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domingo, 5 de abril de 2015

Rock Islands, Domingo

El instante es perfecto. 

Se ha creado un gentil caos de gente, perros, comida, mosquiteros, remos de madera. Los hombres deshacen nudos de grueso mecate mientras mantienen un equilibrio más bien precario en el muelle ondulante.

Las mujeres toman café y caminan despacio con sus esteras y sus sombreros de paja, el sol una amenaza a su belleza de alabastro.

Temprano en la mañana una pareja ha tenido una discusión a causa de unas manzanas.

La paz y una sutil tristeza se asientan en el día: la moral de la amistad obliga a las peleas a medio terminar a deslizarse lentamente hacia un final abierto.

Al fin el bote suelta las amarras y se marcha por el mar azul, honesto. Al contrario de ríos y arrollos que se pueden remontar hasta llegar al origen, nunca se sabe a ciencia cierta cuándo ha nacido esta o aquella ola.

El día transcurre; un banquete es servido en bandejas de plástico decoradas con flores: hay quesos, embutidos, ensaladas, frutas. No hay pesca que poner al fuego, pero nadie parece darle importancia.

Hacia la tarde el agua se vuelve tibia bajo el sol y, maternal, abraza a hombres y niños. Algunos van bajo el agua a espiar  entre lechos de corales, estrellas de mar, peces plateados.

Las mujeres, en cambio, permanecen en la orilla con sus hijos más pequeños, celebrando sus bocas desdentadas, sus redondos cuerpos desnudos, su ciega confianza.

Sólo queda el silencio en la playa abandonada, lo mismo el tejado gris, la mesa y los bancos pintados de verde. Los granos de arena, tenaces, encuentran la manera de subirse al bote; algunos hombres tratan de disolverlos con el agua de mar, es un intento del que casi cabría reírse.

Una vez en el bote no se escucha In Taberna Quando Sumus, pero el canto de tenor de los alemanes tras la cerveza es igualmente alegre y extranjero.

Hoy me parece que todas las lenguas maternas han sido recordadas.

En el viaje de regreso la brisa ofrece látigos o besos, no se sabe. Las mujeres amamantan a sus niños medio dormidos y los hombres abrazan a sus perros. Los animales están mojados, tienen frío y están cansados, pero parecen satisfechos consigo mismos.

El instante es perfecto. La belleza del atardecer es casi bruta, rosa, naranja, púrpura, y a los hombres les está permitido sonreir.

*

Mi querida Beatriz, con su post Un recuerdo informal, me hizo pensar en este escrito enterrado en alguno de mis cajones. Aquí lo dejo, en honor a los amigos y los viajes memorables :)

domingo, 22 de febrero de 2015

Tú me quieres blanca, Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone), 
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

Man meets Woman, Yang Liu

sábado, 20 de diciembre de 2014

Lelia, George Sand

Fuera de la función de entretener, conmover y enseñar, hay libros que, simplemente, actúan como un espejo.

La trama, en realidad, me parece lo de menos. La historia es un marco en el cual puede la escritora desarrollar sus teorías, exponer sus debates internos y su propias angustias. En Lelia el triángulo Dios-Amor-Humanidad aparece explorado en todas las dimensiones que George Sand pudo imaginar. En un momento u otro la atormentada Lelia, el soñador Stenio y el rígido Magnus exponen con diferentes razonamientos y bajo distintas circunstancias, sus ideas y sentimientos al respecto. Sin embargo, el tema común en los tres es la duda: a veces la tríada tiene un elemento divino y lleno de gracia, a veces es una ilusión, cuando no una condena.

Mientras la duda y la contradicción son por una parte el cristal bajo el que se estudian la vida y las relaciones humanas, por la otra están las verdades absolutas de Trenmor y Pulchérie. En un extremo del espectro, Trenmor se presenta con un estoicismo inquebrantable, templado por la experiencia de su edad y ninguna alegría o tristeza ocupa sus energías. En el otro extremo se presenta la hermana de Lelia, una cortesana entregada a la inmediatez de los placeres terrenales sin cuestionar nada más allá:

"No tengo la felicidad -dijo Pulchérie-. No la he buscado. A diferencia de ti, no he vivido con decepciones. No le he exigido a la vida más de lo que puede darme. He reducido toda mi ambición a saber como disfrutar de lo que existe. He hecho de mi virtud no sentir desprecio y mi sabiduría está en no desear nada fuera de ciertos límites (...) Pero para no caer en la desesperación, me refugio en la religión del placer."

Lelia, en el centro de la trama, aparece como un personaje torturado por su soledad física, emocional e intelectual. Los demás a su alrededor se equivocan al leer sus dudas sólo en el aspecto superficial y como consecuencia interpretan su ironía y su aislamiento como un tipo de esnobismo. En casos hasta ven en su comportamiento un juego deliberado en el que hay fuertes tintes de femme fatale. Lelia percibe el rechazo moral y se aísla a sí misma aún más, creando un círculo vicioso imposible de romper.

"A veces a la luz de la lámpara, buscaba la respuesta a los grandes enigmas de la humanidad en los libros. A veces, arrojada al remolino de la sociedad, abriéndome paso entre la muchedumbre con el corazón vencido, intentaba encontrar una mano, una palabra de aliento que le trajera exaltación a mis emociones. Otras veces, vagando por el campo frío y silencioso, le hacía preguntas a las estrellas y medía, con triste éxtasis, la distancia insalvable entre el cielo y la tierra."

Tenía tiempo sin regodearme en el placer de la prosa florida y los diálogos dramáticos de un libro que, en cuanto a la forma, me parece eminentemente romántico, si bien en el fondo expresa ideas más propias de la Iluminación y el matrimonio de ambas corrientes deja al descubierto sensibilidad e inteligencia exquisitas. Las teorías de los muchos temas que toca Sand son interesantes y encontrarían puesto en los debates contempóraneos, incluso cuando se trata del futuro de la humanidad.

Junto a Lelia hice una relectura de Las cartas de un viajero y me parece que los dos libros se complementan muy bien, especialmente cuando se trata de la exposición de ciertas ideas. 

