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miércoles, 15 de enero de 2020

La felicidad no sabe

de afanes de tiempo y espacio; será por eso que pone su residencia permanente en los verbos de la memoria y la imaginación, y sólo pasa a visitarnos de vez en cuando en el presente.

Para que quiera quedarse un rato, sería mejor recibirla con gratitud, invitarla a un café, sonreírle, pedirle que vuelva pronto.

Cuando no es cuestión del azar tocando a la puerta, la felicidad se parece más a un jardín interior: todos nacemos con nuestra parcela de tierra, un manantial de agua y semillas infinitas; es cuestión de saber qué hacer con todo eso.

No siempre el jardín tiene la tierra preparada, ni mucho menos es el kit de un terrarium de vidrio, de esos que venden en las ferreterías y viveros, un DIY talla única; viene de los edificios derrumbados, de los que es necesario limpiar los escombros, fertilizar, arar, sembrar, regar, ver crecer y florecer: cosas todas que toman su trabajo.

Y su tiempo.

miércoles, 29 de mayo de 2019

La soledad es como la luz

y se hace diferente con las horas del día: al amanecer y a la puesta de sol; a mediodía; en los días nublados; en las noches claras y las de luna nueva.
 
Me gusta la soledad del café en la mañana antes de que todos despierten; es un pequeño santuario antes de la avalancha de deberes: es un espacio para meditar, a su manera un pequeño himno a la esperanza que el alma entona como cantan los pájaros sus buenos días.
 
La soledad del día es, entre las insidiosas, la más llevadera, la más distraída, mientras uno va -sin contar- llenando el tiempo con ocupaciones, unas con más sentido que otras, que nos llenan más que otras, que serán al final por fuerza de la cifra promedio -queremos pensar- nuestra huella en el mundo.
 
Está luego la soledad del crepúsculo, después del ajetreo del día y su río de gente, un pequeño remanso antes de las últimas actividades del día: la tarea de la niña, la cena, las conversaciones en familia sobre las impresiones del día que eventualmente desembocan en un tranquilo silencio.
 
La soledad de la lectura o la escritura antes de dormir es probablemente mi momento favorito del día, aparte del café en la mañana.
 
La soledad de la cama vacía me deprime terriblemente, sobre todo cuando la descubro de madrugada, porque soy supersticiosa y me lleno de malos presagios que terminan siendo infundados: era cuestión del insomnio ajeno.
 
La soledad de mis propios insomnios es hondísima y me da la impresión de misterio a cuenta de su silencio, a pesar de que en la oscuridad están, después de todo, la misma casa, los mismos muebles, el mismo balcón: adoro esta soledad de ideas que se despiertan y, rebeldes, no se callan hasta que cobren cuerpo en el papel.
 
Nada me crispa más los nervios que las largas horas de la soledad de los eventos sociales, tan propicia a las conversaciones triviales con completos desconocidos que no volvemos a ver jamás.
 
Evito con gran pavor el horario corrido de la soledad colectiva de las redes sociales.
 
Pero encuentro dos soledades sin hora fija gratas a mi alma: el momento creativo, sobre todo cuando las cosas van tomando forma, felizmente y sin prisas, y el regreso a casa tras la comunión con otro ser humano, cuando voy por el camino recogiendo impresiones, comparando notas y puntos de vista, y con suerte reflexionando sobre el matiz de alguna idea que no había tenido antes.

sábado, 24 de marzo de 2018

quisiera contarte

que los cafés de madrugada resultaron una profecía

y las preguntas continúan sin respuesta

Sócrates, Platón, Aristóteles

-la poesía con ellos es imposible-

nos dieron sólo metáforas del tiempo

espirales y cenizas;

quisiera contarte

que la elegancia amada de los griegos

ha estado al alcance de mis manos

y es estrellada

la piel de los mármoles antiguos:

esta noche el Partenón reposa

soñado por las musas

bajo la fría luna llena de enero.

sábado, 8 de abril de 2017

Literatura a mi manera V: El Gran Viaje

Al marcharme, empaqué el libro que me hubiera llevado a una isla desierta (a donde iba): la Obra de Teresa de la Parra, tabla de salvación en la soledad lingüística que me esperaba en el extranjero.

