domingo, 16 de febrero de 2020

M Train, Patti Smith

Sólo puedo hablar de mis lecturas en cuanto a las impresiones o asociaciones que me provocan desde un punto de vista estrictamente íntimo y personal. Lo demás se lo dejo a los críticos literarios.

Enmarcado en el vagar de Patti Smith entre cafés a lo largo de su vida, el encanto de Train M es haberme ofrecido dos placeres que no he tenido desde mi vida en una islita remota donde todos se conocen. Uno, es el recordatorio de la sensación de libertad que da ser anónima y sentarse a llenar un papel en blanco en un café cualquiera sin ser perturbada (apenas, con suerte, percibida) en el paisaje urbano. El otro placer es en mi caso más bien parecido al sueño o la memoria de sentarme a tener alguna conversación literaria con alguien, en algún café de alguna ciudad, cosa que confieso me hace pensar vagamente en los años felices del taller de narrativa en Caracas.

Hay algo entrañable en la simplicidad de los relatos de Smith con su tono honesto y sin pretensiones, a pesar de narrar viajes por todo el planeta a cuenta de una conferencia, una entrevista, o una invitación especial en su rol de artista: experiencias a las que no tenemos acceso el común de los mortales.

Smith no narra sus historias con la demarcación ordinaria de un principio y un final en el tiempo o el espacio; tampoco habla en tono de hazaña al estilo veni vidi vinci. Al contrario, cada episodio está contado desde un punto de vista cálido, un poco desprendido del "yo" en sus menciones casuales a referencias culturales contenidas en un libro, un autor, una canción, una película.

Por otra parte, las asociaciones y memorias personales son retazos sueltos con los que es posible comulgar desde la posición de lectores: una servilleta garabateada a toda prisa, una silla colocada en cierto ángulo en el cuarto de un hotel, una tumba, una fotografía. Un aspecto que encuentro particularmente fascinante en cada escrito descansa sobre los hombros del universo onírico de Smith, cosa que me causa cierta envidia: de un tiempo para acá raras veces recuerdo mis sueños, y cuando los recuerdo pocas veces están vestidos de poesía, o no sé cómo hacérselos. 

Esa habilidad para evocar pequeños gestos y objetos, y tejerlos con referencias a trabajos reconocibles es lo que hace nacer la identificación y simpatías necesarias para prestar oídos a lo que finalmente no deja de ser un grupo de anécdotas.

Train M tiene algunos pasajes bien logrados, algunos líricos y otros llenos de humor irónico, en general llenos de reflexiones que es posible volver a visitar una de esas  tardes en las que uno se para frente a la biblioteca a sacar los libros ya leídos al azar, abriendo las páginas marcadas y encontrándose o no con las propias memorias (un hábito personal). Por lo demás, es un libro algo dulce, difícil de asociar con la música y las letras de Patti Smith, y lo mismo que un café, es disfrutable, puede que incluso memorable, pero eventualmente ya vendrá el próximo. 

Después de Train M me propuse abordar "El Maestro y Margarita" que acabo de terminar,  y le di una corta visita al universo de Kurosawa hace algunas semanas. A la Smith se le agradecen las referencias.

miércoles, 15 de enero de 2020

La felicidad no sabe

de afanes de tiempo y espacio; será por eso que pone su residencia permanente en los verbos de la memoria y la imaginación, y sólo pasa a visitarnos de vez en cuando en el presente.

Para que quiera quedarse un rato, sería mejor recibirla con gratitud, invitarla a un café, sonreírle, pedirle que vuelva pronto.

Cuando no es cuestión del azar tocando a la puerta, la felicidad se parece más a un jardín interior: todos nacemos con nuestra parcela de tierra, un manantial de agua y semillas infinitas; es cuestión de saber qué hacer con todo eso.

No siempre el jardín tiene la tierra preparada, ni mucho menos es el kit de un terrarium de vidrio, de esos que venden en las ferreterías y viveros, un DIY talla única; viene de los edificios derrumbados, de los que es necesario limpiar los escombros, fertilizar, arar, sembrar, regar, ver crecer y florecer: cosas todas que toman su trabajo.

Y su tiempo.

domingo, 5 de enero de 2020

La gran piedra,

el beso mortal de su peso

siglos de silencio.

Si está viva o muerta, otro misterio.

La gloria del maestro tallada en el lomo del esclavo:

el esplendor del nacimiento del Hombre

raptos, guerras, héroes y dioses

coronas de laurel, de oro, de espinas.