En una nota personal, siempre me ha sorprendido la ausencia de George Sand en las librerías y entre los grandes nombres de la literatura; pienso que se le ha subestimado injustamente (es más, ni siquiera encontré la edición de Lelia en español, así que la leí en inglés). De momento, en su voz consigo un eco que le sirve de consuelo a mis propias inquietudes sin respuesta. Sé que no soy la primera lectora con tal reacción y esta vaga fraternidad hace que me sienta menos sola ante preguntas que a veces (sólo a veces) rayan en el delirio. Esta ha sido probablemente la lectura que más me ha tocado este año, al punto que estoy considerando coronar a la Sand en mi panteón personal de escritores predilectos.

Con mucho placer leí esta novela para el reto Escritoras Únicas, propuesto por el blog Lo que leo lo cuento.

Ya que estamos en esto, gracias a Marilú, Ana y Meg por organizar el reto Escritoras Únicas, que disfruté este año. Gracias también a Mónica por hacer posible Serendipia Recomienda y a Cydalima por Leyendo a los Clásicos. Si bien algunos libros se me quedaron por fuera en estos retos, he conocido nuevos autores también a través de estos blogs.

Este año agradezco especialmente a Adictos a la escritura y sus participantes por la acogida que le dieron a La Tía Clarita, que el próximo año pasa a una nueva etapa.

¡Gracias, blogueros y blogueras, por sus visitas y comentarios! 

Que pasen felices fiestas y que el próximo año les traiga muchas dichas, entre ellas la buena lectura :)

¡Nos leemos en enero!

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jueves, 11 de diciembre de 2014

Primavera Sombría, Unica Zürn

Leer esta historia es saltar al vacío con los ojos cerrados. El vértigo de la caída es sostenido y no por ello hay sosiego. Se sabe que el resultado final es inevitable, pero no es posible calcular qué tan fuerte será el golpe.

Las revelaciones que nos hace la niña de doce años no alcanzan a ser tan escalofriantes como la frialdad con que las narra. Hay casi un desdobalmiento: una niña siente, descubre, rechaza o acepta, se burla y odia; la otra observa en la distancia y toma nota con indiferencia casi médica.

La naturaleza del tema es también compleja. El despertar sexual, ¿es una experiencia que nos da o nos quita? Unica Zürn presenta los polos del placer y el dolor -tanto físico como mental- con todos sus colores, dejando poco o nada a la imaginación y esta intensidad de sentimiento resulta enceguecedora. Es verdaderamente difícil responder al planteamiento de Zürn sin tener que revelarme a mí misma: me parece que, en una especie de metadiscurso, hay una provocación tácita de parte de la autora hacia el lector: "¿te atreves?", o más bien, "¡a que no te atreves!"

Siendo la inciación y las fantasías sexuales experiencias tan íntimas, habrá una gama muy amplia de interpretación del libro. Una vez más me parece que hay cierta invitación al reto: la manera explícita, casi agresiva, en que la autora aborda el tema se superpone a la reacción del individuo, celoso de resguardar su espacio más oculto, tal vez más temido. Ha sido una manera brillante de tocar un tema universal y asegurarse una gama inimaginable de colores como respuesta.

A pesar del sentimiento de aprehensión, me voy a hacer con El hombre jazmín apenas pueda. La locura, después de todo, tiene un negro encanto.

Para el reto Escritoras Únicas.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Collar de perlas


Fotografía: Susan Colpich

Generalmente del feminismo es definido como un movimiento que busca igualar el estatus social de la mujer con el del hombre. Tradicionalmente el hombre como opresor es quien se ha opuesto a la idea y los cambios. En este texto pretendo partir del principio que esta etapa ha sido superada -si bien no es del todo cierto- y me preocupo por las consecuencias de dichos cambios.

Tengo la teoría de que en la civilización occidental las mujeres son las peopres enemigas de las mujeres. Para comenzar, se nos sigue vendiendo la idea de que las mujeres somos heroínas natas, con capacidades infinitas de toda índole. Cada habilidad es una perla tan preciosa como la otra. Sin embargo la columna vertebral de la idea, el hilo que hace posible armar el collar, es la capacidad para hacer malabares entre la vida laboral, la vida familiar, las tareas del hogar, el cuidado físico, el apetito sexual y usted nómbrelo. Todo ello con una sonrisa beata en el rostro que indica la perenne disposición de la dueña a hacerlo todo más hermoso y más llevadero cuando se presentan las dificultades. Ese ha sido, después de todo, el rol femenino durante siglos.

Pues bien. Me niego a llevar el hermoso collar de perlas de esta nueva esclavitud y renuncio a todos sus laureles, que no hacen sino continuar premiando la abnegación femenina, esa misma virtud tan continuamente admirada por los (y especialmente por las) que no tienen que sufrirla.

Pero, ¿por qué es tabú manifestar este descontento?

Parece ser que al dársele a la mujer la posibilidad de estar socialmente a la par con el hombre -lo cual es una falacia, de todas maneras- se le han otorgado estos privilegios bajo ciertas condiciones: la imposibilidad de la renuncia es una de ellas. Ideas del tipo "las otras no se quejan, no puedo quejarme yo" o "si las otras pueden, también puedo yo" me vienen a la mente. Existe un miedo tácito en la mujer a convertirse en la única débil de la manada, una especie de hembra omega. A mi juicio la tensión entre las propias mujeres por alcanzar la excelencia en todos los aspectos de la vida es un gran obstáculo a derribar, creado por nosotras mismas y es un fenómeno que no percibo entre los hombres. Este afán, creo, viene de la ansiedad de quere afirmar una posición social todavía incierta. Sabemos que no altera la posición social de un hombre comenzar una familia y su identidad ha estado siempre claramente definida; es la mujer quien enfrenta el cambio de su papel tradicional.