Los viajes de regreso me permitieron traer cada vez unos pocos libros, los más significativos: El Pianista; las Voces Nuevas; la Antología; poemarios de Girondo; el icónico libro Mantilla.

En un emotivo gesto, una cadena de seres queridos me hizo llegar mis libros de arte: enormes, pesadísimos, imposibles de transportar en una maleta.

En la última visita de vuelta llevé sólo dos mudas de ropa, a cambio de espacio para traer —primero que nada— los diarios, así salvados de la pira funeraria. Fueron seguidos por los poemas homéricos de la carrera de letras sin terminar; textos cortazarianos leídos en tertulias y novelas venezolanas en caso de que me asalte la nostalgia. Mi esposo decía: ¡pero si puedes comprar eso en línea!

Los libros, sí. Pero el abrazo cariñoso de sus memorias, no.

Ya no he podido rescatar más nada. El resto de mi biblioteca es ahora una vaga tristeza que aguarda su destino final: los anaqueles de una solitaria biblioteca pública. Me gustaría pensar que algún día un niño abrirá uno, apenas uno de esos libros (me conformo con eso) y que eso sea suficiente para hacerlo soñar.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Memoria de un sueño

La ruta ha sido cambiada,
lo he sabido antes de subir al bus
nadie sabe a dónde.
Me han dicho que preguntara en la tienda.
Es una tienda de discos,
hablo con el primero que veo,
me dice "hay que preguntarle a Coyote".
Coyote lleva cabello y collar negro,
sin levantar la cabeza
me dice algo que no entiendo;
decido caminar.

El vestido es ligero,
demasiado largo, demasiado negro.
El peinado, severo.
Camino con aplomo;
un hombre me levanta al cielo
a la espera de mis alas.
Me amenaza.
Y yo
–también a la espera–
le creo.

sábado, 11 de marzo de 2017

El beso de Penélope

Soltar las maletas. Abrir las ventanas, despabilar la casa aun en el misterio de la medianoche.

Queda pensamiento para lamentar los olvidos o el destiempo: no haber visitado el silencio sacro del museo, la vieja plaza con sus huellas, una esquina con un letrero discreto: “aquí vivió”.

Nos quedamos dormidos entre sombras familiares, soñamos exhaustos.

El despertar es un caos de objetos: ¿dónde el cepillo, el espejo, la nota heroica tomada en un momento imposible? ¿Con qué magia, en su lugar, aparecen zapatos con las suelas intactas, cables, mapas inútiles en la geografía del hogar?

Los perros menean la cola con frenesí, como si la mañana fuera un segundo regreso del amo prófugo.

Los gatos, quién sabe.

Las plantas están casi todas bien, es inevitable: habrá que escribir una nota, arreglar una cena, hacer un gesto, en fin, dar las gracias.

Y así, los primeros días suceden a duras penas para nosotros, los recién llegados, con nuestras neveras vacías, nuestras cuentas atrasadas, los deberes por hacer: esas pequeñas demandas que cariñosamente nos reclaman, y con suerte, nos mantienen atados a la vida.

domingo, 6 de noviembre de 2016

San Francisco, o La importancia relativa del arte

I.

La primera mañana quisimos ir al mercado de antigüedades de Alameda. Alamida, pronunciaban los locales, y yo trataba de no horrorizarme ante las ruedas de la fortuna en las que se divierte la historia. Procuraba olvidarme de guerras, invasiones, razas, idioma y todo lo que nos separa, por ejemplo la diferencia entre una pirámide levantada en honor al sol y una pirámide levantada en honor al hombre.