Todo tiene su fin

la adorada piedra

tan sólo un vestigio.

domingo, 7 de julio de 2019

Memoria del fuego, Eduardo Galeano

Esta es una de las lecturas más enriquecedoras que he tenido últimamente.

Nunca he sufrido de patriotismo ni orgullo de raza, y creo, de hecho, que mal entendidos como tienden a ser, forman parte de los grandes males de la humanidad. Pero he experimentado una exquisita fascinación con la trilogía de Memoria del fuego de Galeano: la Poesía de los colores, los sonidos y los nombres le dan vida a los pergaminos muertos de la Historia. Los hilos sueltos de fechas, lugares y protagonistas quedan entretejidos para mostrar un telar hermoso y coherente de América Latina, cosa que no he visto lograda antes en mis libros sobre el tema. Dos cosas hacen de esta trilogía una aproximación única, que la hace memorable: la estructura y el tono.

En cuanto a estructura, la Memoria del fuego está escrita en orden cronológico, con cada libro abarcando uno o dos siglos, pero hasta aquí llega su parecido con otros textos sobre historia. Cada libro está dividido en capítulos que solamente indican el lugar -una ciudad, una montaña, un valle, una iglesia, una calle- y el año del acontecimiento a ser narrado a grandes rasgos, resultando en una cadena que demuestra el inmenso parecido entre nuestras naciones. Cada capítulo es corto, cortísimo, y puede ir de unas pocas líneas a un máximo de dos páginas, haciendo la lectura dinámica.

El tono es rico y variado, y cada historia tiene el género que le pertenece, pasando por la tragedia, la comedia, el ensayo, la poesía. Se habla de religión y naturaleza, de política y rebeliones, de hombres y mujeres que se bajan del peldaño del heroísmo o el colectivo para convertirse en seres humanos que sufren, ríen, causan vergüenza o son un canto a la esperanza. A veces incluso tuve la sensación de estar escuchando a mi abuela en su casa en el campo, contándome una historia de su infancia.

Otro punto notable es que Galeano incluye pasajes relativos a Norteamérica; primero por compartir un pasado de gentes violentamente despojadas de su tierra y su cultura; y segundo por convertirse gradualmente en el gigante que explota y exprime al sur, y aún así tiene habitantes que luchan por las mismas cosas. He aquí un capítulo de cada libro:

I. Los Nacimientos
1531, Ciudad de México: La Virgen de Guadalupe

"Esa luz, ¿sube de la tierra o baja del cielo? ¿Es luciérnaga o lucero? La luz no quiere irse del cerro de Tepeyac y en plena noche persiste y fulgura en las piedras y se enreda en las ramas. Alucinado, iluminado, la vio Juan Diego, Indio desnudo: la luz de luces se abrió para él, se rompió en jirones dorados y rojizos y en el centro del resplandor apareció la más lucida y hermosa de las mujeres mexicanas. Estaba vestida de la luz que en lengua náhuatl le dijo: “Yo soy la madre de Dios.”

El obispo Zumárraga escucha y desconfía. El obispo es el protector oficial de los Indios, designado por el emperador, y también el guardián del hierro que marca en la cara de los indios el nombre de sus dueños. Él arrojó a la hoguera los códices aztecas, papeles pintados por la mano del Demonio, y aniquiló quinientos templos y veinte mil ídolos. Bien sabe el obispo Zumárraga que en lo alto del cerro Tepeyac tenía su santuario la diosa de la tierra, Tonantzin, y que allí marchaban los Indios en peregrinación a rendí culto a nuestra madre, como llamaban a esa mujer vestida de serpientes y corazones y manos.

El obispo desconfía y decide que el Indio Juan Diego ha visto a la Virgen de Guadalupe. La Virgen nacida en Extremadura, morena por los soles de España, se ha venido al valle de los aztecas para ser la madre de los vencidos."

II. Las caras y las máscaras
1818, Campamento de Colonia: La guerra de los de abajo

"Ya es puro pueblo desnudo la tropa de Artigas. Los que no tienen más propiedad que el caballo, y los negros, y los indios, saben que en esta guerra se juega su suerte. Desde los campos y los ríos, acometen a lanza y cuchillo, en montonera, al bien armado y numeroso ejército del Brasil; y en seguida se desvanecen como pájaros.

Mientras tocan a degüello los clarines en la tierra invadida, el gobierno de Buenos Aires difunde propaganda dirigida a quienes tienen bienes que perder. Un folleto firmado por “El amigo del Orden” llama a Artigas un genio maléfico, apóstol de la mentira, lobo devorador, azote de su patria, nuevo Atala, oprobio del siglo y afrenta del género humano.