Atreverse a decir que las mujeres en realidad no pueden tenerlo todo; pretender derribar un mito forjado en una lucha sin tregua; querer ejercer el derecho individual y adoptar un estilo de vida que se aleja de las metas propuestas por el colectivo, parece ser considerado un acto de traición y el castigo para este crimen es cargar con el estigma de la estupidez. Sistemáticamente la capacidad intelectual de una mujer que elige dedicarse a su hogar y sus hijos -aunque sea temporalmente- queda en entredicho. Aparentemente nos sentamos en el sofá todo el día a ver televisión -cuando no estamos pelando cebollas o engordando a punta de chocolates- y nuestra única ambición en la vida es complacer a los demás. Atrás quedan los diplomas, los años de estudio, los trabajos publicados,  los proyectos dirigidos, los viajes hechos, los libros leídos: una identidad (ama de casa) reemplaza a la otra (mujer inteligente) y el fenómeno de la tan ensalzada fusión, el principio de tenerlo todo, se queda sólo en la teoria. Yo misma soy culpable de haber juzgado a otra mujer bajo este lente, antes, cuando no estaba casada ni tenía hijos y no tenía idea de las muchas disyuntivas a las que tendría -tengo- que enfrentarme a a diario.

A pesar de sentir que he encontrado un balance que me hace feliz, todavía me sorprende tener que defender mi elección y vivir en este estado de desconcierto en el que constantemente tengo que probarme a mí misma frente a las otras. Como si no fuera suficiente enfrentar el hecho de que cruzar el umbral de la maternidad no tiene vuelta atrás y la identidad queda parcialmente disuelta. ¿Por qué es un tabú reconocer estas verdades? ¿Por qué las mujeres se mienten a sí mismas y entre sí mismas? ¿Por qué se dice en susurros que a veces es verdaderamente difícil darle todo a los hijos constantemente, que a veces se tienen ganas de correr de regreso a la soltería?  Hay un temor inmenso a parecer como una mala madre o como que no se ama lo suficiente o del modo absoluto que se espera. Como si no fuera necesario apoyarnos las unas a las otras y comprender en su verdadera extensión -sin ideales rancios de abnegación decimonónica- la naturaleza compleja del amor conyugal y filial, hasta ahora percibidos como valores eternos, inalterables y con la capacidad de colmarlo todo, cuando en realidad no pueden llenar el inmenso espacio personal al que la hembra forzosamente termina renunciando en un silencio que raya en el martirio. ¿Por qué?

sábado, 15 de noviembre de 2014

Pedro Páramo, Juan Rulfo

Esta ha sido una relectura de reconciliación. Hubo un tiempo, debo confesarlo, en el que me exasperaba que el realismo mágico fuera la única corriente literaria sobresaliente en América Latina. De jovencita, viviendo en la ciudad y con miras a emigrar, me horrorizaba que la única realidad reflejada en las grandes novelas fuera la de la miseria, el calor, los caminos polvorientos del campo, la ignorancia y la superstición. Pensaba, sedienta, que nuestra realidad estaba hecha de algo más, con cara al futuro.

Desde esta orilla, sin embargo, tengo otra prespectiva: una que, sin encontrarle la buena cara al futuro, atesora el pasado. Así, Comala me parece cualquier otro pueblo de mi infancia, y Abundio bien podría ser Pablito y Damiana la Señora Onofre y Susana pasaría a ser Rosita. En Comala se rezan novenarios; en San Juan de los Morros también.

Poco tengo que decir de Pedro Páramo y los demás fantasmas de Comala, aparte de admirar la precisión de historias e imágenes con que el lienzo fue tejido por Juan Rulfo: un lienzo que es, al mismo tiempo, espejo de millones. He ahí la reconciliación. Acepto que no puedo hablar de Pedro Páramo sin hablar de mí misma. Yo, a mi manera, tengo también un arsenal de cuentos, personajes y experiencias de mi infancia que a la larga se han convertido en mi Comala personal: voces que me acarician el sueño cada noche antes de quedarme dormida.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El Idiota, Fiódor Dostoievski

La necesidad humana de clasificar el universo es instintiva. Cuando existe la base del conocimiento o la experiencia, es posible emitir un juicio objetivo. De otra manera, es inevitable recurrir al prejuicio, y he aquí el tema central de El Idiota. ¿Quién puede jactarse de conocer la naturaleza humana? Nadie. La consecuencia directa es que en la novela todos juzgan, todos son juzgados y casi siempre el margen de error raya en desastre. Dostoievski le extiende también al lector la trampa irresistible de decidir si Muishkin es un genio incomprendido o, simplemente, un idiota.

El Príncipe Muishkin regresa a Rusia tras un tratamiento en Suiza para curar el defecto de la idiotez (en la concepción pseudomédica del siglo XIX). Su aventura comienza ya desde el tren, donde viaja sin un penique, mal vestido, sin amigos o conocidos.

Los personajes son variopintos; aparecen los Epanchin como símbolo de una aristocracia en franca decadencia; Gania, Lebedeff y sus respectivas familias representan ejemplos de mediocridad y el autor se toma el tiempo de dejar esto en claro, cambiando la antipatía natural hacia estos personajes en algo parecido a la lástima. El pasaje es fabuloso.

El joven Hipólito, llegado de ninguna parte, denuncia los valores de la aristrocracia y deja caer teorías que muestran el germen del descontento social que eventualmente conducirán a la Revolución Rusa. Al nihilismo de este personaje -que tiende a extenderse en los diálogos- se unen los parias Parfen Rogojin y Nastasia Phillipovna, una pareja incierta, escandalosa, extravagante, irreverente, que actúa como catalizadora en la acción de la novela.

Muishkin se debate entre el amor casto y socialmente aceptable de Aglaya Epanchin y el de Nastasia, una mujer de dudosa reputación a quien todos codician por su belleza.  Ambas mujeres consideran desde sus respectivas circunstancias las consecuencias de unirse en matrimonio con un hombre de la posición social y con las taras mentales atribuidas a Muishkin.

Este no es mi trabajo favorito de Dostoievski, pero no puedo dejar de admirar su capacidad para crear semejante tensión entre tantos personajes. Los diálogos en los que participa Nastasia son una verdadera locura (a mí, en pleno siglo XXI, consiguieron dejarme boquiabierta) y nunca se puede atinar en donde va a terminar la acción.

¿Y es que a quién no le gusta un escándalo?