Transamerica Pyramid - Google Images

En Alameda un hombre de rasgos indios me vendió un collar de plata de aire vagamente precolombino; el resto del mercado fue una tortuosa práctica de minimalismo personal en que me decía: realmente no necesito esa Singer de principios de siglo, y además no cabe en la maleta...

En la noche caminamos por el Embarcadero desde el Pier 1 hasta el famoso Pier 39, que me pareció un lugar poco interesante, lleno de tursitas ocupados en las tiendas de souvenir convenientemente ubicadas entre un restaurant y el otro. Me recordó las calles de New Orleans y más temprano que tarde preferimos regresar al hotel a vernóslas con el jet lag. Ni siquiera el asalto al bar nos ayudó a conciliar el sueños, y así cualquier ciudad es una fiesta.


II.

El Museo de Arte Moderno (MOMA) de San Francisco era para mí el Santo Grial del viaje porque iba a ver un cuadro de Frida Kahlo por primera vez. Siendo lunes pensé que estría más bien vacío, pero siendo un día feriado acabé otra vez naufragando en un océano de turistas . Nadie estaba frente al Kahlo.

Más tarde nos peleamos a cuenta de una tontería (una taza de café); tal vez el trasnocho haya tenido que ver algo en el asunto. Ver arte así, triste y enfirruñado, es un cambio de perspectivas: poco importa la ejecución, el contexto de la obra o el nombre de quien la firma. Es la reacción visceral lo que nos mueve a contemplar, dialogar (o no) y hasta conmovernos (eso sí, con un llanto pudoroso) frente a un trabajo y no los otros.



La cena tardía en el Pier, seguidas del bar de strip-tease y luego el más casto de al lado; la conversación extraña con los vecinos de sofá -intoxicados de químicos después de un concierto de Santana, dijero, creo que confundo las noches-; y las malas fotografías nocturnas del puente ayudaron a limar asperezas. Volver al MOMA a solas la mañana siguiente fue la verdadera pipa de la paz, contemplar a solas el cuadro de la Kahlo, más bien pequeño, fue la verdadera pipa de la paz. Hasta ese entonces nunca me había interesado mucho por el trabajo de Diego Rivera, aparte de los murales.


III.

En Height Street se reúne un buen puñado de hippies que llegaron cincuenta años tarde a la fiesta. Olvidados de Peace & Love, entran en tiendas llamadas Earthy Garden o Tibetan Treasures aprovechando los descuentos de fin de temporada. Olvidados de la rebelión de Peace & Love refunfuñan porque no seguimos las reglas y no caminamos del lado derecho de la acera.

No podía irme de San Francisco sin una foto del Golden Gate y sus quién sabe cuántos turistas al año, ocupados en probarle al munda a través de las redes sociales que de veras lo visitaron en una especie de obsesivo Veni, Vidi, Vici apocalíptico. Para muestra, el botón:


Adiós San Francisco, con sus townhouses, sus hippies, sus yuppies, sus Uber y su fabuloso curry tailandés de a diez dólares. El paseo en tranvía quedará para otra vez.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Agenda

Esta mañana -he pasado una noche amarga- es imposible mirarme al espejo. En cambio abro la gaveta. Tantas chucherías: rosas, mariposas, ámbar, perlas, un corazón de bronce en miniatura, anatómicamente correcto. Está también un anillo viejo; nunca me ha gustado, papá nunca ha entendido mis gustos pero es un recuerdo de días felices de hacer las paces y aprender a vivir con las rarezas del otro. Han pasado casi veinte años y hoy me hará bien ponérmelo.

La niña irá a la escuela (lleva alas de mariposa y cartulina verde; en un par de días iremos a aplaudir su versión teatral de la Creación). Reza mucho la niña, y regresa preguntándome si en la escuela visten de blanco porque de ese color se viste uno para ir al cielo.

Después del bullicio habrá entonces que visitar el pequeño jardín, rescatado de la sequía: ahora las plantas viven en la sombra y beben de mi propia botella (mi sed es otra cosa). Algunas parecen un poco tristes, pero están vivas y ya con eso les bastará, no estoy segura de sus deseos.

