictos a la Escritura. El ejercicio de este mes era comenzar el cuento con la primera frase de una novela. "¡Por fin te escribo, Cristina!" abre el libro Ifigenia: Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba, de Teresa de la Parra, uno de mis favoritos.

...Y para los que querían leer la versión larga de La Tía Clarita el mes pasado, aquí se las dejo.

La tía Clarita (versión larga)
 
Se decía en la casa, a veces con tristeza, a veces con orgullo, que a Mamá Fina la democracia de este país le había costado tanto la alegría como la cordura. No hablaba exactamente desde el día del derrocamiento y el único momento en que parecía sonreirle la mirada era los sábados, cuando se ponía en el balcón a cambiarle las flores al cesto y a pulir la bicicleta que había sido de su hija, la tía Clarita.


martes, 18 de febrero de 2014

Inmigrante: asociación libre

Llueve, ha llovido todo el día, los días se hacen terriblemente más largos cuando llueve. Son apenas las cinco y me llega la fiebre de la cena: hay que hacer, no importa qué, siempre que se haga, y la percusión toma su ritmo algo triste, se diría un blues o un nocturno -qué importa si los separan los siglos-; el punto es que los gabinetes abren y cierran -éstos sí son la misma historia-: hay que componer algo, un guiso, un caldo, carne, verduras, una sopa baja de sal, en fin, nada complicado. Las niñas toman manjar blanco (me han dicho que tenían hambre) y yo igual no puedo pensar en nada: ni en esta casa ni en las otras, donde los días de lluvia mamá me hacía manjar blanco también y yo me tomaba todo el líquido -entonces me hacía feliz no saber nada, pero sólo ahora lo sé, cosa rara esta de siempre llegar tarde al entendimiento-; en fin, pobre mamá ahora, en casa, con los patios secos y mirando las caras secas, los ánimos secos de lo que ocurre en nuestros días, que suceden, sangran y se duermen y se mueren sangrando y no hay esperanza -pero eso hay que callarlo o se entra en la lista que es negra y cabe en el bolsillo de alguien que odia-. A mí me parece que tengo miedo y no oídos para un piano: llueve, estoy lejos y quiero más bien llorar un poco, llorar un río, uno bravo que se llevara casas, piedras, balcones y jardines (pero no gente, yo soy una buena cristiana y no quiero lastimar a nadie, pero me duelen las cosas y quiero llorar). No siento el pecho de mi madre, quiero llorar y el parloteo de las niñas con su manjar no cesa, me molesta, quiero estar a solas con mi nostalgia.

miércoles, 5 de febrero de 2014

No, no me mires

No, no me mires
deja los destellos así
entre tus ojos y el mar
que el mar no entiende de prodigios
él a lo suyo y la roca que se aguante.

El universo está en silencio
mira
las estrellas vienen sin lamentos
a la muerte no se le oyen los pasos
la desesperación
el deseo
no son asunto del cielo.

Hagamos una tregua.

Y que no te apene verme
buscándote en las piedras
el volcán
las mariposas negras
la arena, la sal.

Eso es ahora
entre el cielo y yo.

lunes, 23 de diciembre de 2013

A las palabras

A las palabras se les puede pronunciar, escuchar, buscar, esperar.

En vilo, en vano.

Hay quien las invoca, incluso quien sufre el accidente de encontrarlas a pesar de la arena, las cuevas, el tiempo, la falta de memoria, otros escondites menos evidentes.

Que a eso se le llame fortuna es otro asunto.

Las palabras son su propio cuerpo cósmico, tienen su espacio y su tiempo.

¿Nacen, las palabras? ¿Quiénes son las parteras? ¿Quién la madre que las aúlla?

A ellas, indómitas, no se les puede obligar, es un ejercicio insensato: sería como querer deshojar una piedra o pretender desnudar a una sombra.

No es verdad que nos llegan, porque desconocen los caminos: no son viajeras, no entienden de puertos ni destinos.

Las palabras no pertenecen al hombre, sólo algunos hombres pertenecen a la palabra.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Presente perfecto

Hablo de las horas que se nos desmayan sobre el escritorio o llueven sobre sobre nuestras cabezas preocupadas (la cena lista, el banco cerrado, el clima está horrible). Hay horas que nos pasan por encima y las que están por llegar, esas que esperamos, las de allá, sólo pueden hacerlo a costillas de estas otras, las de acá, más cercanas, inconmensurablemente más cercanas, con las que aún no creamos lazos amorosos, imposibles de aflojar. Son horas que nos viven con silencio, con sal y a veces hasta con piedad: horas de las que no siempre merecemos el luto.