Para el reto Leyendo a los Clásicos.

jueves, 30 de octubre de 2014

El niño perdido, Thomas Wolfe

 Esta nouvelle se lee en un par de horas, tanto por su extensión como por su estilo. La trama comienza con una tarde especial en la vida de Grover, el niño que protagoniza la historia. En un solo instante se abre un delicioso caleidoscopio que mira al mismo tiempo la vida afuera, alrededor de la plaza, y la vida interior de un niño sabio para sus años. Bajo este lente es posible encontrar también gestos simples que muestran los extremos tanto de bondad como de mezquindad en el ser humano.

Los siguientes capítulos son memorias algo tristes, narradas por la madre y los hermanos de Grover. Las voces están marcadamente definidas y consiguen pintar un paisaje casi impresionista, hecho de recuerdos y sentimientos, más que de acontecimientos. Pienso que la importancia de la vida interior en cada uno de los personajes que habla, en contraste con el poco enfoque en los hechos, es reflejo de la percepción infantil: los niños tienden a no recodar detalles de lo ocurrido, sino sus reacciones ante ello.

El último capítulo, narrado por Eugene -subestimado por su juventud cuando ocurre el hecho principal- es lírico, casi un pequeño poema que merece ser leído por sí mismo. Algo en la melancolía del Eugene adulto es aún infantil y me conmovió mucho, porque también yo he cometido el error de regresar a un lugar buscando al pasado. El niño perdido es una historia un poco triste por la naturaleza del tema, pero hay cierta dulzura entre líneas que la hace muy disfrutable. Es un libro tierno y yo lo encontré bellamente escrito: una pequeña joya que más bien me tomó por sorpresa.

domingo, 19 de octubre de 2014

Las Uvas de la Ira, John Steinbeck

Leer sobre miseria se me hace una tarea dura que tiendo a dejar a medias. Habiendo dicho esto, no sé qué me arrastró a terminar de leer Las uvas de la ira y en eso le doy a Steinbeck mucho mérito.

La primera mitad del libro presenta a los personajes alrededor de la Gran Depresión y da detalles de su situación al verse obligados a abandonar sus tierras áridas, que han cultivado sin éxito y ahora tienen que entregar al banco para agricultura industrial. El calor y la tierra hecha polvo flotan en el ambiente, lo dominan y se cuelan en el alma de los hombres haciéndoles los pasos más pesados y se cuelan en el ánimo del lector haciendo la lectura lenta. Esta primera mitad nada más me tomó dos meses en los que consideré abandonar el libro. ¿Por qué no lo hice? ¿De alguna manera yo, lo mismo que los personajes, tenía la esperanza de que algo cambiara? ¿Era ésta la intención del autor?

La emigración a pastos más verdes -literalmente- comienza a pintar la verdadera extensión del problema cuando la familia Joad se da cuenta de que hay cientos de miles de familias en la misma situación. 

La segunda mitad del libro se desarrolla a una velocidad más rápida, y es una danza incierta con la esperanza. Acontecimientos terribles ponen a prueba la unidad de la familia y otros más felices dan lugar a lazos más fuertes. El personaje de Ma es probablemente el que sostiene la historia por su capacidad de adaptarse a nuevas situaciones y problemas en un silencio que va más allá de lo heroico.

Las uvas de la ira tiene uno de los finales más desconcertantes y freudianos que me he encontrado en la literatura. Es la última llamita de esperanza, extraña y bizarra, pero esperanza al fin y al cerrar el libro uno se pregunta: ¿Y ahora qué? Ya en La Perla y Tortilla Flat Steinbeck toca el tema de los desposeídos, pero Las uvas de la ira es un trabajo mucho más serio y extenso. No es para corazones débiles; sin embargo puede ser para aquellos que quieren asomarse a la realidad social del avance del capitalismo frente a los valores humanos más elementales.

Para el reto Leyendo a los Clásicos.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Los pasos perdidos, Alejo Carpentier

He llegado tarde a este encuentro y es casi imperdonable. Carpentier es uno de esos autores que me hace preguntarme para qué escribo yo y qué persigo exactamente con mi actividad, porque lo que es decir las cosas con belleza y contundencia, eso ya está hecho en Los pasos perdidos.

Probablemente hay algo de parcialidad de mi parte: no puedo, desde esta nostalgia, leer sobre la selva, el tepui ni la churuata sin que me tiemble un poco el alma. Viajé, me enredé entre las lianas, hundí las huellas en la tierra blanda, me dejé asombrar y acunar por el paisaje-madre. Sé, sin embargo, que esas tierras y yo somos ajenas la una a la otra, y he aquí donde la historia consigue crearme tensión. 

El protagonista llega de la ciudad con una misión en particular, pero viaja ya hastiado de lo que deja atrás. Naturalmente la selva representa la alternativa, la salvación y a ella se aferra, de ella se enamora. La ennoblece. Quiere quedarse. Comienza el proceso de echar raíces y convencerse a sí mismo del fruto de su trabajo, todo ello sin darse cuenta de que es un extranjero en el paisaje. Todos lo ven y lo saben, excepto él. Es desgarradora su ingenuidad.

Hay algo de arquetípico en los personajes de Carpentier: los he visto antes en fotografías sepia y ahora, por primera vez, me han hablado, y lo han hecho con voces que tienen la suavidad de las verdades bien sabidas. Los Yannes, los Adelantados, las Mouches y las Rosarios suceden en la selva como suceden los hijos a sus padres generación tras generación.

Hay también cierta universalidad en algunos planteamientos (más bien preguntas) sobre las civilizaciones antiguas y modernas, cómo se comparan, cuál es el parámetro con que se mide el progreso del hombre, qué validez representan la ciencia, el arte, las teorías y las academias frente a los instintos más primordiales del hombre.

"He llegado a preguntarme a veces si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado (...) Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema."

Hablemos de lirismo.