Alguien lleva los papeles al campamento. Artigas no desvía la mirada del fogón:

-Mi gente no sabe leer -dice."

III. El siglo del viento
1976, Libertad: Pájaros prohibidos

"Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada a la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

-¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

-Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

-Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas."

miércoles, 29 de mayo de 2019

La soledad es como la luz

y se hace diferente con las horas del día: al amanecer y a la puesta de sol; a mediodía; en los días nublados; en las noches claras y las de luna nueva.
 
Me gusta la soledad del café en la mañana antes de que todos despierten; es un pequeño santuario antes de la avalancha de deberes: es un espacio para meditar, a su manera un pequeño himno a la esperanza que el alma entona como cantan los pájaros sus buenos días.
 
La soledad del día es, entre las insidiosas, la más llevadera, la más distraída, mientras uno va -sin contar- llenando el tiempo con ocupaciones, unas con más sentido que otras, que nos llenan más que otras, que serán al final por fuerza de la cifra promedio -queremos pensar- nuestra huella en el mundo.
 
Está luego la soledad del crepúsculo, después del ajetreo del día y su río de gente, un pequeño remanso antes de las últimas actividades del día: la tarea de la niña, la cena, las conversaciones en familia sobre las impresiones del día que eventualmente desembocan en un tranquilo silencio.
 
La soledad de la lectura o la escritura antes de dormir es probablemente mi momento favorito del día, aparte del café en la mañana.
 
La soledad de la cama vacía me deprime terriblemente, sobre todo cuando la descubro de madrugada, porque soy supersticiosa y me lleno de malos presagios que terminan siendo infundados: era cuestión del insomnio ajeno.
 
La soledad de mis propios insomnios es hondísima y me da la impresión de misterio a cuenta de su silencio, a pesar de que en la oscuridad están, después de todo, la misma casa, los mismos muebles, el mismo balcón: adoro esta soledad de ideas que se despiertan y, rebeldes, no se callan hasta que cobren cuerpo en el papel.
 
Nada me crispa más los nervios que las largas horas de la soledad de los eventos sociales, tan propicia a las conversaciones triviales con completos desconocidos que no volvemos a ver jamás.
 
Evito con gran pavor el horario corrido de la soledad colectiva de las redes sociales.
 
Pero encuentro dos soledades sin hora fija gratas a mi alma: el momento creativo, sobre todo cuando las cosas van tomando forma, felizmente y sin prisas, y el regreso a casa tras la comunión con otro ser humano, cuando voy por el camino recogiendo impresiones, comparando notas y puntos de vista, y con suerte reflexionando sobre el matiz de alguna idea que no había tenido antes.

viernes, 19 de abril de 2019

Ceremonias

A propósito de Notre Dame

Arderán las catedrales con sus techos y vitrales, sus cirios y murmullos: se vendrán abajo con la fe de sus creyentes.

Una mujer parirá con dolor, y la enfermera le dirá con voz grave: c’est la guerre, madame; ella acunará a su criatura tibia en comunión con la vida, haciendo oídos sordos a las malas nuevas.

Se derrumbarán los imperios de sal y piedra, besarán el piso las copas de los árboles con su carga de frutas y el viento pasará silencioso sin el rumor de las hojas; nacerán nuevos caminos del vientre negro de la tierra, y en ellos echarán a andar anónimos pasos a través de los siglos.

En alguna fiesta una muchacha será hermosa, muy hermosa, por virtud de su juventud: bailará despreocupada y ajena, y los que la observan pensarán en la alegría de estar vivos.

Se apagarán las luces, amanecerá, alcanzará el sol sus cénits y contarán los hombres sus equinoccios y solsticios.

Habrá un niño repleto de asombro en los ojos y los labios; habrá un anciano con los pies curtidos de andar: ambos hablarán el mismo idioma y echarán la risa a volar ante el desconcierto de las gentes de bien.

Un día las cosas tendrán sentido para algún bianeventurado, profeta o moribundo.

Ocurrirá todo en un futuro no muy lejano, habrá ocurrido ya en el pasado, será el presente de algunos en un universo en espiral, en silencio, en mapas imposibles dibujados con la tinta del hombre que se pregunta.

