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domingo, 17 de enero de 2016

Geografías

Con la luz del sol
se derriten mis alas
sólo encuentro en la oscuridad
lo que me une
con la ciudad de la furia... *

En el espacio de la memoria —o del deseo— es de noche, y hablamos de Cortázar, Quiroga, Borges (yo confieso con rubor que no lo he leído), y Monterroso, y Benedetti que no me gusta.

—¿Oye, y has leído algo de Roque Dalton?

No; se hace el silencio y no importa. Se está bien bajo el cielo oscuro, en un café a las puertas del museo cerrado. Conjuro versos:

También mi sangre bulle
y río por los ojos 
que han conocido el brote de las lágrimas **

La lengua extranjera de mi hija conjura en cambio el presente; es de día y pasamos un puente sobre el mar. Me habla ella de juegos, animales que hablan, se transforman en otro, y 

—Pero mamá, baja el volumen, así no te puedo contar.

 El reino es otro, la magia es distinta. Yo me entrego sin preguntar. La felicidad no puede andar cogida de la mano con los demonios, no, no, porque entonces ya no es felicidad, o es la felicidad triste de mirar una ciudad desde el balcón y preguntarse si más allá hay otro también contemplando la noche, navegando estrellas. No le busco las cinco patas al gato poético, al que le gusta maullarle desventuras al insomnio. No; la felicidad es otra cosa, tal vez una bestia que duerme, un libro cerrado, un árbol que no sabe de sí. En fin, es de día, y mi hija y yo somos dos aves que se llaman en la selva de sus sueños. Es simple.

* La ciudad de la furia, Gustavo Cerati.

** Como tú, Roque Dalton.

viernes, 22 de mayo de 2015

Cerca del corazón salvaje, Clarice Lispector

Juana es un personaje extraño, a pesar de sus observaciones, con las cuales es fácil identificarnos. ¿Es, tal vez, por la honestidad de su aproximación, la misma que preferimos evitarnos incluso en la intimidad del pensamiento?

El proceso de las ideas no siempre tiene estructura; en una especie de caos espacio-tiempo suceden en un espiral que bien puede retraerse en sí mismo o elevarse hacia el infinito. Así, Juana (como nosotros) pasa de una observación a la otra, en saltos gramaticales, con frases y pensamientos aparentemente a medio terminar, en una asociación constante (¿aleatoria?) y sin embargo siempre encuentra lugar de sobra para el lirismo (al contrario de nosotros). No recuerdo otro libro con el mismo tratamiento (ni similar) de las divagaciones a las que nos entregamos, particularmente en cuanto a la forma.

Lispector dirá cosas como: "Al final, ¿qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?" o "Por eso la poesía de los poetas que sufrieron es dulce y tierna, mientras que la de los otros, la de aquellos que de nada se vieron privados, es ardorosa y rebelde." Son frases en apariencia simples pero encierran en sí mismas el germen de un pensamiento complejo que daría para un maravilloso ensayo (filosófico o literario, usted elija), o un debate sobre verdades en la sobremesa con los amigos, o una última idea antes de quedarnos dormidos. Digamos, por ejemplo:

"No veo locura en el deseo de morder estrellas. (...) Si el brillo de las estrellas duele en mí, si es posible esta comunicación distante, es porque alguna cosa semejante a una estrella ha de estremece dentro de mí."

O bien:

"Pero si digo, por ejemplo: flores encima de la tumba, de repente surge una cosa que no existía antes de que yo pensara flores encima de la tumba. Y con la música, lo mismo. ¿Por qué no tocaba sola todas la músicas que existían? — Miraba el piano abierto — allí estaban contenidas todas las músicas..."

A mí el lirismo y el sentido de estos planteamientos platónicos (qué fue primero, el pensamiento o la palabra) me causaron mayor impresión que el divagar de Juana por la vida, su absurda situación tras la muerte del padre, el internado, el profesor, la tía con sus senos asfixiantes, Octavio, Lidia, el callejón concreto y el abstracto. Me pareció lo de menos. Casi me asusta confesar que me encontré enredada en el ovillo mental de Juana, más que ocupada en el desenvolvimiento de los acontecimientos.