Para el reto Leyendo a los Clásicos me había apuntado con El reino de este mundo, pero no pude resistirme a un libro ambientado en Venezuela, no sé si se vale :)

lunes, 18 de agosto de 2014

El barón rampante, Italo Calvino

Abrí este libro sin informarme sobre el tema, a propósito. Quería dejarme sorprender. El título del barón rampante le sugirió a mi imaginación la historia de un hombre corrupto, acostumbrado al abuso de poder. ¡Qué grata sorpresa encontrarme con el personaje del pequeño Cosimo, primogénito del Barón de Ombrossa! Airado a los doce años por las fechorías de su hermana Battista, este niño decide trepar a un árbol en protesta, y la historia toma su curso cuando Cosimo anuncia que nunca volverá a pisar tierra y se mantiene fiel a su palabra.

La narración, hecha por su hermano Biaggio, le da a la novela un matiz único, lleno de la ternura de un amor fraternal que me cautivó. La prosa de Calvino es rica y dinámica; los pasajes que describen el bosque, este o aquel árbol se extienden justo lo suficiente y ocurriendo más de una vez a lo largo del libro, son un telón de fondo exquisito e imprescindible a la historia.

Son muchos los personajes que pasan por la vida de Cosimo y le acompañan en aventuras que incluyen su impecable educación durante la adolescencia, asaltos de piratas, amistades con forajidos  y los tiempos difíciles de la revolución francesa. Un personaje que merece atención especial, sin embargo, es la amazona Viola, por la fuerza de su presencia, su compleja naturaleza y sus punzantes diálogos. Los sentimientos que despierta en Cosimo dan paso a uno de mis pasajes favoritos en todo el libro.

Muy personalmente se me antojó que la vida de Cosimo en las alturas de los árboles, separado del resto de los humanos con los pies en la tierra, es una alegoría a los valores humanos (casi espirituales) y la renuncia que se requiere para alcanzarlos. No en vano el barón permanece dulcemente ingenuo y sus acciones van orientadas hacia el bien de la comunidad por encima del suyo. Es un libro hermoso, tierno, que me deja una vaga esperanza no sé de qué, talvez de que el mundo siempre puede ser mejor. Muy recomendable.

De los retos Serendipia Recomienda y Leyendo a los Clásicos.

martes, 27 de mayo de 2014

Intacto

Hoy Lucas estaba solo junto a la puerta. Si los otros le presentían la sombra, seguían de largo. Era viernes, día de vaga libertad en que nadie quería merodear frente a la fábrica. Lucas no tenía apuro hoy ni nunca; no antes de su ritual. Dio dos golpecitos secos con el cigarrillo en el dorso de la mano y se lo colocó entre los labios, buscando con la otra mano el yesquero en los bolsillos. El chasquido fue leve y la llama, tibia. El cigarrillo, sin embargo, no ardió.

Lucas repitió el gesto dos, tres, cuatro veces. Miró el yesquero, perplejo. Intentó por quinta, sexta vez. Esta vez examinó el cigarrillo; primero la punta, luego la cola. Se preguntó si era algún truco; si era uno de esos sueños absurdos donde lo que debe ocurrir no ocurre. Siete veces, el gesto inútil. Qué carajos. Con el ceño fruncido se guardó el asunto en el bolsillo, para más tarde.

Las cuadras andadas a casa eran las mismas; también lo eran las paradas por pan y tabaco. Hoy resolvió comprar en otro quiosco, la misma marca. Añadió yesquero y papeles nuevos y echó a caminar preguntándose qué había pasado antes, en la puerta de la fábrica.

La casa estaba en silencio, la mujer aún trabajando, el balcón en penumbra tras las macetas colgadas, el viejo sillón fiel allí. El camino le había dado tiempo a Lucas de dar método a sus interrogantes. Primero se dio a repetir el gesto exacto, los factores sin alterar. Nada. Examinó el papel: seco, crujiente. Lo mismo el tabaco. Cambió de yesquero. Inútil.

Enrolló un cigarrillo nuevo con lo recién comprado: sacó el papel y colocó el montoncito de tabaco en el centro, distribuyéndolo después a lo largo. Frotaba el papel sin hacer ruido, sin arrugarlo, sin mirarlo siquiera y hacía unos cilindros perfectos, quizá un poco delgados, sellados con la poca saliva que tenía en la punta de la lengua. El primer yesquero no hizo el trabajo, tampoco el segundo. ¿Pero qué es esta mierda? Empujó el sillón ruidosamente y salió a la calle. Al diablo la investigación científica; ahora le preocupaba más la urgencia de fumar.

Compró un paquete en el quiosco y lo abrió allí mismo. Intentó un cigarrillo tras otro, tras otro. Compró un nuevo paquete, otro, otro. El hombre del tarantín lo miraba extrañado, prefiriendo guardar distancia de los lunáticos. Este por lo menos le estaba dando buen negocio, tanto mejor.

A Lucas le pareció una eternidada el camino hasta el bar. Se tragó la primera cerveza como agua, queriendo compensar la falta de una calada. Me tienen que estar jodiendo. Vino la segunda cerveza, la tercera, las demás. Ya a medianoche había a su lado un tipo caritativo, presto a escuchar la historia y a ofrecer un cigarrillo ya encendido, que apenas tocó los labios de Lucas, se apagó. Me tienen que estar jodiendo.

La noche fría no hacía nada por aliviarle la fiebre del deseo. Sin saber qué hacer, se marchó a casa elaborando posibilidades y fue directamente al balcón. Le temblaban las manos al enrollar el último cigarrillo del día. Tambaleándose de desesperación, todavía sellándolo con la punta de la lengua, llegó a la cocina y encendió la estufa. La explosión fue fenomenal. A duras penas pudieron las autoridades distinguir entre cenizas humanas y cenizas de muebles. El cigarrillo sin embargo les llamó la atención, intacto como estaba.

*

Este ha sido mi relato para el blog Adictos a la Escritura. El tema de este mes: el cuento inverosímil.

miércoles, 19 de marzo de 2014

La Puerta, Magda Szabó

 Este libro me atrapó desde las primeras páginas con una garra feroz. La introducción es mínima, apenas un sueño de sudor frío, tras el que la autora confiesa sin mayor ceremonia:

"Fui yo quien mató a Emerence."