Seguirán naciendo los niños, los pájaros, las estrellas, la poesía.

domingo, 7 de abril de 2019

Esperanza

la cena a tiempo
los cultos, los templos
al final todo es ceniza
la vida sólo quiere vida
y por ello las flores

sacrílegas
de papel, de seda

naturales
en jardines bien cuidados
ignoradas en un valle
banderitas aleatorias del universo

mis favoritas sin embargo

las invisibles
esas capaces de retoñar
en el más oscuro recoveco
entre un latido
y el siguiente

sábado, 23 de marzo de 2019

Fondo y Forma

“Qué cosa extraña son los diarios: lo que se omite es más importante que lo que se escribe.” -Simone de Beauvoir

Virginia Woolf
Diarios de locos, encuentros con demonios internos que deberían ser exorcizados frente a un confesionario, un manicomio, un centro artístico.

Diarios de periodistas de los días que describen minuciosamente el qué, el quién, el cómo.

Diarios de editores que recogen de la vida los fragmentos bonitos y es lo que deciden plasmar.

Hay los crípticos que no se pueden descifrar ni ellos mismos.

Hay los genéricos que llevan lo individual a lo colectivo y tal vez buscan validación en la experiencia común con el otro.

Hay los diarios de la periferia: sobre lo exterior, lo otro, lo ajeno al yo.

Frida Kahlo

El común denominador es que los diarios pueden ser de todo, menos deshonestos.

Diarios escritos; diarios visuales; diarios que van reuniendo los pedacitos sueltos del día a día: un boleto de tren, el recibo de una compra feliz, la etiqueta de una botella de vino; diarios de citas que alguien dejó en la historia.

Frases sueltas, largas disertaciones filosóficas.

Sylvia Plath
Diarios todos los días, todas las semanas, anuales o según lleguen los huracanes. Diarios despedazados, quemados, engavetados, descubiertos, publicados.

Bajo llave, bajo lluvia.

Diarios que inspiran, diarios que destruyen.

Diarios líquidos que van de la palabra a la imagen y viceversa. Diarios que leemos, diarios que escribimos.

Diarios efímeros: muerte de estrellas de otras galaxias.

domingo, 22 de julio de 2018

Salvo el Crepúsculo, Julio Cortázar

Esta vez Cortázar y yo nos vamos poniendo más personales, y es necesario notar que lo estoy leyendo apenas me despierto, antes del café y antes de los rezos, yo que en esos rituales indispensables nunca dejo de buscar a dios, ese pajarito mandón.

Confieso que al principio Cortázar no me gustaba: como el amor, las lecturas tienen su tiempo, y por aquellos días estaba yo empeñada en un amor y en una Europa que resultaron imposibles y, así descorazonada, venir a leer lo de Rocamadour me hizo preguntarme: para qué enamorarse, para qué nada, si Holiveira con sus haches fatídicas no es más que un perro con hambre y su poesía cenizas.

Después hicimos las paces (digo Cortázar y yo; con Holiveira necesitamos más tiempo) y el hombre me hizo sonreír con el pulóver imposible, y me hizo comerme las uñas con La noche boca arriba, y llorar un poco con su Final de juego: digamos que para entonces ya había aprendido que las aventuras amorosas y las lecturas no eran monocromáticas, y estaba dispuesta a asomarme al caleidoscopio.

A lo de ahora: se le agradece a Cortázar su interludio de pequeñas notas entre poema y poema, porque parecen una conversación con el lector, con sus anécdotas sobre el gato que salta a la mesa, el diálogo mental con Polanco y Calac, un desorden de carpetas y notas amarillas que le dan vida a un proceso otrora quirúrgico, como en las Grandes Antologías: este es el libro, punto y aparte. 

Se le agradece a Cortázar su desdén por la forma prescrita:

Me apenaría que a pesar de todas las libertades que me tomo, esto tomará un aire de antología. Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes, desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles.

El resultado es un libro orgánico, un lector que vaga por una ciudad que no conoce y cuyas calles es innecesario nombrar: basta con saber que había un café donde tres poetas debatían sobre un libro, que la luz era tersa, que olía a lluvia, que las mujeres eran hermosas e indiferentes, que había postales de Grecia, que en una vidriera uno se encontró una cajita de música y reconoció la melodía de una estela en una encrucijada.

Basta, pues, cerrar la cajita, pasar la página, salirse de esa geografía y guardarse los recuerdos del viaje, así, sin souvenirs, sin ayuda de la Polaroid, a punta de esos encuentros a deshora, los verdaderos.

domingo, 15 de julio de 2018

Refugio


 Viajó la flor desde su árbol madre, sin saberlo, sin entenderlo, sin importar, y quedó solitaria en la playa, destinada a echar raíces en un suelo de sal, regado tan sólo por las mareas.

Viajé yo desde una larga ira sin justicia, sin entenderlo, sin importar: igual los astros seguirán su curso, ajenos a la simbología que tan pródigas otorgan las soledades en sus silencios.