Mi casa es por ahora un esqueleto de acero esperando sus paredes de madera, pan en el horno, flores en los jarrones, cenizas escondidas en cierto rincón.

¡Ah, la alegría de la casa! Habrá agua y de este manantial hecho a máquina beberán todos, a razón de dos galones por familia, mientras nos llega la lluvia…

Pero eso no es todavía.

Esta tarde vendrá L. para almorzar. También quiere casa nueva, una que resuene con la tierra, earthy, dice. Es gringa, L., y odia serlo: es una hippie a destiempo que viste estampados sureños, escucha folk y tiene un cuarto lleno de tapices hindúes que no combinan. Es muy tierna, L., en su deseo de salvar el mundo y a mí me despierta cierto instinto maternal.

Luego volverá la niña sin tareas, sin horas que contar, y querrá terminar sus casitas de cartón. Las ha cortado muy torcidas y ha dejado grietas en techos y paredes, pero me conmueve que la felicidad infantil pueda caber  allí y no me queda sino sentarme con ella a pintarlas y hacerles jardines de cayenas arrancadas de las plantas del patio.

Se irá después la niña a jugar con su amiguita en la casa calle abajo.

Tal vez en la soledad -sólo tal vez- me visite la melancolía, pero para entonces la belleza del atardecer será inminente y teniendo un balcón de primera fila sería un crimen no hacerme testigo de la hora.

domingo, 17 de enero de 2016

Geografías

Con la luz del sol
se derriten mis alas
sólo encuentro en la oscuridad
lo que me une
con la ciudad de la furia... *

En el espacio de la memoria —o del deseo— es de noche, y hablamos de Cortázar, Quiroga, Borges (yo confieso con rubor que no lo he leído), y Monterroso, y Benedetti que no me gusta.

—¿Oye, y has leído algo de Roque Dalton?

No; se hace el silencio y no importa. Se está bien bajo el cielo oscuro, en un café a las puertas del museo cerrado. Conjuro versos:

También mi sangre bulle
y río por los ojos 
que han conocido el brote de las lágrimas **

La lengua extranjera de mi hija conjura en cambio el presente; es de día y pasamos un puente sobre el mar. Me habla ella de juegos, animales que hablan, se transforman en otro, y 

—Pero mamá, baja el volumen, así no te puedo contar.

 El reino es otro, la magia es distinta. Yo me entrego sin preguntar. La felicidad no puede andar cogida de la mano con los demonios, no, no, porque entonces ya no es felicidad, o es la felicidad triste de mirar una ciudad desde el balcón y preguntarse si más allá hay otro también contemplando la noche, navegando estrellas. No le busco las cinco patas al gato poético, al que le gusta maullarle desventuras al insomnio. No; la felicidad es otra cosa, tal vez una bestia que duerme, un libro cerrado, un árbol que no sabe de sí. En fin, es de día, y mi hija y yo somos dos aves que se llaman en la selva de sus sueños. Es simple.

* La ciudad de la furia, Gustavo Cerati.

** Como tú, Roque Dalton.

domingo, 25 de octubre de 2015

Cajones


Aquí, arena de dos playas lejanas
una lágrima en la almohada una noche larga
fotografías sepia: parientes de los que no hablo el idioma
las esmeraldas de la abuela, si fueran mías
perlas
la nostalgia de una aventura vieja guardada en una carta
un rosario sin plegarias
flores secas de un ramo sonriente
marcalibros sin fronteras
la memoria de mi niña una tarde en el mar
la felicidad, porque siempre llega vestida de encajes
-a veces de seda-
pañuelos que no saben decir adiós
la promesa de un poema sin recitar
un librito forrado de flores -lo que me queda de infancia-
una bailarina solitaria
un pasaporte, o dos
-la posibilidad de noches blancas y cerezos en flor-

domingo, 27 de septiembre de 2015

Ensayo

Mudada de tierra, de idioma y costumbres. Tropezada levemente aquí y allá por lo nuevo del mar en la sien; los sonidos de las bocas incansables; las letras en en desorden. Despierto con cierta torpeza al sueño de mí misma.