Así se establece la relación entre la escritora y Emerence: la conserje y señora de servicio, una anciana enérgica, orgullosa, inquebrantable tanto en la amarga visión que profesa de la vida, como en la pasión con que la vive. Su generosa actividad no conoce límites o discriminación ni entiende de rechazo o medias tintas.

El retrato de este personaje es eccéntrico, trágico, tierno, a veces divertido, y más que todo eso, sumamente humano, porque nos llega pintado a través de la escritora y su propia visión de lo que acontece. Magduschka describe a Emerence en relación a sí misma, consiguiendo el efecto de una imagen frente al espejo: ambas figuras se mueven al mismo tiempo pero en sentidos opuestos.

A ratos interpreté el libro como una excusa para revelar la naturaleza excesivamente reservada, a veces egoísta, de la narradora. El mensaje escrito es: "Emerence hace y piensa esto", pero entre líneas se lee: "cuando yo hago y pienso lo otro". La belleza de la confrontación entre ambos personajes es que, en un acuerdo tácito, toman turnos para ceder y perdonar a la otra en nombre de una relación difícil de definir y aceptar, y sin embargo preciosa para ambas.

Notablemente en varios pasajes, Magduschka hace alusiones a sus propios secretos, que nunca quedan revelados, al contrario de los de la desafortunada Emerence.

Hacia el final del libro, a través de un solo hecho, queda planteada la compleja dinámica entre la culpa, la capacidad de perdón y las limitaciones de la naturaleza humana. Los últimos capítulos son intensos y están llenos de extremos emocionales. De alguna manera el horror y la belleza se mezclan en el final de la vida de Emerence, dándole al hecho un tono casi épico. El uso simbólico de la imagen de la pañoleta me pareció de una fuerza contundente; muy pocas veces un libro me ha conmovido al punto de las lágrimas, tanto en fondo como en forma. La puerta es un libro impecable, que llegó a mi estante recomendado por el blog de mi gurú literario, Yossi, y diría que llenó por completo mis expectativas.

Magda Szabó es también una de las autoras que he leído para el reto Serendipia Recomienda, organizado por Mónica. El libro me llegó por sugerencia de Marilú en su blog Cuentalibros

martes, 4 de marzo de 2014

Buenas nuevas

¡Hoy tengo motivo de mucha alegría! Los participantes del blog Adictos a la Escritura le han concedido a La tía Clarita el honor de ser el relato más votado de enero. Gracias a los que leyeron, comentaron y votaron. Estoy muy contenta con mi mención ¡y ojalá pueda mantener este ritmo de la pluma! Abrazos miles :)


En otras andanzas por la red, me he encontrado con el blog De palabras y letras y su reto "Leyendo a los clásicos". Yo no he podido resistirme y aquí está la lista de los que me propongo leer en lo que queda de 2014:

El extranjero, Albert Camus
Pedro Páramo, Juan Rulfo
El jorobado de Notre Dame, Víctor Hugo
Otra vuelta de tuerca, Henry James
La dama del perrito, Anton Chéjov

Veremos si me alcanzan estos diez meses :)

viernes, 14 de febrero de 2014

El cuaderno dorado, Doris Lessing

 El primer capítulo del libro se titula "Mujeres Libres". Anna -escritora que vive del éxito de su única publicación- y Molly -actriz de poco talento- son dos amigas, ambas madres solteras, ambas comunistas activas a finales de los cincuenta, ambas seguras de su posición indeólogica en el mundo, pero ambas inseguras de las consecuencias de ello hasta ahora.

Anna se cree incapaz de escribir otra novela pero lleva en secreto cuatro cuadernos: uno negro, crónica sobre su única novela; uno rojo, sobre el partido comunista al que está afiliada; uno azul, su diario; y uno amarillo, el boceto de un nuevo libro cuyos personajes son Ella (Anna) y Julia (Molly). Doris Lessing consigue hacer las transiciones de un libro al otro con tal maestría técnica, que se percibe simultáneamente el desarrollo de los cuadernos, además del caos mental de la protagonista y el punto de vista de quienes la rodean, sin que los cambios de voz sean apenas percibidos.

El tema central de la novela es el proceso interno de Anna (o Ella, su alter ego). Molly es la voz despreocupada que le sirve de oído y soporte. Anna es una mujer inteligente, de emociones complicadas, en guerra constante contra sí misma y contra el mundo, y cuya propia naturaleza inconforme limita sus posibilidades de felicidad duradera.

Como afiliada al partido comunista, Anna es capaz de poner en el tapete el problema de la desigualdad social, el racismo, la guerra, la pobreza, la injusticia, la muerte e incluso el arte, enfrentando al lector con sus propias creencias. Es también capaz de darle al comunismo un lado humano, más que dogmático, al incluir relaciones cotidianas con los otros miembros del partido, sus debates, sus frustraciones, sus decisiones y su discurso cuando se ven obligados a justificarse frente al que piensa diferente.

Como mujer, el problema de Anna-Ella es mucho más complejo: se pasa el libro burlándose del hombre, pretendiendo que no le es necesario, pero cuando se encuentra en una relación sentimental (invariablemente en el papel de amante) experimenta la misma insatisfacción emocional, incluso sexual, que tanto desprecia en las pasivas esposas de la sociedad que critica. Anna-Ella no puede superar el hecho de encontrarse abandonada por su amante. Pero el asunto va más allá de su definición de mujer con respecto al hombre: resiente el hecho de ser mujer por sí solo, y Anna llega al extremo de llamar a su menstruación "una herida que no eligió tener" y en algún momento rompe a llorar, "en nombre de todas las mujeres".

El tono del libro es de amargo desafío. Anna-Ella está siempre a la defensiva, sus diálogos están marcados por una agresividad casi gratuita, producto de su propio conflicto interno. Todos estamos en guerra contra el mundo en algún momento, la cuestión es tener el aguante para permanecer en ese estado constantemente. Confieso que a ratos quería abandonar el libro; es agotador leer sobre un descontento tan agudo por seiscientas páginas.