Las citas a Spinoza con respecto al amor intelectual de Dios, su perfección y la naturaleza moral de los milagros me dejaron con ganas de investigación, yo que ando buscando al pajarito mandón. En cuanto a Lispector, después de este abreboca no me queda sino hacer una cita obligatoria con La pasión según G.H., ¡y pronto!

domingo, 22 de febrero de 2015

Tú me quieres blanca, Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone), 
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

Man meets Woman, Yang Liu

sábado, 20 de diciembre de 2014

Lelia, George Sand

Fuera de la función de entretener, conmover y enseñar, hay libros que, simplemente, actúan como un espejo.

La trama, en realidad, me parece lo de menos. La historia es un marco en el cual puede la escritora desarrollar sus teorías, exponer sus debates internos y su propias angustias. En Lelia el triángulo Dios-Amor-Humanidad aparece explorado en todas las dimensiones que George Sand pudo imaginar. En un momento u otro la atormentada Lelia, el soñador Stenio y el rígido Magnus exponen con diferentes razonamientos y bajo distintas circunstancias, sus ideas y sentimientos al respecto. Sin embargo, el tema común en los tres es la duda: a veces la tríada tiene un elemento divino y lleno de gracia, a veces es una ilusión, cuando no una condena.

Mientras la duda y la contradicción son por una parte el cristal bajo el que se estudian la vida y las relaciones humanas, por la otra están las verdades absolutas de Trenmor y Pulchérie. En un extremo del espectro, Trenmor se presenta con un estoicismo inquebrantable, templado por la experiencia de su edad y ninguna alegría o tristeza ocupa sus energías. En el otro extremo se presenta la hermana de Lelia, una cortesana entregada a la inmediatez de los placeres terrenales sin cuestionar nada más allá:

"No tengo la felicidad -dijo Pulchérie-. No la he buscado. A diferencia de ti, no he vivido con decepciones. No le he exigido a la vida más de lo que puede darme. He reducido toda mi ambición a saber como disfrutar de lo que existe. He hecho de mi virtud no sentir desprecio y mi sabiduría está en no desear nada fuera de ciertos límites (...) Pero para no caer en la desesperación, me refugio en la religión del placer."

Lelia, en el centro de la trama, aparece como un personaje torturado por su soledad física, emocional e intelectual. Los demás a su alrededor se equivocan al leer sus dudas sólo en el aspecto superficial y como consecuencia interpretan su ironía y su aislamiento como un tipo de esnobismo. En casos hasta ven en su comportamiento un juego deliberado en el que hay fuertes tintes de femme fatale. Lelia percibe el rechazo moral y se aísla a sí misma aún más, creando un círculo vicioso imposible de romper.

"A veces a la luz de la lámpara, buscaba la respuesta a los grandes enigmas de la humanidad en los libros. A veces, arrojada al remolino de la sociedad, abriéndome paso entre la muchedumbre con el corazón vencido, intentaba encontrar una mano, una palabra de aliento que le trajera exaltación a mis emociones. Otras veces, vagando por el campo frío y silencioso, le hacía preguntas a las estrellas y medía, con triste éxtasis, la distancia insalvable entre el cielo y la tierra."

Tenía tiempo sin regodearme en el placer de la prosa florida y los diálogos dramáticos de un libro que, en cuanto a la forma, me parece eminentemente romántico, si bien en el fondo expresa ideas más propias de la Iluminación y el matrimonio de ambas corrientes deja al descubierto sensibilidad e inteligencia exquisitas. Las teorías de los muchos temas que toca Sand son interesantes y encontrarían puesto en los debates contempóraneos, incluso cuando se trata del futuro de la humanidad.

Junto a Lelia hice una relectura de Las cartas de un viajero y me parece que los dos libros se complementan muy bien, especialmente cuando se trata de la exposición de ciertas ideas. 

En una nota personal, siempre me ha sorprendido la ausencia de George Sand en las librerías y entre los grandes nombres de la literatura; pienso que se le ha subestimado injustamente (es más, ni siquiera encontré la edición de Lelia en español, así que la leí en inglés). De momento, en su voz consigo un eco que le sirve de consuelo a mis propias inquietudes sin respuesta. Sé que no soy la primera lectora con tal reacción y esta vaga fraternidad hace que me sienta menos sola ante preguntas que a veces (sólo a veces) rayan en el delirio. Esta ha sido probablemente la lectura que más me ha tocado este año, al punto que estoy considerando coronar a la Sand en mi panteón personal de escritores predilectos.

Con mucho placer leí esta novela para el reto Escritoras Únicas, propuesto por el blog Lo que leo lo cuento.