Y así, la flor y yo nos encontramos en una breve caricia, sin grandes pretensiones, 
hermanas en una tarde cualquiera de julio.



domingo, 1 de julio de 2018

Horror vacui

a mi hermano

el cielo
éter
años luz
la prueba del misterio

suspiros de vírgenes desfloradas
el último aliento
lamparita de Aladín encendida
sólo para los niños
los pájaros
los que sueñan

diadema para reinas muertas

camino
laberinto
encrucijada
de miradas perdidas
y encontradas

el cielo
gran boca del universo
que calla y truena
ante oráculos y oraciones

y aún así
los eternos hombros cansados
siguen buscando en la noche
su estrella fugaz.

domingo, 20 de mayo de 2018

El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers

De todos los libros que leí el año pasado, este es el que me ha quedado rondando más en la cabeza por su fuerza, su simplicidad y su universalidad en cuanto a la soledad y la búsqueda interior inherentes a la condición humana.

En la vida en un pequeño pueblo del sur norteamericano, del que no se menciona el nombre, las interacciones entre habitantes son cotidianas y breves, sin sorpresa, sin conflicto. Cada personaje es, sin embargo, un peregrino que busca oídos a sus problemas, sus sueños, sus tesis de vida, sus soluciones. Cada personaje está tan  consumido por su voz interior que es incapaz de escuchar a los otros, y este gran desencuentro colectivo es la eterna tragedia humana, el eje del libro.

En el centro de este eje, está el sordomudo John Singer, quien alquila una habitación en casa de la familia Kelly, donde la adolescente Micky vive con su familia. Sus días transcurren apaciblemente entre su nuevo hogar, su trabajo, cenas en el bar local, y ausencias ocasionales del pueblo: Singer visita a su amigo sordomudo Spiros en el manicomio, en un esfuerzo vano por reanudar la amistad que tenían antes de las primeras señales de locura.

La condición de Singer es un elemento doblemente clave en el hecho de convertirse en el depositario de confidencias de varios de los personajes, y no poder hablar de sus propias carencias. Su propia incapacidad de comunicarse ejemplifica la tendencia humana a proyectar lo interno en lo externo:

“Los ricos pensaban que era rico y los pobres lo consideraban otro hombre pobre como ellos mismos. Y no había manera de probar la falsedad de estos rumores que crecieron hasta hacerse maravillosos, reales. Cada hombre describía al mudo como deseaba que fuera.”

Mientras tanto, Singer le escribe en vano a Spiros:

“Son todas personas muy ocupadas (...) Con esto no quiero decir que trabajan día y noche, sino que tienen muchos asuntos en la cabeza que no los dejan descansar.  Vienen a mi habitación y me hablan hasta que no logro entender como una persona puede abrir y cerrar tanto la boca sin agotarse (...) Y todos tienen algo que aman más que comida, vino, sueño o la compañía de amigos. Por ello es que están tan ocupados siempre.”

Los “muchos asuntos” que cada personaje tiene en la cabeza son un vasto universo, exquisitamente entretejido, que va desde amores no correspondidos hasta incisivas críticas al sistema social. De todos los dramas que se desarrollan, el de la jovencita Micky atrapada en el umbral de la adolescencia es el más bellamente desolador, el que mejor le sirve de voz a algunas de las reflexiones más profundas de McCullers hacia el final del libro, que no puedo citar sin desvelar el desenlace de la trama. He archivado este libro en el anaquel dedicado a mis favoritos, los primeros en ser rescatados en caso de incendio, y me parece uno de los mejores que he leído en algún tiempo, tal vez junto a Las Uvas de la Ira.

martes, 15 de mayo de 2018

Luz al final del laberinto

Anoche soñé con Gus. Estábamos en Nueva York que, transfigurada y extrapolada como sucede en los sueños, era pequeña y de calles angostas y atiborradas como las calles del casco central en Caracas. Habíamos quedado en encontrarnos, y siendo ambos extranjeros en la ciudad, tuvimos un desencuentro que sufría además de la doble angustia de saber que el otro estaba cerca, quizás a un par de cuadras, y no podernos decir: estoy en la calle tal, al lado de tal plaza, nos conseguimos en tal café.

Estaba yo en el Ground Zero, que en mi sueño era un museo subterráneo y gris donde se hacían visitas guiadas a ninguna parte excepto a la memoria intangible de miles de fantasmas. Las escaleras mecánicas se movían de tal manera que a pesar de intentarlo no conseguía yo salir de ahí al encuentro con Gus.