Y lo intento:

Esto de las piedras cerradas al viento, los silencios tejiendo coronas -a veces de flores, a veces de espinas- pero siempre coronas de algún reino.

Los ojos cerrados, oir como late la salvia, duermen los niños, se acuestan las aves al borde de la noche sola.

Suspiro a gritos de sirena.

Escucho mi nombre, la manera en que suena distinto y no sé si me pertenece todavía o si me he cambiado ya a la palabra del alba.

domingo, 10 de mayo de 2015

Es simple,

el insomnio del que despierto sueña. El primer sorbo de café de la mañana, el día una ventana recién abierta. La primera línea, escrita en una letra redonda que me recuerda la de mi madre, sus rasgos generosos, los labios llenos, la ira casi tan fácil como el perdón (perdón, madre, a veces tu ira es también bella). Es simple, el laberinto de días entre el olvido y las memorias, la asociación libre, la letra, la luna, los libros: aquél que al verlo me hizo imaginar a la niña -mi niña-, sus ojos curiosos buscando mariposas debajo de las piedras, despreocupada por lo imposible. Es simple, el sábado con sus jardines, sus juegos infantiles, las cuerdas de ropa tendida al viento, alas que sólo sin sus dueños pueden echarse a volar. Me faltan algunas cosas: fe absoluta, la risa de los que se fueron, una estrellita dorada en mi hoja de vida. Oigo pájaros. Es simple el insomnio del que, despierto, sueña.

domingo, 5 de abril de 2015

Rock Islands, Domingo

El instante es perfecto. 

Se ha creado un gentil caos de gente, perros, comida, mosquiteros, remos de madera. Los hombres deshacen nudos de grueso mecate mientras mantienen un equilibrio más bien precario en el muelle ondulante.

Las mujeres toman café y caminan despacio con sus esteras y sus sombreros de paja, el sol una amenaza a su belleza de alabastro.

Temprano en la mañana una pareja ha tenido una discusión a causa de unas manzanas.

La paz y una sutil tristeza se asientan en el día: la moral de la amistad obliga a las peleas a medio terminar a deslizarse lentamente hacia un final abierto.

Al fin el bote suelta las amarras y se marcha por el mar azul, honesto. Al contrario de ríos y arrollos que se pueden remontar hasta llegar al origen, nunca se sabe a ciencia cierta cuándo ha nacido esta o aquella ola.

El día transcurre; un banquete es servido en bandejas de plástico decoradas con flores: hay quesos, embutidos, ensaladas, frutas. No hay pesca que poner al fuego, pero nadie parece darle importancia.

Hacia la tarde el agua se vuelve tibia bajo el sol y, maternal, abraza a hombres y niños. Algunos van bajo el agua a espiar  entre lechos de corales, estrellas de mar, peces plateados.

Las mujeres, en cambio, permanecen en la orilla con sus hijos más pequeños, celebrando sus bocas desdentadas, sus redondos cuerpos desnudos, su ciega confianza.

Sólo queda el silencio en la playa abandonada, lo mismo el tejado gris, la mesa y los bancos pintados de verde. Los granos de arena, tenaces, encuentran la manera de subirse al bote; algunos hombres tratan de disolverlos con el agua de mar, es un intento del que casi cabría reírse.

Una vez en el bote no se escucha In Taberna Quando Sumus, pero el canto de tenor de los alemanes tras la cerveza es igualmente alegre y extranjero.

Hoy me parece que todas las lenguas maternas han sido recordadas.

En el viaje de regreso la brisa ofrece látigos o besos, no se sabe. Las mujeres amamantan a sus niños medio dormidos y los hombres abrazan a sus perros. Los animales están mojados, tienen frío y están cansados, pero parecen satisfechos consigo mismos.