Ya que estamos en esto, gracias a Marilú, Ana y Meg por organizar el reto Escritoras Únicas, que disfruté este año. Gracias también a Mónica por hacer posible Serendipia Recomienda y a Cydalima por Leyendo a los Clásicos. Si bien algunos libros se me quedaron por fuera en estos retos, he conocido nuevos autores también a través de estos blogs.

Este año agradezco especialmente a Adictos a la escritura y sus participantes por la acogida que le dieron a La Tía Clarita, que el próximo año pasa a una nueva etapa.

¡Gracias, blogueros y blogueras, por sus visitas y comentarios! 

Que pasen felices fiestas y que el próximo año les traiga muchas dichas, entre ellas la buena lectura :)

¡Nos leemos en enero!

Google Images

martes, 25 de noviembre de 2014

Las Mariposas


Existieron tres mariposas: 
una amaba a Dios, 
la otra a un hombre, 
la última la libertad.

Todas tuvieron el vientre lleno, 
ahora de hijos, 
ahora de esperanzas.

A las mariposas les robaron el aleteo 
por temor al vendaval de su vuelo.

Que no llore la tierra: 
aún se canta poesía,
 ahora es que nos queda cielo.

*

Amén de mariposas

Hoy, veinticinco de noviembre

sábado, 27 de septiembre de 2014

Los pasos perdidos, Alejo Carpentier

He llegado tarde a este encuentro y es casi imperdonable. Carpentier es uno de esos autores que me hace preguntarme para qué escribo yo y qué persigo exactamente con mi actividad, porque lo que es decir las cosas con belleza y contundencia, eso ya está hecho en Los pasos perdidos.

Probablemente hay algo de parcialidad de mi parte: no puedo, desde esta nostalgia, leer sobre la selva, el tepui ni la churuata sin que me tiemble un poco el alma. Viajé, me enredé entre las lianas, hundí las huellas en la tierra blanda, me dejé asombrar y acunar por el paisaje-madre. Sé, sin embargo, que esas tierras y yo somos ajenas la una a la otra, y he aquí donde la historia consigue crearme tensión. 

El protagonista llega de la ciudad con una misión en particular, pero viaja ya hastiado de lo que deja atrás. Naturalmente la selva representa la alternativa, la salvación y a ella se aferra, de ella se enamora. La ennoblece. Quiere quedarse. Comienza el proceso de echar raíces y convencerse a sí mismo del fruto de su trabajo, todo ello sin darse cuenta de que es un extranjero en el paisaje. Todos lo ven y lo saben, excepto él. Es desgarradora su ingenuidad.

Hay algo de arquetípico en los personajes de Carpentier: los he visto antes en fotografías sepia y ahora, por primera vez, me han hablado, y lo han hecho con voces que tienen la suavidad de las verdades bien sabidas. Los Yannes, los Adelantados, las Mouches y las Rosarios suceden en la selva como suceden los hijos a sus padres generación tras generación.

Hay también cierta universalidad en algunos planteamientos (más bien preguntas) sobre las civilizaciones antiguas y modernas, cómo se comparan, cuál es el parámetro con que se mide el progreso del hombre, qué validez representan la ciencia, el arte, las teorías y las academias frente a los instintos más primordiales del hombre.

"He llegado a preguntarme a veces si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado (...) Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema."

Hablemos de lirismo.

Para el reto Leyendo a los Clásicos me había apuntado con El reino de este mundo, pero no pude resistirme a un libro ambientado en Venezuela, no sé si se vale :)

sábado, 22 de febrero de 2014

Lo dijo Ovidio



"Más ligero que una pluma es el polvo; más que el polvo, el viento; más que el viento, la mujer; más que la mujer, nada."

(Encontré esta cita al leer Soy un gato, de Natsume Soseki)

martes, 24 de septiembre de 2013

Lo dijo Calvino

"... no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después tus clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela... "

viernes, 8 de febrero de 2013

Mi niña


Entre asombro y duda, mi niña viene con una polilla. A pesar de la seda de sus alas, vista así de cerca, su muerte es más bien grotesca. "Mira, mamá", me dice, "una mariposa".

Mi niña llega a la misma hora que el atardecer: su tesoro de conchitas quebradas, gastadas por las olas y sus pasos de arena, agua y sal, traen la canción del mar a mi casa.

Mi niña sin saberlo se pelea con el orden impuesto a las cosas; no entiende la etiqueta de las mentiras blancas, le aplica una matemática aleatoria al tiempo.