De una esquina milagrosa apareció mi querida Semíramis que logró finalmente juntarnos y de la misma manera desapareció por algún otro recoveco de la ciudad. Luego Gus y yo dimos vueltas en el carro mientras teníamos alguna conversación literaria-filosófica de aquella nacidas en nuestras tertulias, y este fue nuestro último intercambio de palabras, comenzando con él:

-¿Sabes por qué decidí que íbamos a ser amigos?
-No...
-Hubo un día, quizás no te acuerdas, y yo te dije que éramos una raza sin esperanza, una cuerda de desahuciados, ¿y sabes lo que me dijiste?
-No...
-Dijiste “¡Pero si tenemos miles de estrellas!”

Y me desperté contenta con ese optimismo de palabras que, sin ser lo natural en mí en el mundo real, es contagioso esta mañana.

lunes, 30 de abril de 2018

Naturaleza Muerta



metras o canicas
china
A Joaquín el llanto contenido, fijo en las pocas canicas que le quedaban en las manos, le hizo borrosa la mirada. En ese espejismo de lágrimas anegadas en los ojos, sus preciados trofeos convertidos en prisma se parecían al agua de la playa corriendo entre sus dedos.

De tantos juegos ganados con pulso de cirujano, contra los segundos después del timbre de final de recreo, contra niños más grandes, contra el regaño por los pantalones domingueros sucios de tierra, esto era todo lo que ahora quedaba. ¡Sebastián, que en todo metía sus narices! ¡Sebastián, que igual no sabía ni qué hacer con las canicas! Joaquín estaba harto del cuento aquel, según el que un hermano mayor siempre debe cuidar del menor, compartir con él, protegerlo de los bravucones, ayudarlo, enseñarlo a hacer cosas de niños más grandes, como trepar un árbol, disparar chinas, hacer que las piedras reboten al tirarlas al agua. ¡Eso, eso era! ¡Ya que no podía tenerlas en paz, se iría a la playa a botarlas todas, todas! Las puso en su vieja lata golpeada y allí las dejó, en espera del momento oportuno.

En la tarde lo hizo. Llegó a la playa, que no era arenosa; su orilla estaba poblada de guijarros mezclados con conchas de caracoles y trozos de corales que ya habían perdido su filo por el paso del tiempo, las aguas. Joaquín puso la lata no muy cerca de la orilla a sabiendas de la marea que subía, y el leve tintineo de las canicas le hizo eco al crujido de las piedras bajo sus pasos.

Recogió la primera canica con un ensayado gesto distraído, acariciando su redondez antes de arrojarla. Sin llegar a alzar el brazo la dejó caer en la lata y agarró, en cambio, una piedra que alcanzó buena distancia en el agua. Más allá venía flotando uno de esos maderos caídos del manglar. Joaquín lanzó otras piedras y se dedicó a pensar en lo que podía hacer con aquel madero, en un esfuerzo por retrasar la partida de sus canicas. ¿Algunas chinas? ¿Un garabato para colgar sus cosas fuera del alcance de Sebastián? Decidió nadar y traerlo a la orilla para revisarlo bien y decidir.

A medida que se acercó descubrió que no se trataba de un madero, sino de una muchacha que flotaba sin vida, las algas de su cabello oscuro envolviéndole la cara. Debía ser tres o cuatro años mayor que él, los labios entreabiertos entregándole sus secretos a las aguas. Joaquín se quedó inmóvil, paralizado entre el terror de la muerte y la belleza del cuerpo joven: las curvas de los senos y caderas, la seda del vello púbico.

Jamás había visto a una mujer desnuda.

Las aguas continuaban su ascenso, trayendo a la muchacha más cerca de Joaquín, y sólo la posibilidad de ser alcanzado por aquella mano fría lo hizo reaccionar, nadando como sólo se puede nadar en pánico: torpemente, demasiado rápido para el corazón, demasiado lento para la percepción. Llegó a la orilla con las piernas temblorosas, a tropezones, mirando atrás cada cierto tiempo para encontrar siempre la misma visión, y gritando auxilio con una voz nueva que aunque pregonaba la muerte, anunciaba vida. Nadie andaba por aquellos lados, y tuvo que echar a correr. Las canicas se quedaron atrás, olvidadas a merced de la marea.

Nota: En Venezuela las "canicas" se llaman "metras"... pero "canicas" me sonaba más rico, por eso  decidí usarlo :) De las "chinas" no me sé otro nombre...

jueves, 19 de abril de 2018

Ausente

Puedo estar triste,
ser una con el silencio de la noche,
venir insomnio y espada en mano
a enfrentar dragones
que de humo y de sombra
no son por ello menos fieros.