El último cuaderno, el dorado, es un oasis agridulce, en el que hay una pequeña tregua, una pequeña ventana por la que cabe la esperanza del que lee. En cuanto a Anna y su amante Saul, hay un gesto, una frase que le da todo el sentido al libro, pero yo todavía no sé si la fidelidad a sus credos es el paraíso que en realidad buscan.

*
1. Con esta entrada participo en el reto Escritoras Únicas organizado por Marilú del blog Cuentalibros.

2. Buscando la imagen de la portada en la red me encontré con la caricatura abajo. No pude resistirme a colocarla acá. Mis disculpas, está en inglés :)

www.smallpeculiar.com

domingo, 2 de febrero de 2014

Jane Eyre, Charlotte Brontë

 Esta es mi segunda novela de las hermanas Brontë, luego de Cumbres Borrascosas hace unos años.

El libro abre con un terrible epiosdio en la infancia de Jane Eyre que da tempranas muestras de la fuerza de carácter y resolución que tendrá como adulta a lo largo de la historia. Es probablemente una de las mejores justificaciones que he encontrado en cuanto a la psicología y las acciones de un personaje, y ya después de estas páginas es innecesario explicar lo que Jane siente o por qué: ahora ha cobrado vida, se ha hecho transparente al lector.

La historia no es muy complicada. Huérfana y rechazada por quienes deben velar por ella, Jane pasa años como interna en Lowood, una escuela de caridad. Al graduarse encuentra trabajo como institutriz de la pequeña Adele, la hija natural de Mr. Rochester: un hombre huraño, misterioso, con un pasado oscuro, que por supuesto atrae la atención de la joven Jane. La irrupción de tal pasado en el presente es lo que plantea el conflicto en el libro.

Lo que a mis ojos diferencia a Jane de otras heroínas de la época es que su lucha no es por ir en contra de las convenciones sociales o lograr un matrimonio deseable. Jane no tiene una familia que la obligue a tomar esta decición o la otra en nombre del honor: es más bien una paria con mucho que demostrar. En este sentido es, en cierto modo, una pionera de la mujer moderna. Y este me parece que es el mayor mérito de Charlotte Brontë.

La prosa es hermosa, muy prolija en determinar la atmósfera de los pasajes, pero a veces me parece que esto va en detrimento del libro: pronto me encontré un poco cansada del silencio y la austeridad de la vida de campo inglesa del siglo XIX. La vida rigurosa del pastor St. John añadió a mi sentimiento general y su propuesta a Jane logró conseguir la tan necesitada tensión que estaba deseando.

Confieso que a pesar de mi simpatía por la desventurada Jane, se me hizo un libro un poco pesado: todo es terriblemente gris, frío y lluvioso... y me faltó el relámpago de Cumbres Borrascosas (lo siento, es inevitable comparar). 

Me gustaría, de hecho, revisitar este libro, pero ya eso será después de Agnes Grey, la última hermana que me queda por leer.

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Esta entrada es mi participación en el reto Escritoras Únicas del blog Lo que leo lo cuento de Ana Blasfuemia.

martes, 28 de enero de 2014

La tía Clarita


Se decía en la casa, a veces con tristeza, a veces con orgullo, que a Mamá Fina la democracia de este país le había costado tanto la alegría como la cordura. No hablaba exactamente desde el día del derrocamiento y el único momento en que parecía sonreirle la mirada era los sábados, cuando se ponía en el balcón a cambiarle las flores al cesto y a pulir la bicicleta que había sido de su hija, la tía Clarita.

–Clarita –le decía Diego besándola en la asamblea del Frente Estudiantil– sé mía, luz de mi alma, vamos a casarnos, quiero que seas mi honorable esposa y honorable todo, y quiero tenerte... ¡pero ya! A mí este besarte sin tocarte y verte el cuerpo me vuelve loco, Clarita, no es pecado ni es inmoral cuando la gente se quiere, ¿sabes?

Ese noviembre le parecía imposible el discurso de Diego, con lo que sabían que estaba por venir. Temprano en la mañana ya se escuchaba por los pasillos:

—¡Muera la dictadura! ¡Aunque nos cueste la vida!

La fe en la humanidad después de la asamblea era contagiosa. A Clarita le temblaba la mirada, la voz, las manos. El Congreso de Cardiología estaba todavía tomado por los estudiantes denunciando las atrocidades del régimen, la ilegalidad del plebiscito convocado. Los más atrevidos protestaban en Plaza Venezuela.

—Clarita mía —le advirtió Diego entre la multitud del pasillo— vete a casa, esto se va a poner feo aquí; cuando las cosas se calmen te mando noticias con Lucía.

El fervor era una nube pesada, inmensa, difícil de ignorar y todos estaban impregnados: había abrazos, sudor, himnos, banderas, camaradería, besos entre amantes, ganas frenéticas de libertad.

–¡Seguridad Nacional! –gritó una voz comandante entre el batallón de negro.

–¡Nos daremos por muertos, pero no por vencidos! –respondió Diego en otro grito.

Clarita echó a correr con la multitud, en dirección a la bicicleta, cuando sintió una garra en su espalda.

—¡Pero mira la pajarita que me encontré!

El hombre la empujó dentro del aula con tal brutalidad que cayó y su cara quedó a escasos centímetros del piso. Se abalanzó sobre ella, menuda, delicada, Clarita porque todavía no era mujer, y la dominó con la fuerza y la urgencia de su sexo. Luego la sacó al pasillo arrastrándola por los cabellos, el vestido azul estampado con pequeñas flores rojas rasgado; sangre y semen corriéndole por las piernas. Hubo disparos, golpes, empujones, gritos en los que se mezclaban "salvajes", "atropello", "asesinos", "democracia".

Las garras negras de la SN eran eficientes; si en la lucha se les escabullía un estudiante, eran rápidas en reemplazarlo con el próximo al alcance. Clarita, empujada por la furia del instinto de supervivencia, fue una de las que consiguió escapar. Pedaleó con las fuerzas que no tenía, el cuerpo y el ama en trizas, forzosamente ajena al peligro de las armas, la cárcel y la muerte. No lloraba, pero le dolía terriblemente estar viva.