Cuando mi niña cierra los ojitos, entiendo el verdadero sentido de la poesía: no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.*

A veces mi niña sonríe, y a mí el universo y sus misterios me caben en los bolsillos.

Hoy, ocho de febrero.

* "no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme" es un verso de Nocturno, de Oliverio Girondo. El libro es Veinte poemas para ser leídos en el transvía.

sábado, 5 de mayo de 2012

"Dice Rilke


que todo comienzo es bello. Yo quiero comenzar hoy. Pero ¡qué gran humildad se necesita! ¡Sembrar en campo estéril, contando sólo con el azar! ¡la lluvia inesperada! La vida interior es un mundo maravilloso, a condición de que en ella nazcan y se muevan las cosas, o se reflejen las de afuera. ¿A qué profundidad misterios se encuentra esta mía que sólo pasa por instantes, tan caprichosa, tan opaca y tan rápida que ni siquiera pueda exprimirla yo misma en palabras?" 

-Teresa de la Parra

martes, 1 de mayo de 2012

La niña buena


Raras, rarísimas veces miro el pasado con ojos de nostalgia o arrepentimiento. Hoy es una de esas veces. La sesión de fotos de hoy me recordó mis tiempos de trabajar en visual merchandising y me hizo extrañar el diseño, las galerías de arte, la ciudad, la fotografía, miles de luces.

Hay días en que tengo mis dudas, mis pies en las dos canoas y no sé si debería retomar el diseño luego de una larguísima pausa de siete años. Luchar contra mí misma y mi percepción no tener en realidad talento o interés apasionado por el asunto. O si debería ir suavecita conmigo misma, seguir por la senda universitaria (segunda ronda) y continuar con los números que se me dan pecaminosamente fácil, hacer como el poema de Cortázar y decir:

No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies,
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal, opto
por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo
bajo la rabia de gendarmes y niñeras.

Me siento un poco vieja, como que renuncio a la cosa. Por el otro lado pienso: los gustos cambian. La simplicidad me ha dado una vida más feliz; de eso no me queda la menor duda. Supongo que tengo mis días. Ha sido un sueño larguísimo mudarme de país, casarme, mudarme de país otra vez, tener una hija. Algo de fidelidad propia se queda siempre. Y escribo.

Los Hijos Infinitos


de Andrés Eloy Blanco

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños... (seguir)

lunes, 30 de abril de 2012

jueves 15 de marzo de 2012




Sabia era Teresa de la Parra cuando decía que a los muertos, entre más queridos, más en paz se les debe dejar. Ciertas voces del pasado leves y lejanas, como el canto de las sirenas, me han arrullado los sueños de esta última semana. He sentido la tentación y, como el asesino, ando buscando la oportunidad y el motivo. Pero la nostalgia es una excusa muy pobre en estos casos, y si no, que lo digan las Memorias de Mamá Blanca:

"...Donde estaba la sala había el comedor y donde estaba el comedor había la sala; donde había antes una puerta estaba ahora tapiado y en donde estaba una pared lisa había ahora una puerta nueva acompañada, si era posible, por una ventana. Sobre la tierra que llevó nuestro huerto ameno, talados los árboles, se alineaba geométrico un jardín a la inglesa, y en el terreno que ocupaba nuestro jardín oloroso había un huerto rasurado donde crecían, párvulos raquíticos, multitud de árboles exóticos. ¿Qué se habían hecho los rosales y los jazmineros de Mamá, que tan a menudo se abrazaban y enrollaban juntos? ¿Dónde estaban los guayabos, la acacia grande, los árboles de pomarrosa, guanábanas y guayabitas arrayán? ¿Dónde estaban los bambúes cantadores con sus zapatos de terciopelo, donde escondían pícaros la maldad de sus "pelitos"? ¡Como Aurora, como Evelyn, como nosotras, todos ellos se habían ido!
...
Mamá tenía razón: debemos alojar los recuerdos en nosotros mismos sin volver nunca a posarlos imprudentes sobre las cosas y seres que van variando con el rodar de la vida. Los recuerdos no cambian y cambiar es ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados, volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los arboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses, doloridos, nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lagrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros."

Yo digo que pasaría lo mismo si fuera al revés y nos encontráramos nosotros queriendo ir a visitar a esos mismos muertos, porque ellos también cambian, se arrugan, se vuelven grises y ajados: tendríamos que regresarnos calladitos, llorosos y apaleados a esta cosa otrora divina que llamamos vida.