El instante es perfecto. La belleza del atardecer es casi bruta, rosa, naranja, púrpura, y a los hombres les está permitido sonreir.

*

Mi querida Beatriz, con su post Un recuerdo informal, me hizo pensar en este escrito enterrado en alguno de mis cajones. Aquí lo dejo, en honor a los amigos y los viajes memorables :)

viernes, 6 de marzo de 2015

Literatura a mi manera IV: Nocturno

En ciertas memorias hasta el ejercicio de la invocación nos deja parados frente a un enigma. Para ponerlo simple, la cosa fue así: hubo conversaciones 
-muchas y largas- 
-alimentadas con café y nada más-
-bajo el cielo sin luna, en Caracas-
de vida 
y muerte 
y arte 
y filosofía 
y religión 
y ciencia 
y amores 
y desamores;
hubo juegos de palabras, muchos, muchísimos, 
tantos, tantísimos 
-era yo una muchachita impresionable entonces-
que se hicieron un laberinto, un laberinto que después de mucho dar vueltas y enroscarse en sí mismo al final siempre acabó con la cola mordida. Y yo de eso no puedo, como decía, descifrar nada. Puedo, sin embargo, recordar 
-y agradecer-
la inocencia de la cajita de Pandora que me fue entregada, de la que primero salió, deslumbrante, Dostoievski, y en desfile de igual magnitud le siguieron Stendhal, Dante, Proust, Flaubert, Boccaccio, Tolstoi, Esquilo, Balzac, Poe, Baudelaire, Rimbaud, Eliot, el otro, el otro, el otro y el otro en un eco que aún no se termina
-y eso, eso me alegra-.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Collar de perlas


Fotografía: Susan Colpich

Generalmente del feminismo es definido como un movimiento que busca igualar el estatus social de la mujer con el del hombre. Tradicionalmente el hombre como opresor es quien se ha opuesto a la idea y los cambios. En este texto pretendo partir del principio que esta etapa ha sido superada -si bien no es del todo cierto- y me preocupo por las consecuencias de dichos cambios.

Tengo la teoría de que en la civilización occidental las mujeres son las peopres enemigas de las mujeres. Para comenzar, se nos sigue vendiendo la idea de que las mujeres somos heroínas natas, con capacidades infinitas de toda índole. Cada habilidad es una perla tan preciosa como la otra. Sin embargo la columna vertebral de la idea, el hilo que hace posible armar el collar, es la capacidad para hacer malabares entre la vida laboral, la vida familiar, las tareas del hogar, el cuidado físico, el apetito sexual y usted nómbrelo. Todo ello con una sonrisa beata en el rostro que indica la perenne disposición de la dueña a hacerlo todo más hermoso y más llevadero cuando se presentan las dificultades. Ese ha sido, después de todo, el rol femenino durante siglos.

Pues bien. Me niego a llevar el hermoso collar de perlas de esta nueva esclavitud y renuncio a todos sus laureles, que no hacen sino continuar premiando la abnegación femenina, esa misma virtud tan continuamente admirada por los (y especialmente por las) que no tienen que sufrirla.

Pero, ¿por qué es tabú manifestar este descontento?

Parece ser que al dársele a la mujer la posibilidad de estar socialmente a la par con el hombre -lo cual es una falacia, de todas maneras- se le han otorgado estos privilegios bajo ciertas condiciones: la imposibilidad de la renuncia es una de ellas. Ideas del tipo "las otras no se quejan, no puedo quejarme yo" o "si las otras pueden, también puedo yo" me vienen a la mente. Existe un miedo tácito en la mujer a convertirse en la única débil de la manada, una especie de hembra omega. A mi juicio la tensión entre las propias mujeres por alcanzar la excelencia en todos los aspectos de la vida es un gran obstáculo a derribar, creado por nosotras mismas y es un fenómeno que no percibo entre los hombres. Este afán, creo, viene de la ansiedad de quere afirmar una posición social todavía incierta. Sabemos que no altera la posición social de un hombre comenzar una familia y su identidad ha estado siempre claramente definida; es la mujer quien enfrenta el cambio de su papel tradicional.