Puedo
comulgar en esta pira milenaria,
encontrar dioses en
la sinfonía de las cenizas.

Puedo
recorrer el mundo ignoto de objetos,
historias de un tiempo en el que yo no era verbo,

seguir sin serlo.

lunes, 9 de abril de 2018

Lecturas de marzo

Nunca hablo del llano de mi infancia, tal vez porque no puedo traducir los nombres de El Silbón, María Lionza o Vicente Cochocho o palabras como sabanear, guásimo o cabrestrero; al menos no invocando el mismo sabor en los labios. Y digo esto consciente de que el tema de la nostalgia del inmigrante siempre me ha parecido cliché, forzado, cursi, lo confieso. ¿Qué es, entonces, esta incertidumbre del pulso que ha de escribir sobre mis lecturas de marzo?


Doña Bárbara me trajo el inmenso placer de la visita a los mastrantales; la superstición del llanero; la memoria de la sabana larga, larguísima en los días de lluvia. 

Sin embargo la trama, que gravita alrededor de tierras sin otras leyes que la corrupción, la ignorancia y el uso de la fuerza, me dejó otro sentimiento. El ambiente general de la novela y sus personajes me parecen decimonónico, o en todo caso del temprano siglo XX. Pero, ¿ puede decirse que sigue siendo esta la realidad? ¿Ha dejado de serlo en algún momento? ¿Doña Bárbara seguirá hablándole a las próximas generaciones de lectores en las escuelas o fuera de ellas? Me inclino a pensar que no, sobre todo después de ver de reojo la versión que hizo (destrozó, profanó)TeleSur... 

A pesar de que el tema está relacionado con la trinidad de corrupción, ignorancia y leyes ornamentales, en la colección de cuentos de Los Funerales de la Mamá Grande (escritos en tiempos más cercanos), Gabo tuvo la astucia de abordar el tema como un asunto histórico, ya ubicado en el pasado, y creo que eso le da a su colección de relatos mejor chance de supervivencia. Disfruté mucho con la ridícula pomposidad de estas tierras nuestras que, siendo no más que hatos cafeteros, bananeros y azucareros, soñaban con emular el lejano esplendor de los espejos del Palacio de Versalles. Mi parte favorita del relato, que le da título a la colección, es la enumeración del patrimonio moral de la Mamá Grande... y el hecho de que siendo una una matrona, es también virgen.

sábado, 24 de marzo de 2018

quisiera contarte

que los cafés de madrugada resultaron una profecía

y las preguntas continúan sin respuesta

Sócrates, Platón, Aristóteles

-la poesía con ellos es imposible-

nos dieron sólo metáforas del tiempo

espirales y cenizas;

quisiera contarte

que la elegancia amada de los griegos

ha estado al alcance de mis manos

y es estrellada

la piel de los mármoles antiguos:

esta noche el Partenón reposa

soñado por las musas

bajo la fría luna llena de enero.

domingo, 11 de marzo de 2018

Andadas

Leo a una velocidad desesperada por no pensar más: escucho el último devaneo de una mujer en su mortaja; me fascina descubrir los motivos de la negrura del corazón de un hombre en la selva, abrazado a una riqueza absurda.

Fumo mucho por estos días. Fumo a escondidas, con unas caladas sin fuerza que resultan en unos cigarrillos que arden por un solo lado –dicen las brujas que las cenizas a medias son olvido-. ¿Me estás olvidando ya, amor mío, a pesar de que estoy frente a ti cada día, así sea con mis silencios ante tu ruido?

El ruido de la vida que taladra para dar paso a lo nuevo;
                               que crece como un océano de alga y peces
                               que marca el triunfo del sol sobre la noche,
una batalla infinita.

Bebo mucho por estos días, buscando apagar mi sed, buscando un bálsamo a estos insomnios de noche sola que ni la poesía consigue embellecer. ¿Es el mismo eldorado que persigues noche a noche en un bar, entre indios que en silencio se burlan de la avaricia de felicidad natural en el hombre?

Llueve mucho por estos días amor mío; el gobierno ha decidido declarar un monzón, en un gesto ladrón de geografías ajenas, y yo vengo a sentarme aquí a escribir, ¿qué más me queda? Me llueve en el alma, pero bien sé de tu divertida fobia a sentir las gotas de agua golpeándote los hombros, y no te digo nada.

Leo, fumo, bebo, escribo cuando llueve. Estamos mal, amor, y no me queda sino volver a las andadas.