Ajena al estado físico de su hija, furiosa por haber pasado angustias, Mamá Fina la recibió con una sonora bofetada.

—¡En qué estabas pensando! ¡A ver si esta noche rezas y ves la luz, mira que los hijos ingratos que preocupan a sus madres se van derechito al infierno!

La tía apenas bajó la mirada, pero temerosa de Dios, Mamá Fina y la SN, no dijo nada de lo ocurrido.

La navidad de ese año fue miserable, no sólo por la falsa victoria del gobierno tras el plebiscito, sino porque Clarita había descubierto su embarazo. Ahora tomaba más riesgos que nunca y se iba en la bicicleta a menudo, a repartir volantes de la junta y mensajes clandestinos entre activistas, conciliados en el doble fondo de la cesta, bajo el ramo de flores. Usaba el disfraz de coqueta para regalar alguna si un oficial la interrogaba en el camino. A diferencia de aquel día en noviembre, le importaba poco si en ello se le iba la vida.

A principios de enero se le acabó el juego: Mamá Fina había descubierto sus escapes y había decidido encerrarla bajo llave y sin visitas. La tía no tenía manera de saberlo, pero por las calles corrían, incendiarias, cientos de mechas de bombas molotov, hechas de los jirones de su vestido azul y algunos otros: hubiera sonreído al saber que sus flores iban haciendo la guerra. A Clarita y a Venezuela les sobraron días de tumulto interno para decidir sus destinos, hasta la madrugada del 23 de enero de 1958, en que ambas habían sido liberadas.

A diferencia del país, Clarita no podía superar la desgracia que llevaba en el vientre. No se volcó a las calles a celebrar; ni siquiera pensó en Diego, sino que se fue en bicicleta hasta la Iglesia de Santa Teresa, con el cesto lleno de flores. La multitud agradecida a Dios era tal que no alcanzó a llegar al altar de la virgen, así que volvió a casa con su carga y la dejó allí sin más: una ofrenda informal de perdón. La tía Clarita, callada como siempre, se quitó la vida esa misma tarde y ya desde entonces Mamá Fina no ha vuelto a hablar.

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Este ha sido mi ejercicio para el blog Adictos a la Escritura. La idea del mes es utilizar la imagen dada e incluirla en el género determinado por el equipo del blog, en este caso histórico.

domingo, 5 de enero de 2014

Propuestas para lecturas 2014

Este año me estreno en el asunto de los retos, y comienzo con dos que he encontrado y me han gustado:


El primero, Escritoras Únicas, está lanzado por tres blogs en conjunto. Cada blog ha presentado una lista de autoras, entre las cuales se debe elegir al menos un libro. Yo, como soy asidua lectora de literatura femenina y tenía a unas cuantas de estas escritoras pendientes por leer, he querido participar.

Del blog Lo que leo lo cuento estoy interesada en Charlotte Brontë (Jane Eyre) y George Sand (Lelia).
Del blog Cazando Estrellas elijo a Virginia Woolf (Noche y Día) y Gertrude Stein.
Del blog Cuentalibros me quedo con Doris Lessing (El Cuaderno Dorado) y Unica Zürn (Primavera Sombría).

En cualquiera de los tres blogs se pueden encontrar las reglas exactas del reto. A final de año cada blog sortea un libro y se gana un punto por cada libro comentado.

http://serendipia-monica.blogspot.com/2013/12/reto-serendipia-recomienda-2014.html

El segundo reto es Serendipia Recomienda, en el que cada participante debe recomendar, en la primera fase, tres libros que se hayan leído, con la condición de que sean poco conocidos. En la segunda fase, abierta hasta finales de enero, se debe elegir tres títulos propuestos por los demás participantes. Los libros se van comentando a medida que se va leyendo a lo largo del año. Para la primera fase mis propuestas son:

Cartas de un viajero, de George Sand (ya que estamos con ella). Epistolar. Es un canto a la naturaleza, a las amistades y es testimonio de un profundo amor a la vida. Esta escritora tiene una prosa muy rica y a veces me asombra lo poco mencionada que es, sobre todo cuando se habla de precursoras de la literatura femenina.

Mi vida, de Isadora Duncan. Autobiografía. No, ella no es la primera que viene a la mente cuando se piensa en literatura, así que me imagino que no es un libro muy popular. Está escrito a corazón abierto, con la pasión y la honestidad que caracterizó a la bailarina. Está lleno de observaciones un tanto irónicas (y divertidas) de las relaciones entre hombre y mujer.

Memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra. Novela. Esta escritora venezolana es más conocida por su entonces escandalosa Ifigenia, pero las Memorias... son un canto divertido, tiernísimo y con cierto sabor colonial sobre la infancia de las niñitas de Piedra Azul.

Para la segunda fase he elegido leer:

El barón rampante, de Italo Calvino (a este autor lo tenía pendiente después de su ensayo sobre los clásicos). Lo recomendó Mork del blog The Secret Garden.

La puerta, de Magda Szabó (ya estaba en mi lista de lecturas para este año). Recomendado por Marilú de Cuentalibros.

El niño perdido, de Thomas Wolfe. No conozco sus trabajos, pero he escuchado bastante sobre él; es hora para mí. Lo recomendó Ana de Lo que leo lo cuento.

sábado, 7 de diciembre de 2013

He aquí Palau

"The Palau Diaries" es un blog que comencé hace alrededor de un año, con la idea de dejar notas sobre lo que es vivir aquí, cómo es el estilo de vida, qué puede esperar el recién llegado, a dónde puede ir. Luego de larguísimas consideraciones entre hacerlo público o no, me he decidido por lo primero. Así que les dejo el link (el blog está en inglés). Espero actualizarlo una o dos veces por semana y a los que quieran seguirlo, los invito cordialmente. Ustedes que también escriben blogs saben lo difícil que es promocionarlos. El empujoncito del comienzo se les agradece mucho!

The Palau Diaries

viernes, 29 de noviembre de 2013

La belleza está donde la encuentres: abajo.


El blog de Luzia Pimpinella nos trae su proyecto de fotografía semanal, "La belleza está donde la encuentres". El tema de esta semana: abajo.