Atreverse a decir que las mujeres en realidad no pueden tenerlo todo; pretender derribar un mito forjado en una lucha sin tregua; querer ejercer el derecho individual y adoptar un estilo de vida que se aleja de las metas propuestas por el colectivo, parece ser considerado un acto de traición y el castigo para este crimen es cargar con el estigma de la estupidez. Sistemáticamente la capacidad intelectual de una mujer que elige dedicarse a su hogar y sus hijos -aunque sea temporalmente- queda en entredicho. Aparentemente nos sentamos en el sofá todo el día a ver televisión -cuando no estamos pelando cebollas o engordando a punta de chocolates- y nuestra única ambición en la vida es complacer a los demás. Atrás quedan los diplomas, los años de estudio, los trabajos publicados,  los proyectos dirigidos, los viajes hechos, los libros leídos: una identidad (ama de casa) reemplaza a la otra (mujer inteligente) y el fenómeno de la tan ensalzada fusión, el principio de tenerlo todo, se queda sólo en la teoria. Yo misma soy culpable de haber juzgado a otra mujer bajo este lente, antes, cuando no estaba casada ni tenía hijos y no tenía idea de las muchas disyuntivas a las que tendría -tengo- que enfrentarme a a diario.

A pesar de sentir que he encontrado un balance que me hace feliz, todavía me sorprende tener que defender mi elección y vivir en este estado de desconcierto en el que constantemente tengo que probarme a mí misma frente a las otras. Como si no fuera suficiente enfrentar el hecho de que cruzar el umbral de la maternidad no tiene vuelta atrás y la identidad queda parcialmente disuelta. ¿Por qué es un tabú reconocer estas verdades? ¿Por qué las mujeres se mienten a sí mismas y entre sí mismas? ¿Por qué se dice en susurros que a veces es verdaderamente difícil darle todo a los hijos constantemente, que a veces se tienen ganas de correr de regreso a la soltería?  Hay un temor inmenso a parecer como una mala madre o como que no se ama lo suficiente o del modo absoluto que se espera. Como si no fuera necesario apoyarnos las unas a las otras y comprender en su verdadera extensión -sin ideales rancios de abnegación decimonónica- la naturaleza compleja del amor conyugal y filial, hasta ahora percibidos como valores eternos, inalterables y con la capacidad de colmarlo todo, cuando en realidad no pueden llenar el inmenso espacio personal al que la hembra forzosamente termina renunciando en un silencio que raya en el martirio. ¿Por qué?

sábado, 25 de octubre de 2014

Literatura a mi manera III: Opera Prima


Ocurrió que la crónica de los diarios, con sus detalles minuciosos y sus preguntas existenciales ya no fue suficiente. Era necesario ir más allá del ensueño, el por qué y el qué tal si. Más que escapar a la realidad, era necesario extender su dimensión, exagerarla, ennoblecerla, hacer de la posibilidad una fábula.

La novela fue larga, muy larga: quinientas páginas, Times New Roman, 12, interlineado sencillo. Fue también mala, muy mala, hija de mis lecturas de V.C. Andrews y autores por el estilo. Con todo y eso, le tengo el cariño que se siente por la inocencia del niño orgulloso al mostrar su primer dibujo. Cuando me digo "la benevolencia del tiempo" me siento anciana.

domingo, 7 de septiembre de 2014

a veces me visitan

"-hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡yo no sé!"

a veces me visitan
estos heraldos
con sus crestas pomposas
sus trompetas y banderas

los presiento cuando vigilan mi sueño
y se me encoge el alma
esperando la punzada que vienen a anunciarme

me digo -les digo-
es imposible
bastaría abrir las ventanas
constatar las estrellas

son negros, los heraldos
y me quieren hablar de la muerte
cuando todos callan
-hasta la paz de la noche afuera-

es imposible, les digo
si en el jardín por la mañana
se desgañita un ave cualquiera

o llega en la tarde
el botín alegre de la niña
su risa
el cántaro mínimo de sus manos
que recogen la tierra
ella
enamorada de los sapos
con las flores aplastadas en los bolsillos

es imposible
me digo
-les digo-
por encima del hombro;
abandonen el trabajo de su madrugada
todos duermen, lo sabemos
y pareciera que en este silencio
se nos acabara la tregua

pero a mí
se los advierto
me ha quedado otro día
así de pequeño, así de ligero
con su café, su tarde, sus letras
lo traigo en las sienes

es imposible
les digo
por ahora gano yo la batalla
guarden sus lanzas,
guárdenlas.

domingo, 15 de junio de 2014

Hoy he rescatado un pájaro (edición)

Hoy he rescatado un pájaro
magnífico,
las alas azules
ligero
ligerísimo
era como sostener una nube
un arcoiris, un sueño.

El pájaro se había perdido
ciego de tanta luz
en el laberinto de los ventanales.

El golpe
los golpes
hacían temblar al mismo tiempo
vidrios
pájaro
certeza.

Acabó el pobre cansado en una esquina,
el pico abierto una vaga amenaza.

Nos miramos
nos confiamos las agonías por un momento
y fue suficiente.

Hoy he rescatado un pájaro
y él
amablemente
me ha devuelto el gesto.

lunes, 19 de mayo de 2014

Dalia ha muerto

y las mujeres se afanan en la cocina y en los patios; se diría hoy que amaba su jardín y sentiríamos pena por la tierra que hoy aguanta el peso de otros pasos, sin más respuesta que sus frutas, sus cayenas, alguna que otra yerba humilde donde fijar la mirada que también busca consuelo.

Dalia ha muerto y nos ha dejado un banquete soberbio en una tarde de abril. El sol despierta a las mariposas de abanicos españoles, japoneses, que baten las alas despacio como si también supieran: hay una niña triste en la casa.

Dalia ha muerto y los viejos hablan del mar, sus barcas atracadas en el muelle del sur en señal de duelo. Algunos mastican sus nueces verdes, escupiendo sin hacer ruido, resueltos a enfrentar la hora en que los hombros les dolerán acaso un poco menos que el alma.

Dalia ha muerto y el gallo se sube al palo, grita su canto y esponja sus plumas en medio de los murmullos. Nadie lo espanta; está vivo y es su derecho. Dalia ha muerto y a nosotros sólo nos quedan las flores, una muchedumbre de abrazos, la memoria de un hombre que llora en silencio.

martes, 13 de mayo de 2014

Literatura a mi manera II: Adolescencia

Ifigenia, Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba, fue para mí un libro de una verbosidad contagiosa, máxime cuando a los doce años me habló en el idioma familiar de acacias, naranjos, la casa colonial de Abuelita y la hacienda de San Nicolás y al mismo tiempo me susurró la fantasía de una heroína superlativa: bellísima, elegantísima, atrevídisima en sus ideas concebidas en el París de los años veinte. Este es mi clásico personal, a lo Calvino, al que hago referencias a menudo, al que siempre vuelvo, el que me hizo comenzar a escribir mis diarios, los mismos que desaparecieron en una pira desafiante algunos años después, cosa que todavía lamento algunas veces. Ifigenia fue y siempre será para mí un libro de una verbosidad contagiosa.



Ya luego se sumaron las otras heroínas, las de carne y hueso que llegaron en una colección de biografías, regalo de mi mamá que todavía ocupa lugar de honor en la biblioteca: ahí viven juntas mujeres que quizá no me dieron la pluma, pero me dieron inspiración en aquellos tiempos, cuando no era sino una muchachita que se la pasaba soñando despierta frente a la ventana.