Noviembre, 2016

domingo, 21 de mayo de 2017

El cuento de la criada, Margaret Atwood

El cuento de la criada de Margaret Atwood añade a la usual incomodidad de leer una distopía un elemento de cercanía verdaderamente espinoso.

Hasta ahora, al leer este género desde la perspectiva consoladora de pertenecer al todo dentro del conjunto del hommo sapiens, ha sido posible para mí observar los matices de bondad y maldad, esperanza y desesperanza.  Ha sido fácil y natural tomar partido, aferrarme a la idea de que la inteligencia, la compasión y el amor son más fuertes en el hombre que la ignorancia, el odio y la sed de poder. Las distopías, claro, se distinguen por lograr convencernos de que lo contrario es también posible, y de ahí la desazón al leerlas.

Lo que distingue a Atwood de otro autores de distopías es su habilidad para acercarnos peligrosamente a su personaje. Offred no existe en un futuro imaginario de siglos más allá, o en el uniiverso algo lejano, ya establecido, como en los casos de 1984 o Un mundo feliz. Tampoco está enmarcada en una geografía abstracta; Offred está en medio de terribles cambios en la civilización específica de Estados Unidos, como la conocemos aquí y ahora. Offred es (ha sido) una mujer como cualquier otra, que uno se puede topar en la calle, o peor aún, que uno se puede encontrar simplemente al mirar el espejo. En medio de estos cambios —la infertilidad ahora ocurre a niveles epidémicos, como consecuencia de la contaminación ambiental, y ha sido necesario establecer un nuevo orden social basado en severos preceptos religiosos— es la población femenina la que lleva las de perder.

Desde esta perspectiva de reconocimiento y de encontrarme definida dentro de un segmento del todo —soy una mujer, como lo es (ha sido) Offred—, ya no existe para mí la opción de tomar bandos: y así, la pérdida de esta libertad como lectora, se va uniendo a las sórdidas pérdidas de libertad de Offred y las otras criadas, a medida que se va detallando la historia de lo que es Gilead.

Mucho se le ha criticado a Atwood el final abierto. Desde el punto de vista literario pienso que en verdad el libro hubiera ganado una fuerza contundente de haber definido una sola opción posible, me atrevería a decir a la par del efecto en 1984 . Como ser humano, sin embargo, creo que es una oda a la esperanza dejar que la naturaleza de cada lector escoja su final, y esa posibilidad enriquece tanto el libro como el debate de ideas.

Siempre había querido escuchar una historia que se saliera de la comodidad de ubicarse bien precisamente antes del cataclismo inminente o bien inmediatamente después. Quería un ojo del huracán, quería imaginar el caos. En Atwood el caos puede rayar en horror, pero de vez en cuando sale a relucir la naturaleza humana, cuando se dan situaciones tan absurdas y fuera de lo familiar que los propios personajes no saben cómo reaccionar, qué sentir, y es en ese territorio tácito donde se libran las más grandes batallas del libro. En ese sentido, debo decir que mi deseo quedó más que satisfecho... así esté pagando mi satisfacción con cierta inquietud de espíritu.

Puede que tenga un temperamento sensible que se espanta fácilmente ante las distopías. Puede que mi desasosiego no sea sin fundamento, en medio de una sociedad en la que las riendas políticas y financieras aún están sostenidas en su mayoría por el género masculino, y he ahí la relevancia del libro por estos días, cuando trece hombres se encierran en un cuarto a discutir los derechos reproductivos de millones de mujeres en todo un país, o cuando las discusiones sobre los cambios en el sistema de salud incluyen la violencia sexual entre "condiciones preexistentes", que como tales no quedan cubiertas en los servicios de salud básicos.

Y eso que ni siquiera menciono el aspecto religioso, para no alargarme demasiado después de mi post anterior...

Me he enterado de que existe una serie de TV reciente (el trailer aquí), que se ve muy bien hecha, en contraste con la película de 1990. Ponerle rostro y voces a estas mujeres (ejem, más dramática música de fondo) le da a esta historia un realismo que es difícil digerir: y ese es el trailer nada más; aún no he visto la serie.

Quiero dar gracias especiales a Draco por su post "El desubicado en la White House desata que los estadounidenses se aboquen a leer ciertos books" que me impulsó a leer El cuento de la criada. Ahora comprendo por qué llegó a la lista (por cierto me sorprendió lo de "Animal Farm"; siempre he pensado que había sido una sátira al comunismo...)

Queridas lectoras, es un deber moral pasar por este libro. Queridos lectores, lo mismo para ustedes :)